El Reloj de la Vida
Capítulo II


En cuestión de semanas, casi todos los guerreros al servicio de Prayn habían muerto, y el Pagano de las Tierras Lejanas campaba ahora a sus anchas por su tierra, dirigiéndose inequívocamente hacia el castillo.
En su desesperación, el amo recluyó a todos los vasallos y trabajadores tras sus muros, apuntaló las puertas, tapió las ventanas. Fuera quedaron sólo los animales y los esclavos. Irreflexivamente, el señor Prayn esperaba que aquel sacrificio fuera suficiente para aplacar el instinto asesino de aquel ser monstruoso.

La pequeña Imíe miró a su alrededor, en el salón principal ahora abarrotado. Arrugó la nariz. Estaba lleno de gente vulgar, sucios y con ropas raídas y ásperas. Trataba de mantenerse apartada, apretada contra la falda de su madre. Ella, una mujer regia y muy noble, ni siquiera mostraba el miedo que llenaba todos los rostros.
-          ¿Cuándo podré salir a jugar, madre? – Preguntó Imíe con inocencia.
Su madre dio un respingo y la miró. A sus cinco años, por supuesto, no podía entender lo que ocurría. La mujer forzó una sonrisa cansada y le acarició el cabello negro con dulzura.
-          No lo sé, cielo.
-          ¿Por qué estamos encerrados aquí? ¿Por qué todos los plebeyos están con nosotros? Padre siempre dice que no debemos mezclarnos con ellos…
-          Esta es una ocasión especial.
-          ¿Cómo un cumpleaños?
-          No, mucho más. Hay un hombre malo ahí fuera, mi cielo.
-          ¿Y por qué los soldados de padre no lo matan?
-          Porque…Bueno, porque no pueden.
Imíe se llevó un dedo a los labios, pensativa, y en su imaginación de niña no vio a un hombre acechando el castillo, vio a un monstruo de varias cabezas, bocas grandes y llenas de dientes afiladísimos, cuernos retorcidos como de cabra y largas garras ensangrentadas.
-          ¿Es un demonio, madre? – Preguntó, y notó, sorprendida, que su propia voz temblaba en un susurro asustado.
-          Es posible, mi amor. – Respondió la mujer con preocupación patente. – Es posible. Pero no te preocupes, tu padre…
Se detuvo con una exclamación. Todos callaron en realidad, pues un estruendo los había interrumpido. Algo embestía contra la puerta apuntalada.
Hubo tres golpes. Imíe se tapó los oídos al segundo, ahogando un sollozo. Muchos niños se escondían bajo las faldas de sus madres, aterrados. Ella, la más pequeña de sus tres hermanas, apenas pudo contenerse.
Los hombres, ancianos en su mayoría, comenzaron a hacer señas. Debían subir y salir del salón. Todos comenzaron a desplazarse en silencio, aunque los pequeños hipaban por el llanto y los más viejos tropezaban.

Los últimos guerreros, heridos de anteriores batallas, se habían quedado a defender la puerta de madera. Con las armas desenfundadas, temblaron cuando se oyó otro golpe que resonó en la amplia recepción de palacio.
-          ¡Dejadme pasar! – Exclamó la bestia del otro lado. - ¡Dejadme, y no os mataré!
Se miraron unos a otros. Nunca creerían las mentiras de ese Pagano convertido en monstruo.
Pero, no obstante, muchos pensaban que la alternativa de abrir y apartarse de su camino era…tentadora.

Prayn se llevó a su familia a la habitación más alta y cerró con llave. Imíe ya no podía parar de llorar, y su madre la acariciaba con nerviosismo. Su hermana Kayle, de 10 años, estaba lívida, y Dofne, de 13, se había ido a un rincón y se balanceaba adelante y atrás, abrazada a sí misma y murmurando algo sin sentido.
De pronto se oyó un estruendo horroroso que hizo temblar las paredes. Dofne chilló.

La puerta se hizo trizas bajo la fuerza de aquella hacha mortal. El brazo que la manejaba era fuerte y estaba manchado de sangre, el torso que lo siguió estaba desgarrado, y el joven escudero Ikér podía verle las costillas al Pagano.
Dos arqueros dispararon. El muchacho vio perfectamente que una flecha erraba y quedaba, inofensiva, en la madera, pero la otra se clavó en el muslo fuerte de aquel ser que respondió sólo con un gruñido.
Y entró.
Era aún peor de lo que había pensado, pero no tanto como había llegado a imaginar.
Parecía un hombre…De no ser por estar bañado en sangre y tener tantas heridas que  incluso el más resistente de los guerreros ya habría muerto hacía rato.
Pero no moría. Y aquellos ojos que parecían brillar los miraban con total lucidez, no como si fuera un no-muerto. Estaba vivo. Y los iba a matar.
Enarboló el hacha con un grito, y el soldado más próximo perdió la cabeza, que saltó por los aires y dio contra la pared, manchándolo todo de sangre. Los demás retrocedieron. Alguien chocó contra Ikér y lo pisó, pero apenas se dieron cuenta.
-          ¡A por él! – Dijo un valiente.
Varios hombres se lanzaron contra él, con hachas, mazas y espadas.
El joven escudero vio, horrorizado, cómo las armas alcanzaban la carne morena de aquel Pagano, pero éste devolvía todos los golpes y mataba a sus atacantes.
Era, como decían los rumores, Inmortal e Invencible.
Se le cayó el alma a los pies.
<¿Cómo, Dios, cómo vamos a sobrevivir a esto?> Preguntó, aterrorizado.
La mitad de los restantes soldados se adelantaron, con las lanzas por delante, mientras los arqueros disparaban.
Una multitud de flechas se clavaron con las puntas de las lanzas…
Y aquel hombre siguió matando sin parar, segando brazos, piernas y cabezas con su hacha mortífera.
Y de pronto el Pagano se volvió hacia los que quedaban, los escuderos que empuñaban los arcos, y los miró con aquellos ojos que los hicieron temblar.
Algunos depusieron las armas y echaron a correr, rogando por su vida en gritos. Otros lucharon…y murieron al filo del hacha.
Ikér no se movió, mirándolo todo como si fuera algo lejano, totalmente ajeno a sí mismo. Vio la sangre, los miembros cercenados, escuchó los gritos, los llantos y los últimos suspiros rotos.
El hombre se volvió hacia él, y sintió pánico. Soltó el arco, ahogó un grito y al tratar de retroceder tropezó con una lanza rota. Cayó de espaldas y se golpeó la cabeza, pero sus ojos siguieron fijos en aquella bestia que lo observaba.
Entonces, el Pagano pasó por su lado sin tocarlo y se dirigió al salón principal.

Lo veían cruzar pasillos y subir escaleras, siempre arriba. Caminaba con lentitud, arrastrando tras de sí la poderosa hacha, como si su peso fuera demasiado para el maltrecho brazo que la sujetaba. Manchaba de sangre el suelo y las paredes donde se apoyaba. Parecía débil. La ropa eran sólo jirones cubriendo un cuerpo que parecía humano; su piel morena era ahora del color del vino, recubierta por entero de carmesí.
Todos estaban en los salones, las habitaciones, tratando de acallar a los niños, de no hacer ningún ruido, de no delatar su presencia para evitar que los masacraran como a los soldados en las montañas, o, pues seguro habían muerto, a aquellos que defendían la puerta.
Algunos, no obstante, osaban mirar por las cerraduras, o incluso entreabrir las puertas. Éstos veían la lenta procesión de la Bestia Inmortal, el Pagano de Tierras Lejanas. Lo observaban pasar, primero con miedo, luego sólo con temor, y algunos al final sentía lástima y confusión.
Porque todos los que lo veían sabían que él los había mirado, y no había atacado.

Länia era una muchacha sencilla. A sus trece años, sólo aspiraba a trabajar en la cocina como su tía y tutora, la hermana de su difunta madre.
Aquel día no había entendido demasiado bien qué pasaba. A menudo se decía de ella que era corta de entendederas. Que era tonta. No entendía muchas cosas, entre ellas por qué se odiaba tanto a los que vivían más allá del río Talederil y por qué luchaban unos con otros. No comprendía por qué los Dioses Paganos y el Dios de los Civilizados estaban siempre enfrentados, si al fin y al cabo todos eran dioses y tenían sus acólitos y seguidores.
Así que tampoco entendió por qué todos huían del Guerrero de las Tierras Lejanas, por qué su tía temblaba, por qué sus primos no habían regresado aún de la puerta que guardaban junto a los soldados, por qué todo el mundo tenía tanto miedo.
Miró atrás, a la habitación. Las cortinas estaban echadas y nadie había querido encender una vela, así que estaba oscuro, muy oscuro. Pero Länia veía sus siluetas trémulas, todos acurrucados unos con otros, susurrándose a veces palabras de miedo y aliento.
Ella se volvió hacia la puerta. Estaba estropeada y no cerraba, así que estaba un poco abierta. Hacía días que el señor Prayn ordenó a su mayordomo personal que alguien lo arreglara, pero nadie lo había hecho aún. No importaba una puerta abierta o cerrada.
Al menos, hasta ese momento.
Länia se acercó y osó asomar la cabeza fuera.
-          ¡Niña, vuelve aquí, estúpida!
Dio un respingo y retrocedió hasta su tía.
-          Si sales, te cortará la cabeza.
La muchacha no dijo nada.
Al cabo de un rato se oyó un lento y continuo chirrido. Muchos gimieron de puro terror. Länia también sabía que ese sonido era una hoja de acero contra la piedra del suelo. No pudo contener su curiosidad, y miró de nuevo.
Aquella mole de carne y sangre había terminado de subir las escaleras y andaba muy lento por el corredor, caminando en eses, apoyándose en las paredes y arrastrando el hacha tras de sí. Más que aterradora, era una imagen triste. Ese hombre necesitaba ayuda, fuera cual fuera su color de piel.
Regresó adentro, tomó la jofaina llena de agua de la mañana y un trapo y salió. Nadie osó decir nada, no fuera que también los mataran a ellos.
El hombre siguió andando con lentitud, produciendo con el filo del hacha aquel chirrido desagradable, hasta que llegó frente a Länia. Entonces se detuvo, y sus ojos se clavaron en ella. La muchacha notó que no había hostilidad, sólo cautela.
-          Permitidme, mi señor. – Dijo. – Os limpiaré las heridas.
Él no respondió. Se preguntó si en las Tierras Lejanas hablaban la misma lengua.
Länia dejó la jofaina en el suelo, mojó el trapo y se acercó al Pagano. Éste no se movió cuando con cuidado limpió los cortes de su pecho.
-          Estáis muy malherido. – Comentó. – Deberíais descansar.
La bestia ensangrentada movió bruscamente la cabeza. No dejaba de mirarla. La ponía nerviosa, porque no entendía por qué lo hacía.
-          ¿Intentas detenerme?
Länia lo miró. Hablaba, aunque con dificultad y con un acento extraño.
-          Sí. – Ella alzó las cejas. – Debéis deteneros.
-          ¿Temes por tus amos?
-          No, pero estáis muy malherido.
El hombre se movió un poco…Y entonces rió. Fue una risa queda, rota por el dolor de sus heridas, pero aquellos ojos estremecedores parecieron sonreír.
-          Sí…Lo sé.
Había amargura en aquella voz de exótico acento. Alzó una mano ensangrentada y le acarició la mejilla, manchándola de carmesí. Después siguió andando, dejándola en el pasillo pensando que aquel no parecía un monstruo.
Claro…que todos decían que era tonta.

El chirrido se detuvo al otro lado de la puerta. Imíe lloraba, apretando la cara en el pecho de su madre mientras Dofne chillaba y sollozaba a partes iguales. Su padre, al borde de un ataque de histeria, la había golpeado y le había gritado que parara, pero Dofne no podía. Los gritos, las lágrimas y los sollozos habían hecho que Imíe llorara más fuerte, desesperada, y su madre la había abrazado con impotencia.
Ahora, el señor Prayn había desenvainado su espada, y eso había sido lo último que la niña vio. La mujer le apretó el rostro contra el pecho y susurró palabras de aliento…
Hasta que el estruendo de la puerta al romperse estalló en la habitación. Entonces Imíe se vio más apretada contra su madre mientras oía a la mujer suplicando por la vida de sus hijas, a su padre gritar algo.
-          ¡Hasta aquí has llegado, monstruo pagano!
El choque de hierro contra hierro, un gemido, Dofne chilló.
Y de pronto sólo se oían los gritos de su hermana mayor.
Estuvieron unos segundos en silencio. Incluso Imíe había callado, sin comprender. Podía oír los latidos del corazón de su madre, muy acelerados.
-          Por favor. – Dijo de pronto la mujer. – Por favor, son sólo unas niñas. Por favor.
-          No voy a tocar a esas niñas. – Respondió una voz de hombre, con un acento extraño que ella no había oído nunca. – A no ser que me obliguéis, señora.
-          Haré lo que me pidas, pero no delante de ellas.
Imíe oyó una risa queda.
-          No voy a pediros nada de lo que pensáis, mi señora. Quiero que vayáis al palacio del rey y le digáis que Lomârion Amíl, el Guerrero de Tierras Lejanas, quiere hablar con él en el antiguo castillo de Prayn.
La mujer dudó visiblemente durante algunos segundos.
-          Está bien…Sí. ¿Puedo llevarme a mis hijas?
-          A dos de ellas. La otra se quedará conmigo.
-          ¡Pero…!
-          No le haré daño si cumplís con vuestro cometido, mi señora.
-          ¡No, por Dios, Dofne no, está enferma!
-          Bajad, mi señora. Preparaos, y partid cuanto antes. Vuestra hija…Dofne se quedará a mi cuidado.
Lentamente, su madre la soltó y la levantó. Imíe pudo ver al fin aquella mole manchada de sangre y plagada de heridas. Y, a sus pies, yacía el cuerpo de su padre muerto.

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