El Reloj de la Vida
Capítulo IV


Hay una flor que derrama sobre sus manos un líquido rosado de aspecto apetitoso. Una voz le susurra al oído, haciéndole cosquillas.
-          Bebe. – Le murmuraba. - Te gustará. Es dulce…
Isaniel bebe. El delicioso néctar baja por su garganta, fresco y cálido a la vez. Se relame los labios cuando ya no queda más, buscando las últimas gotas. Alguien se ríe junto a su cuello, el aliento ardiente le provoca un escalofrío. Los labios descienden y besan su piel, y la muchacha se siente desfallecer.
Unos brazos fuertes la rodean y la alzan en volandas. Ella suspira, abrazándose a ese cuerpo esbelto. Aspira el aroma. Huele tan, tan bien.
Los brazos la sueltan en la habitación oscura. Las manos de Isaniel se aferran a la ropa de quien la ha llevado al lecho.
-          No me dejes. – Murmura, con la respiración agitada.
-          Claro que no. – La voz suena cerca de su oído, haciéndola estremecer. – Te he buscado durante años hasta encontrarte, mi amor. Nunca te dejaré ir, aunque lo supliques.
Isaniel asiente. Nunca, nunca pediría algo así, sólo quiere estar cerca, muy cerca, como ahora, para siempre.
Los dedos largos se cierran entorno a sus muñecas, y de pronto una boca ansiosa choca con la suya en un beso cargado de deseo. Ella gime y corresponde, con la misma pasión. Su cuerpo arde.
Jadea cuando los labios la abandonan y besan las palmas de sus manos.
-          Lo…- Musita, retorciéndose en busca de más.
-          ¿Sí…?
-          Lom…
-          Vamos, di mi nombre, vida mía…Me gusta cómo suena en tus labios.
-          Lomârion…
El hechizo de rompe. Isaniel grita cuando las velas se encienden todas a la vez y ve la criatura que la mantiene inmóvil bajo su peso: sus ojos de serpiente la miran con crueldad, la boca grande se tuerce en una sonrisa donde asoman infinidad de dientes que segregan veneno. Las manos, terminadas en garras, le atan las muñecas, y la lengua bífida le lame la mejilla.
Isaniel suplica, pero lo que recibe son risas.
-          Te dije que no te dejaría ir, aunque suplicaras.
Ella llora. El Pagano, el Guerrero de las Tierras Lejanas, le arranca la ropa, haciéndole daño. Sonríe ante sus lágrimas, se relame ante sus sollozos. Saca de entre las sábanas un arma: el filo destella de azul celeste, celeste como los ojos empañados de Isaniel, que lo mira, aterrada.
-          No…No…
-          No, claro que no. – Ríe la bestia. – No todavía.
Lo deja junto a su cabeza, ella lo ve, le da miedo, podría moverse un poco y cortarse. Tiembla, llora, grita, suplica.
De pronto todo da vueltas, y tarda un instante en darse cuenta de que ha recibido una bofetada. Le sabe la boca a sangre. Entonces él la besa, y no hay dulce pasión ni deseo contenido en aquellos labios monstruosos, sólo lujuria y crueldad. Isaniel lo muerde, y recibe otro golpe.
Entonces él le abre las piernas, y sin piedad la penetra.
La muchacha se queda sin aliento, sin lágrimas, sin latidos. El tiempo se ha parado en el dolor, en la humillación y en el terror.
Entonces grita, y él se ríe. Empieza a moverse, y el dolor aumenta, le duele, le duele, va a morir.
Una eternidad después, cuando piensa que ya no puede sufrir más, el Pagano derrama en ella la semilla ardiente que la quema por dentro. Grita otra vez, tratando de escapar, pero está atada, y él la aprieta con su cuerpo contra el lecho, y se ríe, se ríe, se ríe.
La bestia se aparta. Isaniel mira abajo, y no pude contener un chillido: su vientre crece.
-          ¡Quítamelo, quítamelo, quítamelo! – Grita, fuera de sí, aterrada ante el niño que crece en su seno.
-          ¿Es lo que quieres? – Ríe él.
-          ¡Sí, sí, quítame eso!
-          Muy bien…
Isaniel calla: el Pagano ha tomado entre sus garras el puñal de hoja celeste. Sonríe cruelmente.
-          Tú…lo has…querido.
La clava en su vientre, desgarrándola, y ella grita…

-          Ssssh, sssh, ya está…
-          Mi señora, no pasa nada, ya está…
-          Tranquila, estáis a salvo…
Los gritos murieron en su garganta, pero de sus ojos siguieron brotando lágrimas saladas. Aterrada, miró alrededor y trató de escapar de las manos que la sostenían, que la tocaban, que la acariciaban.
Tardó en darse cuenta de que eran manos humanas. No era Lomârion Amíl quien la tocaba, no era la Bestia, el pagano, el Guerrero de las Tierras Lejanas. Eran sus doncellas.
Benigna, la silenciosa mujer que la había acompañado desde niña, se acercó y la abrazó. Isaniel se dejó mecer entre sus brazos, fuertes a pesar de delgados, y empieza a sentirse más segura: lo suficiente como para llorar.
Las otras, poco a poco, volvieron a intentar acariciarla, y esta vez la muchacha no tuvo miedo.
-          Una pesadilla. – Musitó, temblando aún. – Una simple pesadilla…
Pero los ojos de la Bestia seguían clavados en su mente como dagas en el corazón, y la hacían estremecer.

Bajó a desayunar un poco tarde, con ojeras enmarcando sus ojos azules y el semblante aún más distraído que de costumbre. Nadie dijo nada al principio. La familia se sentaba entorno a la mesa y los criados traían las distintas comidas. Cada uno se servía lo que más le gustaba. El señor de Jahomír gustaba de grandes cantidades de panceta; su esposa, por el contrario, prefería un té y unas galletas; Arinzel, Laryel e Isaniel cogían sólo fruta; Rizeel, por el contrario, quería pastas y mucha leche.
La muchacha se sentó en su lugar, junto a su hermana mayor de roja cabellera, y al lado de la pequeña. Murmuró una disculpa por la tardanza. Comenzaron la comida en silencio.
Finalmente, no obstante, su madre habló:
-          Isaniel, querida.
<No, por favor.> Pensó. <No me preguntéis.>
-          Las doncellas me han contado que pasaste una mala noche.
-          Tuve una pesadilla. – Se vio obligada a responder.
-          Hacía tiempo que no gritabas por una pesadilla. Desde que eras una niña.
La muchacha se ruborizó y bajó la cabeza, sintiéndose avergonzada. Arinzel, no obstante, le puso una mano en la espalda en ademán consolador.
-          Cuéntame, hermana. – Pidió con una sonrisa dulce. – Dicen que si cuentas los malos sueños, éstos desaparecen.
-          Gracias, pero no es necesario. – Respondió Isaniel rápidamente. – Estoy bien. Muchas gracias a todos por vuestra preocupación.
-          Yo no me he preocupado. – Comentó Laryel.
La rubia la miró y sonrió.
-          Entonces exclúyete del agradecimiento.

Antes de subir a la torre de costura, Arinzel la tomó de la mano.
-          ¿Quieres pasear? – Preguntó con su jovial dulzura natural.
Isaniel asintió, envidiando la luz que emanaba de ella, siempre tan grácil y hermosa. Su hermana mayor la llevó a los jardines, donde el sol brillaba en el cielo sin nubes.
-          No has dicho la verdad, ¿cierto? – Preguntó la pelirroja entonces.
-          ¿Qué quieres decir?
-          Oh, Isaniel, mi pequeña Isaniel, noto temblar tu mano en la mía.
La rubia dio un respingo y se ruborizó. No se había dado cuenta de que le había afectado tanto.
-          Aunque madre ha sido poco agradable, es cierto que hacía mucho que una pesadilla no te asustaba tanto. Todos los niños se asustan de los malos sueños, yo también lo hice cuando era pequeña. Pero tú ya eres mayor, y si has sufrido tanto significa que era una pesadilla horrible. – Comentó la pelirroja.
-          Yo sólo…
-          No me digas “yo sólo”, hermana, y dime qué te ha asustado tanto. No sufras, querida Isaniel, no se lo contaré a nadie.
La mano amable de Arinzel en su espalda la reconfortó y le dio fuerzas para destapar la caja mal cerrada donde había encerrado aquel sueño. Se lo contó, temblando de nuevo, con lágrimas en los ojos, y su hermana la abrazó fuerte.
-          Cuánto lo siento, querida. – Susurró la pelirroja, acariciándole el cabello rubio con mucha dulzura. – Sí ha sido una horrible pesadilla. Yo en tu lugar también hubiera gritado.
Tal vez era sólo una mentira piadosa para hacer que se sintiera mejor. El caso es que lo consiguió.

Aquella noche, cuando iba a acostarse, Benigna entró en su habitación.
-          Mi señora, el señor desea veros. – Dijo.
-          Enseguida.
Isaniel se apresuró a ponerse el camisón de seda y se atusó el cabello, aunque era tan liso que no le hacía falta arreglo alguno.
Iba a salir, pero entonces su padre entró.
-          Ahora iba a veros, padre. – Dijo la rubia.
-          No te preocupes, cariño.
La muchacha dio un respingo y lo miró. Hacía mucho que su padre no la llamaba así; ahora era un privilegio de Rizeel, y también se le retiraría cuando cumpliera los diez años.
-          Ven. – Pidió el hombre. – Échate, deja que te arrope.
Isaniel, confundida, se sentó en su lecho de dosel azul, y su padre se acercó. La instó a tenderse, y luego la arropó con dulzura, como hacía muchos años que no hacía. Se sentó a su lado y le acarició el fino cabello rubio platino.
-          Dentro de tres días iremos a la capital. – Dijo de pronto.
-          ¿De verdad?
-          Sí. El rey nos ha invitado a una fiesta.
La joven sonrió y se ruborizó. Si había una fiesta en palacio, seguro que vería al príncipe Kaylon, tan apuesto, tan caballeroso.
De pronto la sonrisa se quebró en sus labios. Al pensar en él recordó las historias de Aidé, los supuestos rumores. Recordó al Pagano, que, según más tarde le contó la doncella, en efecto había conseguido el título de Señor y le habían entregado los dominios de Prayn, con sus trabajadores y esclavos.
<Si todo es cierto, ahora ese monstruo es un noble.> Pensó con aprensión. <Puede aparecer aquí cualquier día para una visita de cortesía, esa bestia inmunda…>
Apartó esos pensamientos de su mente y se aferró al recuerdo del príncipe Kaylon, al que siempre había amado en secreto.
-          ¿Ocurre algo, tesoro? – Le preguntó su padre.
Isaniel sacudió la cabeza.
-          No ocurre nada, padre. Gracias por venir a decírmelo.
-          Sé que quieres estar preparada. Eres tan nerviosa…
La muchacha sonrió, y el hombre le acarició el cabello una vez más antes de irse. Isaniel sopló la vela para apagarla y se acurrucó bajo las mantas. Pensó en su príncipe, e imaginó que algún día él pedía su mano en matrimonio. ¡Qué feliz sería! Por supuesto, antes se decantaría por Arinzel, con su belleza indomable, o por Laryel, con su dulce sonrisa y su chispa avivada en la mirada, puede que incluso Sariel, tan callada y amable.
Isaniel suspiró y cerró los ojos.
<Siempre puedo soñar.> Pensó, sonriendo.
Y esta vez soñó con el príncipe Kaylon montando su caballo blanco para ir a buscarla y convertirla en su esposa, ajena a la verdad que se cernía sobre ella como una sombra.

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