El Reloj de la Vida
Capítulo VI


La delicada risilla le hace cosquillas en el cuello. Isaniel sonríe, ruborizada, mientras sigue entrelazando el tallo de las flores para hacer una corona.
-          Cuidado. – Susurra una voz, mientras unas manos fuertes le acarician los brazos. – Es venenosa. Si te cortas con una espina, tendré muchos problemas para curarte.
-          Tendré cuidado. – Responde ella.
-          No podría soportar que te pasara nada…
Las garras se ciñen en sus muñecas, haciéndola sangrar.
-          …bueno.
De pronto la risa es una carcajada cruel. Las flores se marchitan en sus manos, el cielo se cubre de nubes que presagian tormenta y se oye un trueno. Isaniel mira atrás, y se da cuenta de que no es un hombre amable el que la sujeta, sino la Bestia Pagana de las Tierras Lejanas.
Grita, pero no logra desasirse.

Isaniel se despertó entre jadeos y lágrimas, pero allí estaba la princesa Anadilde para abrazarla y acariciarla.
-          Ya, ya pasó, Isaniel, ya pasó. – Le dijo, bajo, acunándola como si fuera una niña. – Sólo ha sido una pesadilla, amiga mía.
La muchacha respiró hondo varias veces y miró alrededor. Vio a sus hermanas, que la observaban con franca preocupación, y vio a su madre con los ojos vidriosos, y a su padre con semblante tenso.
-          ¿Qué…ha pasado? – Preguntó, y se notó la voz temblorosa y algo aguda.
Todas las miradas se desviaron. Isaniel, confundida, trató de encontrar respuestas en su hermana Arinzel, pero ésta le dio la espalda y se cubrió el rostro. Entonces miró a Anadilde.
-          ¿Qué…ha pasado? – Repitió.
Los ojos de la princesa estaban empañados de lágrimas. La muchacha apenas podía recordar, y aquella actitud sólo lograba asustarla.
Suspiró, sintiéndose muy, muy cansada, y apoyó la frente en el hombro de su amiga. Notaba la cabeza llena de bruma, e incluso pensar era una tarea ardua.
-          ¿Puedes levantarte, Isaniel? – Preguntó de pronto su padre.
Ella titubeó y asintió. Para demostrarlo, salió de la cama. Notaba que le temblaban las piernas, y sentía un vacío en el estómago. Anadilde se apresuró a sujetarle el brazo, por si a caso.
-          ¿Qué me pasa? – Preguntó la rubia, confundida.
-          El momento de pánico te ha dejado un poco más atontada de lo normal. – Dijo Layrel, pero, aunque era obvio que intentaba jugar, la voz la traicionó.
Isaniel la miró, y vio que su hermana, siempre tan pícara y a veces incluso maliciosa, se encogía y tragaba saliva como si le costara.
-          ¿Pánico? – Preguntó, sin recordar haber sentido algo así.
-          ¿De verdad no te acuerdas?
-          ¿De qué?
-          Padre. – Dijo de pronto Arinzel. – No permitas esto.
La joven miró a su hermana mayor, que se había vuelto hacia el hombre. Él cerró los ojos con una expresión de dolor.
-          No está en mi poder.
-          ¡Por favor! – Exclamó Isaniel. - ¿Qué ocurre aquí?
-          Después. – Dijo su padre. – Ahora vístete. Princesa, ¿podéis ayudarla?
-          Sin duda, señor.
Él asintió gravemente y se marchó. Toda su familia desfiló frente a la chica hacia la puerta, todos con similares expresiones en el rostro, excepto Rizeel, que parecía tan confundida como ella.
Finalmente se quedó a solas con la princesa. Isaniel miró a Anadilde en busca de respuestas, pero ella se había acercado al tocador y le indicó que se sentara. La rubia suspiró y obedeció. Su amiga cogió el cepillo y comenzó a peinarla  con suavidad, con lentitud.
-          Anadilde, ¿qué ha pasado? – Preguntó tras unos minutos.
-          Tú…¿De verdad no te acuerdas? Apenas hace un par de horas.
-          Por favor, entre todos me estáis asustando.
-          Bueno…En el baile, ¿te acuerdas de eso?
-          Sí. – Isaniel se tocó la mejilla, mirando su reflejo en el espejo. – Kaylon me sacó a bailar una pieza.
-          Y luego…
-          ¿Luego qué? No me acuerdo.
-          ¿De verdad? ¿Ni un poquito?
Isaniel sacudió la cabeza…y ese movimiento fue lo que disipó la bruma, y los ojos dorados del hombre de piel morena se aparecieron en su mente con total claridad.
La muchacha dio un brinco, y todo volvió a ella: cómo casi se chocaban, cómo él la invitó a bailar, cómo la abrazó, la tocaba,…
Y luego el príncipe Kaylon diciendo su nombre: Lomârion Amíl, el Pagano.
-          Oh, dios…- Musitó.
-          Isaniel, estás lívida. – Murmuró Anadilde, acariciándole el cabello.
-          ¿Qué me hizo esa bestia?
-          Nada. Te desmayaste en brazos de mi hermano, y te trajimos aquí para que descansaras.
-          Oh, dios, ¿qué hacía él aquí?
-          Exigió…derechos de noble. – Anadilde bajó la mirada. – Obviamente, cuando no recibió una invitación a la fiesta se presentó por su cuenta.
Isaniel tragó saliva y se volvió hacia su amiga.
-          Oh, Anadilde. – Suspiró. – Debes haberlo pasado muy mal con esa criatura horrenda pululando por tu palacio.
La princesa se encogió delicadamente de hombros y se apartó un rizo del cuello con un movimiento suave de la mano.
-          Al final tendremos que acostumbrarnos a él. – Comentó.
Isaniel la compadecía. El deber de Anadilde era precisamente ese, acostumbrarse. Debía acatar las decisiones de su padre, el rey, sin una sola queja, y si el anciano monarca había decidido que aquel Pagano debía ser tratado como a un Señor, así debía ella comportarse.
En realidad, todos debían resignarse a aquello. El rey había dado su consentimiento, y no podían hacer nada por evitarlo.
Algunos, claro, se mostrarían en desacuerdo, pensarían que pronto se verían invadidos por más y más salvajes, y nadie haría nada por evitarlo.
Isaniel no era así. Isaniel pensaba que aquel había sido un caso espectacular, el caso de un Pagano que había sentido envidia de la vida civilizada.
A su brutal, retorcida y monstruosa manera, pensaba Isaniel, aquel…hombre había luchado por encontrar su lugar en Järia, y quizá debía ser respetado por ello.
<No.> Se dijo la muchacha. <Respetado no. Pero sí ignorado.>
Al fin y al cabo, aquello poco tenía que ver con ella. El Pagano estaba a dos territorios de ella. Si apenas había tratado con Prayn, ¿por qué iba a ser diferente con Amíl?

Al mirarse al espejo otra vez, ya preparada para salir, se estremeció al imaginarse a sí misma en brazos de aquella criatura pagana. Se preguntaba aún cómo no se había dado cuenta: su piel morena, sus exóticos ojos, sus pupilas azules,…
Anadilde le tomó la mano y le sonrió. Ahora se daba cuenta de que esa sonrisa temblaba. ¡Qué mal debía estarlo pasando! Isaniel le devolvió un suave apretón, y juntas se dirigieron al salón de audiencias.
La habitación era inmensa, pero casi no había nadie: sólo su familia. Ni el rey, ni la reina, ni el príncipe Kaylon. Ni el Pagano. Los tronos de lo alto de la tarima estaban vacíos.
Sariel fue la primera en acercarse corriendo y abrazarla. Isaniel, confusa, le acarició la espalda, sintiendo la suavidad de su cabello castaño bajo los dedos. Luego se aproximó Arinzel, que le acarició la melena rubia.
-          Estoy bien. – Dijo la muchacha. – De verdad. Ya estoy bien.
-          No puedo creerlo. – Su hermana mayor sacudió la cabeza. – Princesa, no se lo habéis dicho, ¿verdad?
-          No, claro, yo pensé… - Musitó Anadilde.
Isaniel la miró, y volvió a sentirse confundida y preocupada.
-          ¿Qué tenías que decirme? – Preguntó.
-          Isaniel, tú…- Dijo Arinzel.
En aquel momento se abrió la puerta real, y entró el príncipe Kaylon. Al verlos, la muchacha notó que aquellos ojos verdes siempre tan decididos se velaban de dolor.
-          ¿Qué pasa? – Había preguntado lo mismo tantas veces, y nadie le contestaba.
El joven se aproximó y de pronto Isaniel se vio entre sus brazos, apretada fuerte contra su pecho esbelto. La rubia se ruborizó notablemente, y la recorrió un escalofrío de placer. Podría pasar así toda la vida.
-          Perdóname, Isaniel. – Dijo de pronto el príncipe. – No he podido hacer nada. Es más fuerte que todos nosotros juntos.
-          ¿Kaylon…?
Él le acarició el cabello, sin decir nada, y luego se apartó un poco, sólo un poco, para dejarla ver.
Tras el príncipe habían entrado el rey y la reina…y aquella bestia de piel morena. Isaniel se encogió al costado de Kaylon, intimidada. Lomârion Amíl sonrió. ¿Cómo podía haberle gustado aquella sonrisa antes? Era cruel, cargada de malicia y arrogancia.
El hombre se acercó con pasos seguros, casi elegantes. La elegancia del lobo, pensó la chica. Quiso alejarse, pero Kaylon la tomó de la cintura y no se lo permitió. Lo miró, sorprendida y temerosa, pero él no le devolvió la mirada.
Lomârion Amíl llegó hasta ella, y tomó su mano con burlona delicadeza, inclinándose como si se mofara de su honor.
-          ¿Cómo os encontráis, joven dama?
Isaniel, temblando, sacudió la cabeza y retiró la mano.
<No me toques.> Pensó con desesperación. <No te acerques a mí. Eres un asesino, un Pagano.>
El hombre amplió la sonrisa y se enderezó.
Entonces, el rey fue hacia ellos con paso solemne.
-          Isaniel Jahomír. – Pronunció, muy serio, mirándola con tanta fijeza que ella tuvo un mal presentimiento. –Debo darte una importante noticia que va a cambiar el rumbo de tu vida para siempre.
-          ¿S…Sí, Su Majestad?
El hombre, de cabello ya encanecido por los años, miró a todos los presentes hasta llegar al Pagano, que no dijo nada. Miraba fijamente a Isaniel.
Finalmente, el rey se volvió hacia la muchacha rubia, que esperaba. Respiró hondo…y pronunció su condena:
-          Lomârion Amíl ha solicitado tu mano, y le ha sido concedida. En primavera, como es costumbre, contraerás matrimonio con el Señor.

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