Anadilde disfrutaba mucho cepillando el cabello de Isaniel, así que
ella la dejaba hacerlo durante horas. No sólo porque era su princesa, sino
porque era también su mejor amiga, y se veían muy poco.
Tenía el
cabello de color caoba, rizado, espeso, y lo llevaba corto por debajo de los
hombros. Sus ojos eran verdes, muy intensos, parecidos a los de su hermano
Kaylon. Era un poco más alta que Isaniel, y sus mejillas estaban siempre
encendidas con un delicado rubor que la hacía adorable y encantadora.
-
Padre ha invitado a esta fiesta a muchos jóvenes.
– Explicaba la princesa. – Y a muchas chicas, también. Intenta que mi hermano
se comprometa, pero creo que él ya tiene a su querida.
-
¿Ah, sí? – Isaniel trató de no parecer descortés
al desviar la mirada, deseando no hablar de ello.
-
Claro que sí. – Anadilde dejó el cepillo a un
lado y abrazó a su amiga. – Él te quiere a ti.
La rubia se
ruborizó y rió con suavidad.
-
Gracias, eres mi mejor amiga. – Le dijo en voz baja,
agradecida.
Aunque
nunca se lo había dicho, la princesa siempre había sabido los sentimientos de
Isaniel por Kaylon, y la ayudaba como podía. Aunque no se lo contaba a su
amiga, a menudo hablaba con su hermano sobre ella: es muy guapa, le decía, y
tan tierna, y muy amable y buena. Kaylon la escuchaba siempre en silencio, y
cuando Anadilde callaba sólo decía: Tú lo que quieres es que me case con ella
para que viva con nosotros y poder abusar de la pobre Isaniel a todas horas.
-
Pero todos sabemos que el príncipe tiene mucho
mejor gusto. – Comentó Isaniel.
-
Oh, qué boba eres. No puedes ver tu encanto.
La rubia
sonrió, pero no dijo nada. Dudaba que tuviera algún tipo de encanto. Era torpe
con la aguja, con lo que no podía hacer hermosos bordados; perdía el equilibrio
fácilmente, con lo que apenas podía cabalgar al paso; no conocía demasiado bien
el arte floral, todos esos nombres de plantas la confundían; y en cuanto a lo
físico, parecía siempre distraída, era plana, escuálida, y su cabello era tan
claro que a primera vista parecía la blanca melena de una anciana.
Anadilde
sabía que esa era la opinión que Isaniel tenía de sí misma. Por supuesto, sus
modelos para comparar eran despampanantes: Arinzel con su indomable belleza,
Sariel tan amable y adorable, Laryel con su atrayente picardía, y la propia
Anadilde, que por princesa ya tenía pretendientes a rebosar.
-
Oh, dejémoslo. Nunca cambiarás.
Isaniel
sonrió, y su amiga siguió cepillándola durante un par de minutos más, para
luego hacerle un peinado sencillo, suelto, con algunos lazos azules destacando
entre sus mechones platinos y una pinza con forma de rosa azul.
-
Estás preciosa. – Sonrió Anadilde, encantada con
el resultado.
La muchacha
se levantó y dio una vuelta frente al espejo, mirándose desde todos los ángulos.
El vestido era un regalo de la princesa: largo, con encaje, de color marino con
adornos celestes; la falda algo acampanada era de varias capas superpuestas,
terminando por una semitransparente y brillante.
-
Como pensaba, pareces una deeva. – Sonrió Anadilde.
Isaniel se
ruborizó. Nunca se le hubiera ocurrido compararse con una deeva, las criaturas
de etérea belleza que acompañaban a su dios allá donde fuera, cantando y
bailando para él.
-
¿Y qué hay de ti? – Preguntó la rubia mientras su
amiga se ponía un collar de rubíes.
-
¿Yo? Otra deeva.
Ambas
rieron, y, ya preparadas, salieron para dirigirse al salón, donde la fiesta ya
había comenzado.
Enseguida,
Anadilde tuvo que atender otros deberes, e Isaniel se quedó sola durante un
rato. Luego la sacaron a bailar algunos jóvenes, que la invitaban, danzaban con
ella y después se marchaban.
Así eran
las fiestas para ella. Los hombres no se interesaban por Isaniel más de cinco
minutos. Claro, allí había otras mujeres mucho más atrayentes, así que se
acercaban sólo por cortesía.
El primero
que tomó su mano por algo que no era aburrimiento o educación fue el príncipe,
que le sonrió.
-
¿Me concedéis este baile, joven dama?
Isaniel se
ruborizó y asintió con la cabeza. Kaylon la llevó al centro del salón, y su
mano de finos dedos de trovador se posó en su cintura. Ella se apoyó en su
brazo con cuidado, y cuando él comenzó a moverse, siguió sus pasos en silencio.
-
¿Cómo estás? – Le preguntó el príncipe en voz
baja.
-
Bien…Bien, gracias, príncipe.
-
Oh, por favor, Isaniel, olvídate de las
formalidades, ¿quieres? Eres la mejor amiga de mi hermana, nos conocemos casi
de toda la vida.
-
P-pero…
-
Te he visto llevar pañales, por favor, Isaniel…
Ella notó
que las mejillas le ardían. Kaylon rió, y la frente del joven príncipe tocó la
suya.
-
Siempre fuiste una niña adorable y tímida. –
Comentó.
<No lo
suficientemente adorable.> Pensó con tristeza.
Isaniel
sonrió, y siguieron bailando, pero pronto la pieza terminó y se detuvieron.
-
Siempre es un placer bailar contigo. – Dijo el
príncipe.
-
Lo mismo digo.
-
Ahora tengo que irme, pero volveré luego para
hablar un rato, ¿de acuerdo?
Ella sólo
asintió, aunque dudaba que lo hiciera; su deber como príncipe era bailar con
todas las muchachas casaderas, y había muchas. Kaylon le besó el dorso de la
mano y se marchó.
En momentos
así, a veces Isaniel se atrevía a albergar ciertas esperanzas. Al menos, hasta
que el príncipe, caballeroso, invitaba a otra solitaria y aburrida muchacha a
bailar con él.
La joven
dio la vuelta para regresar a un rincón, y estuvo a punto de chocar con
alguien.
-
Perdonadme, señor…- Musitó, dando un paso atrás.
El hombre
le sonrió, e Isaniel sintió que se ruborizaba intensamente. Era joven y
apuesto: debía tener veintiún años, pero su constitución y su rostro le daban
un toque maduro; tenía el cabello de color negro-azulado, rebelde, y los ojos
de un precioso color dorado, con una pequeña pupila que parecía de color claro;
era alto, robusto, vestía elegantemente y tenía la piel bronceada.
-
No, perdonadme vos a mí, joven dama. – Dijo él
con una voz varonil de extraño acento. – Me temo que me interpuse en vuestro
camino adrede.
-
¿A…ah?
-
No encontré una forma más sutil de acercarme a
vos para pediros un baile.
Se inclinó
un poco y tendió hacia Isaniel una mano grande y fuerte. Ella, con las mejillas
ardiendo, asintió con la cabeza, y su propia mano, pequeña, blanca e
insignificante, se perdió en la de él.
Aquel
hombre desconocido la llevó unos pasos más allá y la tomó de la cintura.
Ella se apoyó en sus brazos, y siguió
los pasos algo torpes del desconocido. Medio sonrió. No parecía tener mucha
práctica.
-
Lamento mi torpeza. – Dijo él de pronto. – No soy
muy buen bailarín.
-
Oh, no lo hacéis tan mal, mi señor.
Él sonrió.
Isaniel lo miró, pero estaba bastante segura de no haberlo visto nunca. Lo
recordaría: era atractivo en una forma salvaje que nunca antes había notado. Y
su voz, aterciopelada, suave, profunda, con ese deje extraño…
-
Me miráis muy fijamente, joven dama.
-
¡Ah! Perdonadme.
Bajó la
mirada, avergonzada, pero el hombre rió.
-
No es como si me hubierais molestado. ¿Os parezco
extraño?
-
No, claro que no, no es eso.
-
¿Entonces?
-
Bueno, yo…
Las
palabras murieron en sus labios, tragadas por la timidez. No respondió, así que
el hombre volvió a reír con suavidad. Dejaron de bailar, pero él le puso una
mano en la nuca y la apretó contra su pecho. Isaniel, sonrojada, podía oír los
latidos de aquel corazón: tu-tum, tu-tum, tu-tum…
Los notó
acelerarse hasta que el sonido se volvió frenético. Entonces se dio cuenta, sin
comprender, de que aquel corazón latía al unísono con el suyo.
-
¿Mi señor? – Murmuró.
-
Sssshhh…Calla, mi pequeña Isaniel, calla ahora.
Ella
obedeció, sin entender por qué la llamaba así. Eran muchas confianzas para unos
totales desconocidos. ¿O tal vez no?
¿Cómo debía
llamarse aquel hombre apuesto y exótico que la abrazaba, cuyo corazón se unía
al suyo con absoluta precisión? Lo notaba, ahora los latidos de ambos eran más
lentos.
Alzó la
cabeza para mirarlo, pero se detuvo, toda rubor, cuando los labios de él
cayeron sobre su frente y depositaron allí un delicado beso. Isaniel suspiró.
No recordaba haberse sentido tan bien, tan protegida y querida, en toda su
vida.
-
Suéltala.
Dio un
respingo y miró atrás. Kaylon los observaba, con el ceño arrugado y el rostro
tenso. El desconocido posó una mano en la espalda de Isaniel, acariciándola, y
le rozó el cabello rubio con los dedos.
-
Ya me has oído. – Dijo el príncipe. – Suéltala,
Lomârion.
Y el
encanto se rompió.
Isaniel
gritó y retrocedió. Aquellos brazos la soltaron, y la muchacha se vio envuelta
en el abrazo del príncipe Kaylon.
Lomârion
Amíl, el Pagano, el Guerrero de las Tierras Lejanas. Mirándolo ahora,
fijamente, mientras él alzaba una ceja casi con indiferencia, se preguntó cómo
no lo había notado nunca. Ningún Civilizado tendría aquella piel morena, ni ese
acento extraño.
Aquel no
podía ser otro que…
Su mirada
quedó atada al rostro de la Bestia, que entrecerró sus monstruosos ojos dorados
y sonrió, cargado de crueldad, de malicia. Isaniel gritó, y de pronto se
desvaneció.
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