No importó que clamara por mi inocencia.
No importaron mis lágrimas.
Ni mis intenciones.
No importó cuánto recé a los dioses por
mi salvación, encerrada en aquella oscura celda de prisión.
Al amanecer los guardias encapuchados
vinieron a por mí, y, atada con férreas cadenas, me condujeron a la plaza
mayor, donde mi destino esperaba.
Todos me miraban con odio al pasar.
Todos me despreciaban.
A mis oídos llegaban insultos entre
dientes, oraciones de protección. Como si yo fuera a atacarles…Yo, una muchacha
de diecisiete años, menuda e inofensiva.
Era una rea condenada a muerte.
Condenada…al fuego.
¿Y por qué?
Por sanar a una moribunda anciana.
Por darle salud en su lecho de muerte,
cuando el galeno había declarado que no viviría para ver un nuevo día.
Por utilizar un don para ayudar a un
necesitado.
Simplemente…por ser mágica.
La magia, aterradora y maligna.
La magia, que corría por mis venas como
mi propia sangre.
La magia, que aprendí a usar avivando
cosechas y curando cabras enfermas.
Mis padres siempre temieron que se
descubriera mi vergonzoso secreto, me rogaron desde la más tierna infancia que
rechazara aquella aberración impía y maligna que se aposentaba en mi alma.
Intenté complacerles…De veras lo
intenté.
Pero hacer magia era para mí tan natural
como respirar, y a veces, simplemente, no podía evitarlo.
A la larga…eso fue lo que supuso mi
destrucción.
- ¡Bruja!
Alguien me escupió en la cara. Yo,
asqueada, intenté detenerme, limpiarme. Quise limpiar no sólo la baba que me
caía por la mejilla, también todo mi cuerpo, mancillado por el sacerdote que
intentó purificarme aquella noche.
Pero los guardias me obligaron a seguir
caminando, y no tuve más opción que continuar el lento camino hacia la pira.
Mi vida había terminado antes incluso de
verme atada en el poste.
Mis padres, al verme descubierta,
juraron no saber nada de mi don y renegaron de mí como si fuera una paria.
Mis amigos me rechazaron públicamente en
la detención.
Fue mi mejor amiga quien guió a la
guardia a mi casa.
Fui acusada de maligna brujería por
salvar a una anciana. Era irónico…cruelmente irónico.
Y aún así…
Aun así, yo…
Yo quería…
Quería vivir.
- Por
favor…
Mis labios formaron las palabras, pero
ningún sonido salió de mi boca.
A mis pies ya amontonaban paja y madera
para quemarme.
Dejé caer la cabeza, derrotada.
- Por
favor…
Apenas fue un murmullo trémulo que nadie
escuchó. Nadie quería oír las súplicas de una bruja.
Nadie quería ayudarme.
Alguien…
Encendió el fuego.
Bruscamente peleé contra las cuerdas.
- ¡Por favor!
Las dos palabras salieron a borbotones
de mi boca…Un grito de auxilio.
- ¡Por favor!
La multitud se agolpaba cerca de la
pira, dispuesta a verme arder.
El fuego lamía la paja y la madera. El
crepitar llenaba mis oídos…El calor…el humo nublaba mi vista.
No era humo. Eran lágrimas las que no me
dejaban ver.
- ¡Por
favor, no he hecho nada malo!
Mi voz se quebró de pura desesperación.
Iba a morir.
Iba a morir quemada…
Por salvar a alguien.
Por curar a un enfermo.
Por ser mágica.
- ¡POR
FAVOR!
Me
entró humo en la boca, y empecé a toser.
Las
llamas se acercaban…
Ente
la multitud distinguí un rostro que no mostraba odio ni regocijo.
Mostraba…consternación.
[Oh.
Hay alguien…Alguien que se apena por mí.] Pensé, y aquello me hizo sentir
mejor. [No estoy sola en el mundo.]
Una
persona, una única persona, era suficiente si se afligía por mí.
Contemplando
aquel rostro de rasgos bien cincelados, un rostro enmarcado en largo y lacio
cabello negro…El rostro de un hombre resuelto y voluntarioso…
Contemplándolo…Empecé
a llorar.
Intenté
sonreírle, pero simplemente lloré.
Y
cuando las llamas alcanzaron mi carne, mis sollozos se volvieron gritos de
agonía.
Lo
último que vi fueron sus ojos.
Azules
como el más vasto cielo.
Luego
sólo hubo oscuridad…Y el crepitar del fuego infernal.
Tranquila…Yo
cuidaré de ti.
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