Oigo
tu voz que me llama. Es la voz de un ángel, de un dios.
De mi
dios.
Es
una voz tierna, amable, ligeramente culpable, ligeramente egoísta...Y
ligeramente desesperada.
Es la
voz del hombre al que amo.
Dejo
que me llames. Es mi pequeña venganza, mi pequeña resistencia, el poco orgullo
que queda en mi alma.
Vagas
por el bosque mientras me buscas, sigues pronunciando mi nombre con tus
apetecibles labios.
Sé
que no debería responder.
Sé que
debería dejar que pasaras de largo.
Tendría
que apartarme de tu camino y no volver a verte jamás.
Pero
no puedo.
Mi
corazón late únicamente por ti. ¿Qué sería de mí sin tu presencia, sin tu
aliento, tu mirada, tu tímida y torpe sonrisa?
Nada.
Aunque
me rompa por dentro cada vez que la nombras a ella, necesito seguir a tu
lado.
Siempre
seré un segundo plato.
Siempre
seré “la otra”.
Siempre
seré a quien recurres cuando no puedes decirle a ella que la amas.
Siento
que los ojos me arden, y a duras penas puedo contener las lágrimas.
Lágrimas
de frustración, lágrimas de odio, lágrimas de anhelo.
Las
lágrimas de un corazón roto que cada día se quiebra un poco más.
No
importa.
Rómpelo
tanto como puedas, porque es tuyo. Mientras sigas haciéndolo al menos sabré que
existo en tu vida, y eso siempre será mejor que nada.
Nada...Eso
es en lo que me convierto cuando no estás conmigo, cuando no me llamas, cuando
no me buscas, cuando no me necesitas.
Bajo
del árbol y corro a tu encuentro, al encuentro del hombre al que amo, el que
ama a otra persona, el que todos los días rompe mi corazón sin querer.
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