La delicada risilla le hace cosquillas en el
cuello. Isaniel sonríe, ruborizada, mientras sigue entrelazando el tallo de las
flores para hacer una corona.
-
Cuidado.
– Susurra una voz, mientras unas manos fuertes le acarician los brazos. – Es
venenosa. Si te cortas con una espina, tendré muchos problemas para curarte.
-
Tendré
cuidado. – Responde ella.
-
No
podría soportar que te pasara nada…
Las garras se ciñen en sus muñecas, haciéndola
sangrar.
-
…bueno.
De pronto la risa es una carcajada cruel. Las
flores se marchitan en sus manos, el cielo se cubre de nubes que presagian
tormenta y se oye un trueno. Isaniel mira atrás, y se da cuenta de que no es un
hombre amable el que la sujeta, sino la Bestia Pagana de las Tierras Lejanas.
Grita, pero no logra desasirse.
Isaniel se
despertó entre jadeos y lágrimas, pero allí estaba la princesa Anadilde para
abrazarla y acariciarla.
-
Ya, ya pasó, Isaniel, ya pasó. – Le dijo, bajo,
acunándola como si fuera una niña. – Sólo ha sido una pesadilla, amiga mía.
La muchacha
respiró hondo varias veces y miró alrededor. Vio a sus hermanas, que la
observaban con franca preocupación, y vio a su madre con los ojos vidriosos, y
a su padre con semblante tenso.
-
¿Qué…ha pasado? – Preguntó, y se notó la voz
temblorosa y algo aguda.
Todas las
miradas se desviaron. Isaniel, confundida, trató de encontrar respuestas en su
hermana Arinzel, pero ésta le dio la espalda y se cubrió el rostro. Entonces
miró a Anadilde.
-
¿Qué…ha pasado? – Repitió.
Los ojos de
la princesa estaban empañados de lágrimas. La muchacha apenas podía recordar, y
aquella actitud sólo lograba asustarla.
Suspiró,
sintiéndose muy, muy cansada, y apoyó la frente en el hombro de su amiga.
Notaba la cabeza llena de bruma, e incluso pensar era una tarea ardua.
-
¿Puedes levantarte, Isaniel? – Preguntó de pronto
su padre.
Ella
titubeó y asintió. Para demostrarlo, salió de la cama. Notaba que le temblaban
las piernas, y sentía un vacío en el estómago. Anadilde se apresuró a sujetarle
el brazo, por si a caso.
-
¿Qué me pasa? – Preguntó la rubia, confundida.
-
El momento de pánico te ha dejado un poco más
atontada de lo normal. – Dijo Layrel, pero, aunque era obvio que intentaba
jugar, la voz la traicionó.
Isaniel la
miró, y vio que su hermana, siempre tan pícara y a veces incluso maliciosa, se
encogía y tragaba saliva como si le costara.
-
¿Pánico? – Preguntó, sin recordar haber sentido
algo así.
-
¿De verdad no te acuerdas?
-
¿De qué?
-
Padre. – Dijo de pronto Arinzel. – No permitas
esto.
La joven
miró a su hermana mayor, que se había vuelto hacia el hombre. Él cerró los ojos
con una expresión de dolor.
-
No está en mi poder.
-
¡Por favor! – Exclamó Isaniel. - ¿Qué ocurre
aquí?
-
Después. – Dijo su padre. – Ahora vístete.
Princesa, ¿podéis ayudarla?
-
Sin duda, señor.
Él asintió
gravemente y se marchó. Toda su familia desfiló frente a la chica hacia la
puerta, todos con similares expresiones en el rostro, excepto Rizeel, que
parecía tan confundida como ella.
Finalmente
se quedó a solas con la princesa. Isaniel miró a Anadilde en busca de
respuestas, pero ella se había acercado al tocador y le indicó que se sentara.
La rubia suspiró y obedeció. Su amiga cogió el cepillo y comenzó a peinarla con suavidad, con lentitud.
-
Anadilde, ¿qué ha pasado? – Preguntó tras unos
minutos.
-
Tú…¿De verdad no te acuerdas? Apenas hace un par
de horas.
-
Por favor, entre todos me estáis asustando.
-
Bueno…En el baile, ¿te acuerdas de eso?
-
Sí. – Isaniel se tocó la mejilla, mirando su
reflejo en el espejo. – Kaylon me sacó a bailar una pieza.
-
Y luego…
-
¿Luego qué? No me acuerdo.
-
¿De verdad? ¿Ni un poquito?
Isaniel
sacudió la cabeza…y ese movimiento fue lo que disipó la bruma, y los ojos
dorados del hombre de piel morena se aparecieron en su mente con total
claridad.
La muchacha
dio un brinco, y todo volvió a ella: cómo casi se chocaban, cómo él la invitó a
bailar, cómo la abrazó, la tocaba,…
Y luego el
príncipe Kaylon diciendo su nombre: Lomârion Amíl, el Pagano.
-
Oh, dios…- Musitó.
-
Isaniel, estás lívida. – Murmuró Anadilde,
acariciándole el cabello.
-
¿Qué me hizo esa bestia?
-
Nada. Te desmayaste en brazos de mi hermano, y te
trajimos aquí para que descansaras.
-
Oh, dios, ¿qué hacía él aquí?
-
Exigió…derechos de noble. – Anadilde bajó la
mirada. – Obviamente, cuando no recibió una invitación a la fiesta se presentó
por su cuenta.
Isaniel
tragó saliva y se volvió hacia su amiga.
-
Oh, Anadilde. – Suspiró. – Debes haberlo pasado
muy mal con esa criatura horrenda pululando por tu palacio.
La princesa
se encogió delicadamente de hombros y se apartó un rizo del cuello con un
movimiento suave de la mano.
-
Al final tendremos que acostumbrarnos a él. –
Comentó.
Isaniel la
compadecía. El deber de Anadilde era precisamente ese, acostumbrarse. Debía
acatar las decisiones de su padre, el rey, sin una sola queja, y si el anciano
monarca había decidido que aquel Pagano debía ser tratado como a un Señor, así
debía ella comportarse.
En
realidad, todos debían resignarse a aquello. El rey había dado su
consentimiento, y no podían hacer nada por evitarlo.
Algunos,
claro, se mostrarían en desacuerdo, pensarían que pronto se verían invadidos
por más y más salvajes, y nadie haría nada por evitarlo.
Isaniel no
era así. Isaniel pensaba que aquel había sido un caso espectacular, el caso de
un Pagano que había sentido envidia de la vida civilizada.
A su
brutal, retorcida y monstruosa manera, pensaba Isaniel, aquel…hombre había
luchado por encontrar su lugar en Järia, y quizá debía ser respetado por ello.
<No.>
Se dijo la muchacha. <Respetado no. Pero sí ignorado.>
Al fin y al
cabo, aquello poco tenía que ver con ella. El Pagano estaba a dos territorios
de ella. Si apenas había tratado con Prayn, ¿por qué iba a ser diferente con
Amíl?
Al mirarse
al espejo otra vez, ya preparada para salir, se estremeció al imaginarse a sí
misma en brazos de aquella criatura pagana. Se preguntaba aún cómo no se había
dado cuenta: su piel morena, sus exóticos ojos, sus pupilas azules,…
Anadilde le
tomó la mano y le sonrió. Ahora se daba cuenta de que esa sonrisa temblaba.
¡Qué mal debía estarlo pasando! Isaniel le devolvió un suave apretón, y juntas
se dirigieron al salón de audiencias.
La
habitación era inmensa, pero casi no había nadie: sólo su familia. Ni el rey,
ni la reina, ni el príncipe Kaylon. Ni el Pagano. Los tronos de lo alto de la
tarima estaban vacíos.
Sariel fue
la primera en acercarse corriendo y abrazarla. Isaniel, confusa, le acarició la
espalda, sintiendo la suavidad de su cabello castaño bajo los dedos. Luego se
aproximó Arinzel, que le acarició la melena rubia.
-
Estoy bien. – Dijo la muchacha. – De verdad. Ya
estoy bien.
-
No puedo creerlo. – Su hermana mayor sacudió la
cabeza. – Princesa, no se lo habéis dicho, ¿verdad?
-
No, claro, yo pensé… - Musitó Anadilde.
Isaniel la
miró, y volvió a sentirse confundida y preocupada.
-
¿Qué tenías que decirme? – Preguntó.
-
Isaniel, tú…- Dijo Arinzel.
En aquel
momento se abrió la puerta real, y entró el príncipe Kaylon. Al verlos, la
muchacha notó que aquellos ojos verdes siempre tan decididos se velaban de dolor.
-
¿Qué pasa? – Había preguntado lo mismo tantas
veces, y nadie le contestaba.
El joven se
aproximó y de pronto Isaniel se vio entre sus brazos, apretada fuerte contra su
pecho esbelto. La rubia se ruborizó notablemente, y la recorrió un escalofrío
de placer. Podría pasar así toda la vida.
-
Perdóname, Isaniel. – Dijo de pronto el príncipe.
– No he podido hacer nada. Es más fuerte que todos nosotros juntos.
-
¿Kaylon…?
Él le
acarició el cabello, sin decir nada, y luego se apartó un poco, sólo un poco,
para dejarla ver.
Tras el
príncipe habían entrado el rey y la reina…y aquella bestia de piel morena.
Isaniel se encogió al costado de Kaylon, intimidada. Lomârion Amíl sonrió.
¿Cómo podía haberle gustado aquella sonrisa antes? Era cruel, cargada de
malicia y arrogancia.
El hombre
se acercó con pasos seguros, casi elegantes. La elegancia del lobo, pensó la
chica. Quiso alejarse, pero Kaylon la tomó de la cintura y no se lo permitió.
Lo miró, sorprendida y temerosa, pero él no le devolvió la mirada.
Lomârion
Amíl llegó hasta ella, y tomó su mano con burlona delicadeza, inclinándose como
si se mofara de su honor.
-
¿Cómo os encontráis, joven dama?
Isaniel,
temblando, sacudió la cabeza y retiró la mano.
<No me
toques.> Pensó con desesperación. <No te acerques a mí. Eres un asesino,
un Pagano.>
El hombre
amplió la sonrisa y se enderezó.
Entonces,
el rey fue hacia ellos con paso solemne.
-
Isaniel Jahomír. – Pronunció, muy serio,
mirándola con tanta fijeza que ella tuvo un mal presentimiento. –Debo darte una
importante noticia que va a cambiar el rumbo de tu vida para siempre.
-
¿S…Sí, Su Majestad?
El hombre,
de cabello ya encanecido por los años, miró a todos los presentes hasta llegar
al Pagano, que no dijo nada. Miraba fijamente a Isaniel.
Finalmente,
el rey se volvió hacia la muchacha rubia, que esperaba. Respiró hondo…y
pronunció su condena:
-
Lomârion Amíl ha solicitado tu mano, y le ha sido
concedida. En primavera, como es costumbre, contraerás matrimonio con el Señor.
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