¾
Perdóname.
– Murmura el archimago con tristeza. – Es culpa mía.
¾
¿Por
qué? – Pregunta el muchacho. - ¿Qué pasa?
Nota algo frío en la nuca,
estremeciéndose. Arrodillado en el suelo, con las manos atadas por la magia,
extendidos sus brazos, no puede ver qué le están haciendo.
Los gélidos dedos le apartan el pelo y
acarician la nuca y entre los omoplatos. Él aguarda, expectante.
Entonces el frío se convierte en fuego,
y lo quema.
El muchacho gime, intenta apartarse,
pero está atado y no puede moverse. Se retuerce impotente mientras siente con
horror cómo su espalda se desgarra, se parte.
Grita.
¾
¿¡Por
qué?! ¡Por favor…! ¡Basta! ¡Basta!
Pero la tortura no cesa. Lo hieren y no
comprende por qué.
Intenta huir, retorcerse, grita de
dolor. Impotente comienza a llorar sin saber por qué personas en las que confía
le están haciendo tanto daño. La magia penetra su piel, duele como si alguien
arrancara el pellejo de sus huesos con un gancho ardiendo.
¾
¡Basta!
Ya no ve nada, las lágrimas velan sus
ojos y sólo hay sombras en la oscuridad.
¾
¡POR
FAVOR BASTA!
Grita, grita, pero nadie le escucha,
todos lo miran e ignoran sus súplicas mientras sufre, sufre, sufre… Nadie lo
compadece, nadie le dice por qué, sólo lo observan y lo torturan, observan y
torturan, y él se retuerce en agonía.
¾
Esto
es lo mejor que he conseguido. – Dice el archimago. – Es lo mejor para todos.
El muchacho lo nota entonces: peor que
el magma derritiendo la carne en su espalda, peor que partir todos los huesos y
convertirlos en astillas que se clavan en sus pulmones, peor que todo.
Ese castigo llega a su alma. La
obstruye, la bloquea.
Ellos le están robando la capacidad de
hacer magia, le roban aquello que lo convierte en quien es.
Fuera de sí, el muchacho lanza un
alarido.
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