El Reloj de la Vida
Capítulo XII

Parecía meditabundo. Isaniel no sabía lo que aquello podía significar. Se había ido acostumbrando a la constante atención de Lomârion durante la comida: no dejaba de mirarla, siempre atento a cada movimiento, a cada bocado, a cada gesto. Ese día, no obstante, apenas sí le había lanzado una mirada cuando llegó y se sentó a la mesa. Eso sólo aumentaba los miedos de Isaniel.
La cosa no mejoró cuando terminaron de comer y él se levantó, se acercó y le cogió la muñeca, presionando un poco. Normalmente esperaba que ella tomara su mano.
<Lo sabe.> Pensó, asustada. <Sabe que hablé con ellas y va a castigarme por meterme en sus cosas.>
Se levantó y dejó que Lomârion la guiara, manteniendo la cabeza agachada y la mirada en el suelo. Por eso hasta que él no abrió la puerta y la dejó pasar no fue consciente de que no estaban en la sala de música. Se encontraban en su habitación.
Isaniel, confundida, se acercó al balcón y después se volvió para ver cómo él cerraba la puerta y, ahora sí, la miraba con estremecedora fijeza. La muchacha, intimidada, bajó la cabeza otra vez y se quedó callada.
El silencio duró varios segundos, en los que ella trató de adivinar lo que pensaba hacerle su esposo por su intromisión.
-          Ya sé que has estado con las niñas. – Dijo de pronto Lomârion.
La rubia tragó saliva y alzó la mirada.
-          Sí. – Musitó, retorciéndose las manos con nerviosismo. - ¿Ellas…?
-          Me lo han dicho. Sí.
De nuevo silencio. Isaniel, cada vez más tensa, no aguantó un minuto.
-          ¿Y bien? – Soltó de pronto. - ¿A qué estás esperando?
-          A que me digas lo que piensas.
Volvió a mirarlo, y lo vio allí, apoyado en la puerta, con la cabeza ladeada y los brazos cruzados. Parecía tan hermoso, tan bueno, y en el fondo era tan malvado y bárbaro.
-          ¿Lo que pienso? – Musitó.
-          Sí.
-          ¿Quieres saber lo que pienso?
-          Nunca me lo has dicho, y aunque tengo mis sospechas…
Lomârion hizo un gesto con la mano, como invitándola a decir lo que quisiera. Seguramente para castigarla después, pero Isaniel no podía aguantar más.
De pronto afirmó los pies en el suelo, sujetándose las manos con fuerza en su regazo, y tomó aire, con el ceño arrugado y la mirada clavada en el suelo.
-          Pienso…pienso…Tú…tú eres…- Sintió que comenzaba a temblar, pero tragó saliva y finalmente lo escupió. - ¡Eres un Pagano! ¡Eres sólo una bestia venida de más allá del río! ¡Eres malo y eres salvaje y bárbaro y eres un asesino!
Lo miró para ver su reacción, pero sólo alzaba la ceja, como esperando más. Isaniel titubeó un momento.
-          Tú…¡Tú mataste a docenas de personas! – Exclamó. - ¡Todo por…por venir aquí…! ¿¡A qué?! ¡Por dios, ¿a qué?! ¡Mataste a toda esa gente…mataste al padre de Dofne…! ¡Para quitarle el lugar! ¡Para tomar sus tierras y su poder y sus siervos y sus esclavos!
Se relamió los labios. Temblaba y sentía que le ardían los ojos y las mejillas, el corazón latía desbocado, pero ya no podía parar.
-          ¿Quieres saber lo que pienso? ¡Pues aquí está lo que pienso! ¡Pienso que sólo eres un salvaje, da igual cómo te vistas o lo que hagas, siempre serás un Pagano de las Tierras Lejanas, siempre serás un monstruo! ¡Eso es lo que eres y no puedes cambiarlo! ¡Ni siquiera lo quieres! ¡Estás aquí porque alguno de vuestros chamanes o gurús o brujos o nigromantes o puede que los sacerdotes de vuestros dioses inexistentes, alguno de ellos te dijo que tenías que venir aquí y casarte con una jariana para infectar nuestra sangre con la vuestra!  ¡Esa es tu intención, por eso has matado a tanta gente inocente, y por eso te casaste conmigo, porque me viste y estaba sola y parecía desvalida y pensaste que caería a tus pies a pesar de todo! ¡Pues te equivocaste, ¿me oyes?! ¡No soy estúpida! ¡No vas a engañarme con tus tretas y tu falsa amabilidad y tus burdos intentos por parecer cariñoso en el lecho, porque yo sé lo que eres en realidad!
Se volvió para que él no viera las lágrimas en sus ojos.
-          ¡Y pensar que ha habido momentos en que yo…! – Musitó. - ¡Instantes en que pensé…! – De nuevo lo miró, y él no se había movido ni un poco. - ¡Pero lo de las niñas lo deja todo claro! ¡Tú…! ¡Dios, abusas de ellas! ¡Son sólo unas chiquillas y tú…! ¡Dofne es retrasada! ¡No esperaba que los Paganos llegarais a ser tan monstruosos! No sé de qué me sorprendo. ¡Siempre me han enseñado que erais bestias sin sentimientos, y es verdad! ¡Te mueve la lasciva y la crueldad y el sadismo!
Y calló por fin, con la respiración agitada y el corazón desbocado. La sangre le latía en las venas, ardiendo. Nunca se había sentido tan viva como en aquel momento, tratando de recuperar el aliento y la normalidad, con los ojos llenos de lágrimas, las mejillas enrojecidas y el cuerpo relajado ahora que había dicho todo cuanto tenía que decir y no podía callar.
Lomârion Amíl la miraba fijamente, pero el calor del momento le había robado a Isaniel la capacidad de sentir miedo, así que sólo le devolvía la mirada, desafiante y segura de sí misma. El hombre se enderezó y se relamió los labios lentamente.
-          Sí. – Dijo con suavidad. – Soy un “pagano”, según tu forma de verlo. Soy un “salvaje”. Incluso soy un asesino, porque es verdad que he matado a docenas…aunque no precisamente inocentes. Pero ningún chamán ni nigromante ni sacerdote me dijo que me casara contigo, lo hice por mi propio deseo.
-          ¡Aún peor, has maquinado todo esto tú solo! – Masculló Isaniel.
-          …Y quiero que quede una cosa clara. No he tocado a las niñas.
-          No mientas. Sé que lo has hecho. ¡Ellas me lo dijeron!
-          Isaniel, esas chiquillas son para mí como hermanas. Jamás las tocaría.
-          No importa lo que digas, yo sé la verdad. Has abusado de Dofne y de Länia, las has utilizado para complacer tu instinto lujurioso, porque te encanta el dolor ajeno.
-          No puedes hablar en serio. No te he hecho daño.
-          No, claro que no. No a mí. Estás esperando el momento, el momento adecuado para tenerme a tus pies y entonces traicionarme. Esperas a que tus patrañas hagan su trabajo y me crea que en el fondo eres gentil y bueno, y cuando empiece a quererte lo suficiente, sólo entonces sacarás el puñal y me lo clavarás en el corazón.
-          ¿Qué…?
-          ¡Pues ya puedes rendirte, Lomârion Amíl, porque no voy a creerte! ¡No creo en ti, ni en tus mentiras! ¡Puedo ver a través de todo eso, sé lo que eres y lo que pretendes! ¡Nunca, jamás, te daré mi corazón!
Él la miraba fijamente otra vez, de una forma extraña que, por fin, le arrancó a Isaniel un estremecimiento.
El hombre suspiró.
-          Eres más ciega de lo que pensaba. – Dijo en voz baja.
-          ¡No es cierto! – Se atrevió a exclamar ella, pero el valor y las fuerzas, poco a poco, la iban abandonando.
-          No importa.  Haz lo que quieras hoy. Nos veremos mañana.
Abrió la puerta, dio media vuelta y se marchó.
Y allí se quedó Isaniel, de pie junto al balcón, sintiendo que temblaba, y preguntándose cómo había sobrevivido a la ira de la bestia.
<Ni siquiera se ha enfadado.> Pensó, aturdida. <Apenas ha intentado negarlo. Además de ser un monstruo…lo admite. Dios, tengo que salir de aquí.>

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