De pequeña
le había gustado mucho el arpa, y la tocaba a menudo. Su madre le enseñó, y
cuando ésta no estaba lo hacía su hermana mayor. Siempre había alguien para enseñarle,
y para oírla tocar.
Esa mañana,
no obstante, no había nadie.
Isaniel
tocó igualmente, como si lo hiciera para la persona más especial, poniendo todo
su corazón y sus sentimientos en ello. Tocó durante mucho rato, aunque le
dolían aún los dedos heridos y vendados.
Y, mientras
tocaba con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, recordó cómo había
llegado a ese punto de su vida.
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