El Reloj de la Vida
Capítulo IX



Los labios acarician su cuello, su garganta, la línea de su mandíbula. Entre suspiros, las manos de Isaniel se aferran a los brazos, sus dedos se entrelazan con los mechones de cabello oscuro. Los labios suben a los suyos, y la besan con pasión. Ella tiembla, pero sonríe. Es tan agradable…
Vuelve a descender, besa y lame su cuello, sus hombros, delineando las finas clavículas con suavidad y dulzura. Las manos la toman de las muñecas y las apoyan en el lecho, acariciando la piel.
-          Y cuando confíes en mí… - Susurra la voz varonil en su oído.
Isaniel abre los ojos, para encontrarse con la bestia quela mira con una sonrisa cruel. De pronto, se inclina y clava sus afilados colmillos en la fina piel de su cuello, desgarrándolo. Ni siquiera puede gritar.

Abrió los ojos bruscamente y se descubrió acurrucada bajo las mantas blancas. La rodeaba el dosel plateado y abierto del lecho. Estaba sola: la habitación, grande, bien amueblada, estaba vacía, con el balcón cerrado y la puerta sólo entreabierta.
Suspiró y se permitió quedarse tendida durante un minuto. Otra pesadilla.
<No, no otra.> Pensó con amargura. <Al fin y al cabo, la pesadilla es la que estoy viviendo.>
Dio un respingo. Lomârion no estaba allí, ¿verdad? ¿Dónde se encontraría? Cuanto más lejos mejor, desde luego, pero en las dos noches pasadas que habían pasado juntos (una en el templo, otra en un hostal, de camino a su nuevo hogar) había despertado con su marido al lado. Aquella era la primera mañana en el castillo de Amíl, y, si bien sabía que se había dormido con el hombre, ahora se encontraba sola.
Se desperezó y volvió a sentarse. En esta ocasión, la puerta estaba abierta, y bajo el marco se encontraba una muchacha. Isaniel la miró. Debía tener veinticuatro u veinticinco años. Tenía el cabello azul ceniciento, los ojos de un verde intenso. Sus labios eran una fina línea dura y recta, y su piel, de aspecto suave, era morena.
La chica sufrió un escalofrío, e inmediatamente sintió miedo. La desconocida, que vestía como una criada pero tenía la expresión de una regia dama de alta cuna, debió notarlo, porque alzó una fina ceja azul.
-          No eres como esperaba. – Dijo con una voz suave pero llena de desprecio, con un acento parecido al de Lomârion.
Isaniel dio un respingo.
-          ¿P-perdón? – Musitó.
-          No sé, esperaba a una chica realmente bonita, que mereciera todo el esfuerzo, pero veo que eres pequeña y enclenque, y pareces boba.
La rubia no pudo evitar ruborizarse, avergonzada, y cubrirse mejor con la manta. Aquellos ojos se clavaban en su desnudez bajo las sábanas, y le hacían daño.
De pronto la desconocida se apartó un poco, y por la puerta entró Lomârion Amíl, vestido se forma sencilla, nada adecuada para un Señor.
-          Vaya, te has despertado. – Dijo con suavidad, sonriendo de esa forma que hizo que Isaniel sintiera un nuevo estremecimiento.
-          S…Sí.
-          Esta…- Puso una mano sobre la cabeza de la mujer. - …es Deriva. Si tienes algún problema, siempre puedes recurrir a ella, aunque se queje te ayudará en lo que sea. Vístete, ella te enseñará el castillo.
<¿Ella?> Pensó Isaniel, algo confundida.
¿Por qué no iba a mostrárselo él mismo? Era su esposo.
Se sacudió enseguida aquellos pensamientos. ¡Qué estupidez! Cuanto menos tiempo viera a ese monstruo, a ese asesino, tanto mejor. Pero aquella mujer era…era como él. Estaba segura. Así que sólo asintió con la cabeza, mostrando una dudosa conformidad; preferiría estar sola.
-          Aparta tus manazas de mi pelo. – Dijo de pronto Deriva. – Pequeñajo.
-          ¿Pequeñajo?
Lomârion rió de aquella forma clara pero profunda, y acercó los labios al oído de la mujer.
-          Bueno, eso servía cuando tenía diez años…- Replicó, lo bastante algo como para que Isaniel también lo oyera. - …Enana.
Se apartó justo a tiempo para no recibir una bofetada. Deriva resopló y se volvió hacia la rubia.
-          ¿Vas a vestirte, señora mía, o vas a pasar todo el día en la cama?
Isaniel dio un respingo, ruborizada, y se levantó. Sintió que las mejillas le ardían aún más, y se cubrió de nuevo con la sábana. Lomârion sonrió, y Deriva rodó la mirada.
-          Pues vaya esposa. – Masculló. – Esto va a darme mucho trabajo.
-          La dejo en tus manos. – Respondió el hombre, dando media vuelta y marchándose.

Deriva la vistió con un vestido sencillo pero bonito, con sobrefalda brillante y vaporosa y mangas largas y anchas, y, como Lomârion había dicho, la llevó a ver el castillo.
De los rastros de la masacre no quedaba nada, todo había sido limpiado y arreglado. Pero eso no era lo que hacía que a Isaniel se le pusiera la piel de gallina.
Era la gente, trabajando como si tal cosa. Las criadas correteando de aquí para allá con ropa por lavar, con plumeros, asegurándose de que todo estuviera limpio y perfecto; en las cocinas, las cocineras y sus pinches se esmeraban en la comida; fuera, algunos granjeros cuidaban de sus rebaños en los terrenos cercanos al castillo.
Era como si nunca hubiera habido allí una masacre. Como si su nuevo amo jamás hubiera matado al antiguo, hubiera amenazado a su esposa y los hubiera recibido (las tierras, los esclavos, los trabajadores) a cambio de no arrasar a la familia real.
<Deben fingir que todo va bien.> Pensaba a menudo Isaniel, mientras recorría las estancias de su nuevo hogar, su prisión. <Si no, los matarán. Yo también tendré que fingir. Pero a mí…a mí me matarán igualmente.>
A mediodía, Deriva la guió por los pasillos hasta un comedor menor, pequeño, íntimo. La mesa estaba puesta y el primer plato lo estaban sirviendo. Lomârion, de pie junto a la chimenea apagada, la miró y sonrió. Parecía un felino al acecho del ratoncillo.
-          ¿Qué te ha parecido el castillo? – Preguntó, apartando la silla en un ademán caballeroso cargado de mofa.
Isaniel tragó saliva y se obligó a ir hacia él.
-          Grande. – Musitó, sin atreverse a mirar a su esposo. – Aún no lo he visto todo.
-          Mañana podrás terminar.
<¿Mañana?> Pensó ella. <¿Y por qué no esta tarde?>
-          Me marcho. – Dijo Deriva.
La muchacha se volvió hacia ella, pero la mano de Lomârion en su hombro la instó a sentarse y apartar la vista.
-          De acuerdo. Gracias por cuidar de ella, Deriva.
-          Como si tuviera otro remedio.
La mujer se marchó. El Guerrero de las Tierras Lejanas rodeó la mesa y se sentó al otro lado, para sonreírle a Isaniel, que agachó la cabeza.
La comida transcurrió casi en total silencio. Lomârion no trató de hablarle, y, por supuesto, ella no abrió la boca para otra cosa que no fuera comer las cuatro cucharadas de sopa, dos pedazos de patata en salsa y un trozo de pollo. Apenas lograba tragar: sentía un nudo en la garganta, oprimiendo. El miedo, el asco y la desesperanza lo formaban.
Terminado el postre (dos piezas de fruta, las cuales Isaniel logró comer con relativa facilidad, pues eran suaves y jugosas), Lomârion volvió a levantarse. Se acercó a su esposa, tendiéndole la mano como aquel día en que la invitó a bailar.
<Qué lejano parece aquello, y que tonta era yo.> Pensó ella.
-          Acompáñame. – Dijo el hombre, casi, casi como si se lo estuviera pidiendo.
La rubia jamás se hubiera opuesto, por la cuenta que le traía, así que asintió y, sin querer hacerlo en realidad, puso su mano en la de él. Lomârion tiró de ella para ponerla en pie y, sin soltarla, la guió fuera del comedor.
Caminaron durante algunos minutos por los amplios corredores. Isaniel mantuvo la cabeza agachada en todo momento, siguiendo sus largos y enérgicos pasos como podía. Al fin, el Pagano abrió una puerta y le cedió el paso a su esposa, que entró con el corazón en un puño.
Se trataba de una sala de música. En las vitrinas y estanterías había rabeles, dulzainas, laúdes, liras, un arpa. Al fondo había un amplio ventanal que daba al bosque y al cielo siempre cubierto de nubes.
<Aquí siempre está nublado.> Pensó Isaniel con tristeza. <Dios nunca asoma su mirada aquí, ni de día ni de noche.>
-          Toca para mí.
La muchacha dio un respingo, e instintivamente se apartó. Lomârion se había puesto a su espalda, se había inclinado y le había hablado al oído. Ahora la miraba, con los ojos entrecerrados.
-          Toca para mí. – Repitió, ladeando la cabeza.
Isaniel se ruborizó y desvió la mirada. Asintió lentamente.
-          ¿Qué…? – Musitó, sin saber si formular la pregunta.
El hombre medio sonrió. Primero fue hacia un sillón de terciopelo y se sentó. Luego volvió a mirarla.
-          Lo que quieras, con el instrumento que quieras. – Dijo.
Ella sólo sabía tocar el arpa, pues su hermana Arinzel le había enseñado, de modo que fue hacia ella y se sentó en el banco. A su izquierda quedaba el ventanal, mostrando con total transparencia el triste paisaje húmedo y gris.
Isaniel respiró hondo, cerró los ojos, acarició las cuerdas. Unos segundos después, comenzó a tocar, y la melodía llenó la sala de música con su tristeza y su desesperanza.

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