Amanecía
más allá de las nubes lluviosas. Lo sabía de forma instintiva, del mismo modo
que podía oler la humedad del aire que se filtraba por las rendijas del balcón,
presagiando lluvia. Caería entre ese día y el siguiente, sin duda alguna.
Se
desperezó, suspirando, y finalmente abrió los ojos para encontrarse con la
imagen perfecta de la frágil belleza que compartía su lecho.
Isaniel aún
dormía. Le costaba conciliar el sueño, Lomârion lo sabía, y quizá por eso no se
despertaba hasta tarde.
Alargó una
mano y le acarició muy suavemente el cabello, tan claro como si estuviera hecho
de rayos de sol de mediodía. La piel tan blanca le resultaba extraña, pero no
por ello menos bonita; era tersa, y se le encendía a menudo un suave y
delicioso rubor en las mejillas que la hacía irresistible.
<Es tan
pequeña.> Pensó, apoyando una mano en su sien y sabiendo que podría
aplastarle el cráneo sin esfuerzo. <Tan frágil.>
Bajó los
dedos al cuello delgado y recorrió la curva del hombro. Después la arropó. Se
acercó para besarla en la frente, con mucho cuidado de no despertarla, y
después, sin hacer el más mínimo ruido, salió al pasillo.
-
Y ya lo has vuelto a hacer.
Lomârion se
volvió para encontrarse a Deriva, que lo observaba con una ceja alzada y los
brazos cruzados.
-
Me pediste que viniera porque soy una estudiosa
de los jarianos. – Se quejó. – Me pediste que te lo dijera cuando hicieras algo
poco “civilizado”. ¿Cuántas veces quieres que te lo diga, veinte, treinta, un
centenar?
-
Deriva…
-
Pues ahí va la vez diecisiete. Estás desnudo, y
la desnudez no está bien en Järia. Tienes que ser más pudoroso y cuidadoso en
este aspecto.
-
Deriva, nadie me va a ver a estas horas.
Comenzó a
caminar. La mujer resopló y lo siguió.
-
¿Y si lo hicieran? No es que me importe, sabes
que todo este asunto no me gusta en absoluto.
-
También sé que te encanta recordármelo.
-
Pero tú quieres parecer un hombre “decente”, y yo
te digo lo que tienes que hacer. Y no me haces caso.
Lomârion se
paró en lo alto de la torre, se volvió hacia Deriva y le tomó el rostro entre
las manos.
-
Deriva. – Dijo. – Te agradezco que estés aquí,
tan lejos de casa, sólo por ayudarme. Pero a veces eres un pelín cargante.
La mujer
dejó escapar un resoplido, y el hombre, riendo por lo bajo, entró en la
habitación. Era bastante pequeña, pero no quería nada más. La cama, demasiado
grande, no había sido usada desde la llegada de Isaniel; las estanterías
estaban vacías, y en las cómodas había montones de ropa que Lomârion no se
había puesto y seguramente no se pondría jamás. Por la ventana abierta entraba
la luz grisácea del cielo lluvioso, y una suave y fresca brisca mecía las
cortinas. De las rendijas entre las puertas del armario empotrado salía una
fantasmagórica luz verdosa, pero el hombre ya estaba acostumbrado a ella y
apenas le prestó atención.
Fue
directamente al lecho, sobre el cual, de madrugada, Deriva le había puesto la
muda del día. Sonrió para sí y sacudió la cabeza. Su querida prima se quejaba
mucho por todo, siempre encontraba algo hiriente o mordaz que comentar, pero en
realidad estaba en todo.
<Pero al
final tuve que decirle que se alejara de Isaniel.> Pensó con cierta
tristeza.
Porque
Deriva no veía con buenos ojos aquello, y pinchaba constantemente a la
muchacha. Era la forma que tenía ella de intentar hacerla ver las cosas tal
cual eran, pero, por supuesto, decirle que tenía la cadera demasiado estrecha,
que era plana, que parecía boba y que no era gran cosa en general, desde luego
no era el modo correcto.
Rápidamente
Lomârion se vistió con los pantalones, la camisa blanca y la casaca azul marino
con adornos dorados, se calzó y después salió otra vez. Con todo, ya había
terminado de amanecer.
Caminó por
varios pasillos y bajó escaleras hasta llegar a la puerta marrón. Giró el pomo
dorado y abrió silenciosamente, entrando en la habitación. A pesar de que las
gruesas cortinas estaban echadas para tapar la luz, Lomârion podía ver en la
oscuridad. Vio a las dos muchachas tendidas sobre unos cojines, junto a la
cama. Sonrió, suspirando, se acercó y se sentó junto a ellas.
Länia abrió
entonces sus enormes ojos castaños y lo miró. Seguramente no a él, pues no
podía verlo, pero debía saber que nadie más entraría a aquellas horas en la
habitación, y, como todos los días, se sentaba allí.
-
Buenos días. – Susurró la que en su tiempo fue
plebeya de la más baja cuna.
-
¿Qué hacéis aquí otra vez? – Preguntó el hombre
en voz baja.
-
La señorita tiene problemas para dormir, ya lo
sabéis.
-
Me pregunto si algún día lo superará.
Lomârion,
con suavidad, alargó una mano y acarició el cabello negro de Dofne, que se
movió un poco y suspiró, acurrucada en los cojines y arropada por una manta que
seguramente le había puesto Länia. Cuidaba mucho de la morena. Quizá sentía la
necesidad de servir. Él no podía entenderlo.
Dofne no
lograba conciliar el sueño en su cama, ni en ninguna otra. Siempre mantenía los
ojos abiertos, tensa y alerta. Una noche, Länia fue a buscar a Lomârion aunque
era muy tarde.
-
Siento molestaros. – Había dicho. – Pero la
señorita no puede dormir.
-
¿Por qué?
-
No lo sé, no me lo dice.
Y él había
ido a hablar con ella, aunque no era una muchacha muy cuerda ni muy social. Lo
primero que recibió de la pequeña y asustadiza Dofne fue una mirada temerosa,
pero ni una palabra.
-
Me han dicho que no puedes dormir. – Preguntó,
acercándose con cautela, porque olía el miedo.
Ella negó.
-
¿Tienes pesadillas?
También
esta vez sacudió la cabeza.
-
Sabes que puedes confiar en mí. – Lomârion se
aproximó un poco más, hasta quedar a un paso del lecho. - ¿Qué pasa?
-
E…estoy esperando.
-
¿A quién?
-
A padre.
-
Dofne…Ya te expliqué que tu padre no volverá.
-
Pero él dijo que volvería cada noche a estar
conmigo. Menos en luna llena, esa noche tiene que estar con madre.
Lomârion
estrechó la mirada.
-
¿Y qué hace contigo cada noche, Dofne?
La vio
estremecerse y encogerse bajo las mantas, desviando la mirada, volviendo a
mirarlo, de nuevo desviándola.
-
Se…se tiende a mi lado…y…me…me besa…y me
to…toca…y…y…
-
Está bien.
Dofne
calló. Temblaba. Lomârion se sentó finalmente junto a ella y le acarició el
pelo, muy suave.
-
Tu padre jamás volverá. – Le aseguró. – No tienes
que esperar que llegue y te haga sentir mal. Nunca te pondrá de nuevo una mano
encima.
La niña
tardó varias noches en darse cuenta de que su padre, en efecto, no regresaba.
Poco a poco se fue abriendo más, hasta que finalmente durmió la noche de un
tirón sobre los cojines que Lomârion había dispuesto para ella.
Desde
entonces dormía así, acurrucada entre los almohadones, por fin libre de los
abusos de su padre.
-
Y se llaman a sí mismos “civilizados”. – Murmuró
el hombre.
-
¿Señor? – Dijo Länia.
Dio un
respingo y la miró.
-
No pasa nada. Vuelve a dormirte.
-
¿Hmm…? – Hizo de pronto la voz floja y adormilada
de Dofne. - ¿Lomiii…?
Lomârion
sonrió y le acarició el cabello.
-
Buenos días.
-
¿Ya es hora de levantarse…?
-
No hay hora de levantarse, ¿recuerdas? Levántate
cuando quieras.
Pero Dofne
decidió que se había acabado dormir y se sentó. Länia fue a abrir las cortinas,
y se derramó en la habitación la luz grisácea de la mañana nublada.
-
Va a llover. – Comentó la castaña.
-
No aún. – Respondió Lomârion. – Aún podremos
jugar mucho rato.
La morena
lo miró y sonrió ampliamente.
-
¡Vamos a jugar! – Exclamó.
Y jugaron
al Ojos Vendados hasta que el sol estuvo bien alto más allá de las nubes,
cuando Lomârion finalmente se quitó la venda y anunció que era hora de un baño
y de descansar.
Se acercaba
la hora de comer cuando Dofne, sentada en los cojines, se desperezó y apoyó la
espalda en el brazo de Lomârion.
-
¿Estáis cansadas? – Preguntó él.
-
Sí. – Aceptó la morena. - ¡Pero no lo cambiaría
por nada, nada, nada del mundo!
-
Me alegro.
-
¡Ah! ¿Sabes, sabes? ¡Ayer vino aquí Isaniel!
Lomârion de
pronto se puso serio.
-
¿Sí…? – Hizo.
-
¡Sí, sí! ¿A que sí, Länia? – Exclamó Dofne.
-
Sí. Me la encontré en el pasillo y la traje.
¿Estuvo mal? – Preguntó la castaña, alzando sus enarcadas cejas.
-
No, no pasa nada.
-
Pero es una chica muy, muy aburrida, ¿no crees?
No se reía y parecía tan, tan preocupada…
-
¿Ah, sí?
-
Sí, de verdad. No paraba de preguntarnos qué
hacíamos contigo, ¿verdad, Länia?
-
Bueno, preguntaba qué hacía el Señor con
nosotras, pero es lo mismo.
El hombre
entrecerró los ojos. No, no era lo mismo.
Ahora
comprendía por qué el día anterior apenas había comido, y por la tarde había
sido incapaz de tocar una melodía entera. Le temblaban las manos. Lomârion
había pensado que estaba enferma y la llevó a la cama; tardó un rato en
recordar que a los infieles (no, no infieles, se tuvo que recordar muchas
veces, sino civilizados) les gustaba que los visitara el médico, así que lo
mandó llamar. Éste dijo que Isaniel estaba perfectamente, pero, claro, Lomârion
no se fiaba de ese “científico”, así que le pidió a Deriva que le echara un
ojo…con el mismo resultado.
-
Que no le pasa nada. – Se quejó su prima cuando
la pinchó por tercera vez, ya en el pasillo, donde Isaniel no pudiera oírlos.
-
Deriva, ¡pero si está temblando! – Replicó él,
preocupado.
-
¡Claro que tiembla, pedazo de alcornoque, está
casada contigo! ¿Cómo no iba a temblar?
Lomârion
arrugó la nariz y retrocedió.
-
Eso…ha sido un golpe bajo.
-
Cuánto lo siento. No, en realidad no. Sabías que
esto iba a ser muy difícil, y decidiste arriesgarte. Sabes que esa niña no
tiene nada, sólo está asustada.
En ese
momento, él se había rendido y había asentido. Seguramente tenía razón, como
siempre.
Y, no
obstante, por una vez se equivocaba.
-
Ella piensa que yo…- Musitó.
-
¿Qué ocurre? – Preguntó Dofne.
Lomârion
sacudió la cabeza y le acarició el pelo.
-
No es nada. No pasa nada.
Tendría que
hablar con ella, y enseguida, para sacarla de su error. Isaniel podía pensar
muchas cosas, y en algunas estaría en lo cierto, pero desde luego Lomârion Amíl
no era de los que utilizan a otras personas de esa forma. Y menos a esas niñas,
que eran para él como hermanas pequeñas.
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