Parecía
meditabundo. Isaniel no sabía lo que aquello podía significar. Se había ido
acostumbrando a la constante atención de Lomârion durante la comida: no dejaba
de mirarla, siempre atento a cada movimiento, a cada bocado, a cada gesto. Ese
día, no obstante, apenas sí le había lanzado una mirada cuando llegó y se sentó
a la mesa. Eso sólo aumentaba los miedos de Isaniel.
La cosa no
mejoró cuando terminaron de comer y él se levantó, se acercó y le cogió la
muñeca, presionando un poco. Normalmente esperaba que ella tomara su mano.
<Lo
sabe.> Pensó, asustada. <Sabe que hablé con ellas y va a castigarme por
meterme en sus cosas.>
Se levantó
y dejó que Lomârion la guiara, manteniendo la cabeza agachada y la mirada en el
suelo. Por eso hasta que él no abrió la puerta y la dejó pasar no fue
consciente de que no estaban en la sala de música. Se encontraban en su
habitación.
Isaniel,
confundida, se acercó al balcón y después se volvió para ver cómo él cerraba la
puerta y, ahora sí, la miraba con estremecedora fijeza. La muchacha,
intimidada, bajó la cabeza otra vez y se quedó callada.
El silencio
duró varios segundos, en los que ella trató de adivinar lo que pensaba hacerle
su esposo por su intromisión.
-
Ya sé que has estado con las niñas. – Dijo de
pronto Lomârion.
La rubia
tragó saliva y alzó la mirada.
-
Sí. – Musitó, retorciéndose las manos con
nerviosismo. - ¿Ellas…?
-
Me lo han dicho. Sí.
De nuevo
silencio. Isaniel, cada vez más tensa, no aguantó un minuto.
-
¿Y bien? – Soltó de pronto. - ¿A qué estás
esperando?
-
A que me digas lo que piensas.
Volvió a
mirarlo, y lo vio allí, apoyado en la puerta, con la cabeza ladeada y los
brazos cruzados. Parecía tan hermoso, tan bueno, y en el fondo era tan malvado
y bárbaro.
-
¿Lo que pienso? – Musitó.
-
Sí.
-
¿Quieres saber lo que pienso?
-
Nunca me lo has dicho, y aunque tengo mis
sospechas…
Lomârion
hizo un gesto con la mano, como invitándola a decir lo que quisiera.
Seguramente para castigarla después, pero Isaniel no podía aguantar más.
De pronto
afirmó los pies en el suelo, sujetándose las manos con fuerza en su regazo, y
tomó aire, con el ceño arrugado y la mirada clavada en el suelo.
-
Pienso…pienso…Tú…tú eres…- Sintió que comenzaba a
temblar, pero tragó saliva y finalmente lo escupió. - ¡Eres un Pagano! ¡Eres
sólo una bestia venida de más allá del río! ¡Eres malo y eres salvaje y bárbaro
y eres un asesino!
Lo miró
para ver su reacción, pero sólo alzaba la ceja, como esperando más. Isaniel
titubeó un momento.
-
Tú…¡Tú mataste a docenas de personas! – Exclamó.
- ¡Todo por…por venir aquí…! ¿¡A qué?! ¡Por dios, ¿a qué?! ¡Mataste a toda esa
gente…mataste al padre de Dofne…! ¡Para quitarle el lugar! ¡Para tomar sus
tierras y su poder y sus siervos y sus esclavos!
Se relamió
los labios. Temblaba y sentía que le ardían los ojos y las mejillas, el corazón
latía desbocado, pero ya no podía parar.
-
¿Quieres saber lo que pienso? ¡Pues aquí está lo
que pienso! ¡Pienso que sólo eres un salvaje, da igual cómo te vistas o lo que
hagas, siempre serás un Pagano de las Tierras Lejanas, siempre serás un
monstruo! ¡Eso es lo que eres y no puedes cambiarlo! ¡Ni siquiera lo quieres!
¡Estás aquí porque alguno de vuestros chamanes o gurús o brujos o nigromantes o
puede que los sacerdotes de vuestros dioses inexistentes, alguno de ellos te
dijo que tenías que venir aquí y casarte con una jariana para infectar nuestra
sangre con la vuestra! ¡Esa es tu
intención, por eso has matado a tanta gente inocente, y por eso te casaste conmigo,
porque me viste y estaba sola y parecía desvalida y pensaste que caería a tus
pies a pesar de todo! ¡Pues te equivocaste, ¿me oyes?! ¡No soy estúpida! ¡No
vas a engañarme con tus tretas y tu falsa amabilidad y tus burdos intentos por
parecer cariñoso en el lecho, porque yo sé lo que eres en realidad!
Se volvió
para que él no viera las lágrimas en sus ojos.
-
¡Y pensar que ha habido momentos en que yo…! –
Musitó. - ¡Instantes en que pensé…! – De nuevo lo miró, y él no se había movido
ni un poco. - ¡Pero lo de las niñas lo deja todo claro! ¡Tú…! ¡Dios, abusas de
ellas! ¡Son sólo unas chiquillas y tú…! ¡Dofne es retrasada! ¡No esperaba que
los Paganos llegarais a ser tan monstruosos! No sé de qué me sorprendo.
¡Siempre me han enseñado que erais bestias sin sentimientos, y es verdad! ¡Te
mueve la lasciva y la crueldad y el sadismo!
Y calló por
fin, con la respiración agitada y el corazón desbocado. La sangre le latía en
las venas, ardiendo. Nunca se había sentido tan viva como en aquel momento,
tratando de recuperar el aliento y la normalidad, con los ojos llenos de
lágrimas, las mejillas enrojecidas y el cuerpo relajado ahora que había dicho
todo cuanto tenía que decir y no podía callar.
Lomârion
Amíl la miraba fijamente, pero el calor del momento le había robado a Isaniel
la capacidad de sentir miedo, así que sólo le devolvía la mirada, desafiante y
segura de sí misma. El hombre se enderezó y se relamió los labios lentamente.
-
Sí. – Dijo con suavidad. – Soy un “pagano”, según
tu forma de verlo. Soy un “salvaje”. Incluso soy un asesino, porque es verdad
que he matado a docenas…aunque no precisamente inocentes. Pero ningún chamán ni
nigromante ni sacerdote me dijo que me casara contigo, lo hice por mi propio
deseo.
-
¡Aún peor, has maquinado todo esto tú solo! – Masculló
Isaniel.
-
…Y quiero que quede una cosa clara. No he tocado
a las niñas.
-
No mientas. Sé que lo has hecho. ¡Ellas me lo
dijeron!
-
Isaniel, esas chiquillas son para mí como
hermanas. Jamás las tocaría.
-
No importa lo que digas, yo sé la verdad. Has
abusado de Dofne y de Länia, las has utilizado para complacer tu instinto
lujurioso, porque te encanta el dolor ajeno.
-
No puedes hablar en serio. No te he hecho daño.
-
No, claro que no. No a mí. Estás esperando el
momento, el momento adecuado para tenerme a tus pies y entonces traicionarme.
Esperas a que tus patrañas hagan su trabajo y me crea que en el fondo eres
gentil y bueno, y cuando empiece a quererte lo suficiente, sólo entonces
sacarás el puñal y me lo clavarás en el corazón.
-
¿Qué…?
-
¡Pues ya puedes rendirte, Lomârion Amíl, porque
no voy a creerte! ¡No creo en ti, ni en tus mentiras! ¡Puedo ver a través de
todo eso, sé lo que eres y lo que pretendes! ¡Nunca, jamás, te daré mi corazón!
Él la
miraba fijamente otra vez, de una forma extraña que, por fin, le arrancó a
Isaniel un estremecimiento.
El hombre
suspiró.
-
Eres más ciega de lo que pensaba. – Dijo en voz
baja.
-
¡No es cierto! – Se atrevió a exclamar ella, pero
el valor y las fuerzas, poco a poco, la iban abandonando.
-
No importa.
Haz lo que quieras hoy. Nos veremos mañana.
Abrió la
puerta, dio media vuelta y se marchó.
Y allí se
quedó Isaniel, de pie junto al balcón, sintiendo que temblaba, y preguntándose
cómo había sobrevivido a la ira de la bestia.
<Ni
siquiera se ha enfadado.> Pensó, aturdida. <Apenas ha intentado negarlo.
Además de ser un monstruo…lo admite. Dios, tengo que salir de aquí.>
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