El Reloj de la Vida
Capítulo XI



Amanecía más allá de las nubes lluviosas. Lo sabía de forma instintiva, del mismo modo que podía oler la humedad del aire que se filtraba por las rendijas del balcón, presagiando lluvia. Caería entre ese día y el siguiente, sin duda alguna.
Se desperezó, suspirando, y finalmente abrió los ojos para encontrarse con la imagen perfecta de la frágil belleza que compartía su lecho.
Isaniel aún dormía. Le costaba conciliar el sueño, Lomârion lo sabía, y quizá por eso no se despertaba hasta tarde.
Alargó una mano y le acarició muy suavemente el cabello, tan claro como si estuviera hecho de rayos de sol de mediodía. La piel tan blanca le resultaba extraña, pero no por ello menos bonita; era tersa, y se le encendía a menudo un suave y delicioso rubor en las mejillas que la hacía irresistible.
<Es tan pequeña.> Pensó, apoyando una mano en su sien y sabiendo que podría aplastarle el cráneo sin esfuerzo. <Tan frágil.>
Bajó los dedos al cuello delgado y recorrió la curva del hombro. Después la arropó. Se acercó para besarla en la frente, con mucho cuidado de no despertarla, y después, sin hacer el más mínimo ruido, salió al pasillo.
-          Y ya lo has vuelto a hacer.
Lomârion se volvió para encontrarse a Deriva, que lo observaba con una ceja alzada y los brazos cruzados.
-          Me pediste que viniera porque soy una estudiosa de los jarianos. – Se quejó. – Me pediste que te lo dijera cuando hicieras algo poco “civilizado”. ¿Cuántas veces quieres que te lo diga, veinte, treinta, un centenar?
-          Deriva…
-          Pues ahí va la vez diecisiete. Estás desnudo, y la desnudez no está bien en Järia. Tienes que ser más pudoroso y cuidadoso en este aspecto.
-          Deriva, nadie me va a ver a estas horas.
Comenzó a caminar. La mujer resopló y lo siguió.
-          ¿Y si lo hicieran? No es que me importe, sabes que todo este asunto no me gusta en absoluto.
-          También sé que te encanta recordármelo.
-          Pero tú quieres parecer un hombre “decente”, y yo te digo lo que tienes que hacer. Y no me haces caso.
Lomârion se paró en lo alto de la torre, se volvió hacia Deriva y le tomó el rostro entre las manos.
-          Deriva. – Dijo. – Te agradezco que estés aquí, tan lejos de casa, sólo por ayudarme. Pero a veces eres un pelín cargante.
La mujer dejó escapar un resoplido, y el hombre, riendo por lo bajo, entró en la habitación. Era bastante pequeña, pero no quería nada más. La cama, demasiado grande, no había sido usada desde la llegada de Isaniel; las estanterías estaban vacías, y en las cómodas había montones de ropa que Lomârion no se había puesto y seguramente no se pondría jamás. Por la ventana abierta entraba la luz grisácea del cielo lluvioso, y una suave y fresca brisca mecía las cortinas. De las rendijas entre las puertas del armario empotrado salía una fantasmagórica luz verdosa, pero el hombre ya estaba acostumbrado a ella y apenas le prestó atención.
Fue directamente al lecho, sobre el cual, de madrugada, Deriva le había puesto la muda del día. Sonrió para sí y sacudió la cabeza. Su querida prima se quejaba mucho por todo, siempre encontraba algo hiriente o mordaz que comentar, pero en realidad estaba en todo.
<Pero al final tuve que decirle que se alejara de Isaniel.> Pensó con cierta tristeza.
Porque Deriva no veía con buenos ojos aquello, y pinchaba constantemente a la muchacha. Era la forma que tenía ella de intentar hacerla ver las cosas tal cual eran, pero, por supuesto, decirle que tenía la cadera demasiado estrecha, que era plana, que parecía boba y que no era gran cosa en general, desde luego no era el modo correcto.
Rápidamente Lomârion se vistió con los pantalones, la camisa blanca y la casaca azul marino con adornos dorados, se calzó y después salió otra vez. Con todo, ya había terminado de amanecer.
Caminó por varios pasillos y bajó escaleras hasta llegar a la puerta marrón. Giró el pomo dorado y abrió silenciosamente, entrando en la habitación. A pesar de que las gruesas cortinas estaban echadas para tapar la luz, Lomârion podía ver en la oscuridad. Vio a las dos muchachas tendidas sobre unos cojines, junto a la cama. Sonrió, suspirando, se acercó y se sentó junto a ellas.
Länia abrió entonces sus enormes ojos castaños y lo miró. Seguramente no a él, pues no podía verlo, pero debía saber que nadie más entraría a aquellas horas en la habitación, y, como todos los días, se sentaba allí.
-          Buenos días. – Susurró la que en su tiempo fue plebeya de la más baja cuna.
-          ¿Qué hacéis aquí otra vez? – Preguntó el hombre en voz baja.
-          La señorita tiene problemas para dormir, ya lo sabéis.
-          Me pregunto si algún día lo superará.
Lomârion, con suavidad, alargó una mano y acarició el cabello negro de Dofne, que se movió un poco y suspiró, acurrucada en los cojines y arropada por una manta que seguramente le había puesto Länia. Cuidaba mucho de la morena. Quizá sentía la necesidad de servir. Él no podía entenderlo.
Dofne no lograba conciliar el sueño en su cama, ni en ninguna otra. Siempre mantenía los ojos abiertos, tensa y alerta. Una noche, Länia fue a buscar a Lomârion aunque era muy tarde.
-          Siento molestaros. – Había dicho. – Pero la señorita no puede dormir.
-          ¿Por qué?
-          No lo sé, no me lo dice.
Y él había ido a hablar con ella, aunque no era una muchacha muy cuerda ni muy social. Lo primero que recibió de la pequeña y asustadiza Dofne fue una mirada temerosa, pero ni una palabra.
-          Me han dicho que no puedes dormir. – Preguntó, acercándose con cautela, porque olía el miedo.
Ella negó.
-          ¿Tienes pesadillas?
También esta vez sacudió la cabeza.
-          Sabes que puedes confiar en mí. – Lomârion se aproximó un poco más, hasta quedar a un paso del lecho. - ¿Qué pasa?
-          E…estoy esperando.
-          ¿A quién?
-          A padre.
-          Dofne…Ya te expliqué que tu padre no volverá.
-          Pero él dijo que volvería cada noche a estar conmigo. Menos en luna llena, esa noche tiene que estar con madre.
Lomârion estrechó la mirada.
-          ¿Y qué hace contigo cada noche, Dofne?
La vio estremecerse y encogerse bajo las mantas, desviando la mirada, volviendo a mirarlo, de nuevo desviándola.
-          Se…se tiende a mi lado…y…me…me besa…y me to…toca…y…y…
-          Está bien.
Dofne calló. Temblaba. Lomârion se sentó finalmente junto a ella y le acarició el pelo, muy suave.
-          Tu padre jamás volverá. – Le aseguró. – No tienes que esperar que llegue y te haga sentir mal. Nunca te pondrá de nuevo una mano encima.
La niña tardó varias noches en darse cuenta de que su padre, en efecto, no regresaba. Poco a poco se fue abriendo más, hasta que finalmente durmió la noche de un tirón sobre los cojines que Lomârion había dispuesto para ella.
Desde entonces dormía así, acurrucada entre los almohadones, por fin libre de los abusos de su padre.
-          Y se llaman a sí mismos “civilizados”. – Murmuró el hombre.
-          ¿Señor? – Dijo Länia.
Dio un respingo y la miró.
-          No pasa nada. Vuelve a dormirte.
-          ¿Hmm…? – Hizo de pronto la voz floja y adormilada de Dofne. - ¿Lomiii…?
Lomârion sonrió y le acarició el cabello.
-          Buenos días.
-          ¿Ya es hora de levantarse…?
-          No hay hora de levantarse, ¿recuerdas? Levántate cuando quieras.
Pero Dofne decidió que se había acabado dormir y se sentó. Länia fue a abrir las cortinas, y se derramó en la habitación la luz grisácea de la mañana nublada.
-          Va a llover. – Comentó la castaña.
-          No aún. – Respondió Lomârion. – Aún podremos jugar mucho rato.
La morena lo miró y sonrió ampliamente.
-          ¡Vamos a jugar! – Exclamó.

Y jugaron al Ojos Vendados hasta que el sol estuvo bien alto más allá de las nubes, cuando Lomârion finalmente se quitó la venda y anunció que era hora de un baño y de descansar.
Se acercaba la hora de comer cuando Dofne, sentada en los cojines, se desperezó y apoyó la espalda en el brazo de Lomârion.
-          ¿Estáis cansadas? – Preguntó él.
-          Sí. – Aceptó la morena. - ¡Pero no lo cambiaría por nada, nada, nada del mundo!
-          Me alegro.
-          ¡Ah! ¿Sabes, sabes? ¡Ayer vino aquí Isaniel!
Lomârion de pronto se puso serio.
-          ¿Sí…? – Hizo.
-          ¡Sí, sí! ¿A que sí, Länia? – Exclamó Dofne.
-          Sí. Me la encontré en el pasillo y la traje. ¿Estuvo mal? – Preguntó la castaña, alzando sus enarcadas cejas.
-          No, no pasa nada.
-          Pero es una chica muy, muy aburrida, ¿no crees? No se reía y parecía tan, tan preocupada…
-          ¿Ah, sí?
-          Sí, de verdad. No paraba de preguntarnos qué hacíamos contigo, ¿verdad, Länia?
-          Bueno, preguntaba qué hacía el Señor con nosotras, pero es lo mismo.
El hombre entrecerró los ojos. No, no era lo mismo.
Ahora comprendía por qué el día anterior apenas había comido, y por la tarde había sido incapaz de tocar una melodía entera. Le temblaban las manos. Lomârion había pensado que estaba enferma y la llevó a la cama; tardó un rato en recordar que a los infieles (no, no infieles, se tuvo que recordar muchas veces, sino civilizados) les gustaba que los visitara el médico, así que lo mandó llamar. Éste dijo que Isaniel estaba perfectamente, pero, claro, Lomârion no se fiaba de ese “científico”, así que le pidió a Deriva que le echara un ojo…con el mismo resultado.
-          Que no le pasa nada. – Se quejó su prima cuando la pinchó por tercera vez, ya en el pasillo, donde Isaniel no pudiera oírlos.
-          Deriva, ¡pero si está temblando! – Replicó él, preocupado.
-          ¡Claro que tiembla, pedazo de alcornoque, está casada contigo! ¿Cómo no iba a temblar?
Lomârion arrugó la nariz y retrocedió.
-          Eso…ha sido un golpe bajo.
-          Cuánto lo siento. No, en realidad no. Sabías que esto iba a ser muy difícil, y decidiste arriesgarte. Sabes que esa niña no tiene nada, sólo está asustada.
En ese momento, él se había rendido y había asentido. Seguramente tenía razón, como siempre.
Y, no obstante, por una vez se equivocaba.
-          Ella piensa que yo…- Musitó.
-          ¿Qué ocurre? – Preguntó Dofne.
Lomârion sacudió la cabeza y le acarició el pelo.
-          No es nada. No pasa nada.
Tendría que hablar con ella, y enseguida, para sacarla de su error. Isaniel podía pensar muchas cosas, y en algunas estaría en lo cierto, pero desde luego Lomârion Amíl no era de los que utilizan a otras personas de esa forma. Y menos a esas niñas, que eran para él como hermanas pequeñas.

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