El Reloj de la Vida
Capítulo X



Pasaron los días y cayó una pesada rutina. A ratos escribía cartas a Anadilde, pero eran cartas huecas, pues no había nada que contar.
Al principio, por la mañana Deriva iba a buscarla, la ayudaba a vestirse y la llevaba a ver el castillo y sus alrededores. Finalmente Isaniel aprendió a orientarse en aquella mole de piedra y madera, y la mujer dejó que paseara sola si era su deseo.
A mediodía, sin falta, alguien la encontraba y la llevaba al pequeño comedor, donde Lomârion la esperaba. Poco a poco, Isaniel logró deshacer el nudo de su garganta y comenzó a comer como siempre había hecho.
Después, su esposo tomaba su mano y la llevaba a la sala de música. Se sentaba en el sillón, cerrando los ojos, y la escuchaba tocar durante horas, sin pausa. Y ella tocaba, descubriendo que así se sentía mejor; por un rato, las melodías que formaban sus dedos con las cuerdas la llevaban lejos de allí, a su verdadero hogar, con su familia. Con las canciones soñaba que Kaylon cabalgaba hacia ella para llevársela de allí, que luchaba contra Lomârion Amíl y, por fin, le daba muerte.
Cuando ya las lámparas de aceite debían encenderse para ver en los pasillos, su esposo la sacaba de sus fantasías poniéndole una mano grande y fuerte en el hombro. Ella, temblando, paraba de tocar, y él le susurraba al oído que era hora de cenar. La guiaba hasta otro salón, donde cenaban a la luz de las velas.
Después la llevaba a la biblioteca, y leían un poco. De nuevo ella podía alejarse de allí: podía visitar mundos increíbles, podía ver los milagros de su dios, podía creer en el amor.
A medianoche él volvía a llamar su atención. Esta vez, con suavidad le quitaba el libro de las manos, se inclinaba y la besaba en los labios, muy lento, y ella se estremecía siempre. Lomârion la tomaba en brazos, como si acabaran de contraer matrimonio, y la llevaba al lecho que compartían. Y allí la colmaba de nuevo de sus atenciones maritales: la besaba, la acariciaba y la tocaba.
Pero nunca llegó a penetrarla.

Aquella mañana se despertó tarde. Se permitió holgazanear en su lecho durante un rato, acurrucada bajo las blancas mantas arrugadas. Al cabo de un rato se sentó y pasó los dedos por su cabellera fina y lisa. Luego miró atrás, a la puerta, pero estaba bien cerrada. La luz del día entraba por entre las cortinas, mortecina; fuera lloviznaba de forma molesta.
Se levantó, y al hacerlo vio su reflejo en el espejo grande junto al tocador. Estaba desnuda, dado que las manos de su esposo le habían quitado la ropa por la noche con su engañosa suavidad.
Vio la marca rojiza en su hombro, y desvió la mirada.
<Me ha marcado, como si fuera de su…propiedad.> Pensó con rabia.
Recordaba los labios de Lomârion presionando su piel. Recordaba haberlo sentido temblar sobre ella antes de besarla en los labios una última vez, sonreír de aquella forma, igual a un felino, y tenderse a su lado abrazándola fuerte.
También recordaba haber sentido la dureza contra sus muslos, y haberse sentido secretamente orgullosa de haber provocado aquella reacción.
<Para tener un hijo conmigo tengo que excitarle un poco, eso desde luego.> Pensó, tratando de restarle importancia a un logro tan poco decoroso.
Suspiró y se vistió con una sencilla túnica azul. Se había empezado a acostumbrar a aquellas cosas, la forma tan sencilla de vestir, la libertad de hacer lo que quisiera todas las mañanas, el tocar todas las tardes y leer por la noche, antes de…
Pasó el delicado cepillo por su rubia cabellera, sólo por costumbre. Era un objeto muy bonito: de madera con filigranas de oro y plata entrelazadas en el mango.
<Debió pertenecer a la señora Prayn.> Pensó.
¿Qué habría sido de ella? Se marchó con dos de sus hijas al palacio, pero, al parecer, había desaparecido de aquella historia en cuanto transmitió su mensaje. En el peor de los casos, Lomârion la habría matado.
<No será tan bárbaro de matar a una mujer indefensa y a sus hijas pequeñas.>
Pero claro que lo era. Qué tonterías pensaba. Era un Pagano. Todos los Venidos de las Tierras Lejanas eran unos bárbaros, era bien sabido: violaban a las mujeres, se vestían con las pieles sanguinolentas de los animales que cazaban, llevaban a cabo rituales para levantar a los muertos, encender la lujuria en las noches de luna nueva y matar a sus enemigos sin atreverse a dar la cara. Todos eran salvajes sin escrúpulos en contra de la civilización y la paz.
Aunque…
Isaniel movió un poco la cabeza y se miró de nuevo en el espejo, pero, en realidad, no se veía.
…Pese a todo, Lomârion no parecía ni salvaje ni bárbaro. Nunca le había hecho daño, es más, la había tratado con cortesía y mucho cuidado. Como si poco a poco pretendiera hacerse un lugar en el corazón de su esposa.
<¡Claro que lo pretende!> Se rebeló la voz de la desconfianza y el odio. <¡Quiere causarme todo el dolor posible! ¿Qué mejor forma que hacer que lo ame y luego traicionarme?>
La muchacha sacudió la cabeza.
<No voy a creerle.> Pensó, repitiendo la letanía que la mantenía cuerda y segura. <No voy a creerle, no creeré en sus mentiras, en sus falsedades, en sus engaños, es un pagano. No voy a creerle, no voy a creerle, no voy a creerle…>
Pasó un minuto así, con los ojos cerrados, recitando para sí esas palabras en un intento por apartar la remota posibilidad de que quizá, sólo quizá, Lomârion Amíl no fuera en realidad malvado.
<Es un Pagano.> Se obligó a pensar. <Amenazó al príncipe con matar a toda su familia, después de aplastar la resistencia del Señor Prayn. Me tomó por esposa sin importar mis sentimientos, y ahora…ahora…>
Ahora nada, en realidad. Pero sólo esperaba el momento adecuado.
<¡Quién sabe qué condiciones cree que deben cumplirse para que en mi vientre conciba la aberración que él espera!>
Dio la vuelta y salió de la habitación.
Chocó con alguien, y ambos cayeron al suelo. Ambas, en realidad: al mirar, dolorida, Isaniel vio a una chica de unos trece años sentada que la miraba con expresión perpleja. Vestía una túnica rosada de seda.
-          ¿Os habéis hecho daño? – Preguntó la rubia, levantándose.
-          Vos debéis ser la Señora. – Comentó la muchacha, poniéndose también en pie pero sin dejar de mirarla fijamente con los ojos muy abiertos.
Isaniel se tocó el pelo con nerviosismo, como siempre que se aludía a su nuevo y no deseado título.
-          Así es. – Dijo en voz baja. - ¿Y vos sois…?
-          Mi nombre es Länia. Soy una de las protegidas del Señor.
-          ¿Pro…tegida?
-          Claro, Señora. Ya me parecía a mí extraño que aún no hubierais venido a vernos. El Señor debió olvidar hablaros de nosotras.
La rubia, sin comprender, dejó que la muchacha le tomara la mano con total confianza y echara a andar. Sus pasos eran enérgicos, algo varoniles; sin duda, no había sido educada como a una noble, lo cual significaba que era una plebeya. Pero su túnica era de la más fina seda, y estaba aseada, con el cabello castaño limpio y perfumado. Y hablaba de ser la “protegida” de Lomârion…
<Esto no tiene sentido.> Pensó la muchacha.
Länia la llevó a una puerta cercana a la sala de música. La abrió y entró. Isaniel la siguió.
Se trataba de un salón muy grande donde parecían haberse condensado varias estancias: había una mesa del té, un tocador, sofás y sillones, cojines por el suelo, un inmenso ventanal, una pequeña cama sencilla y una mesa grande para las comidas.
Sobre los almohadones había una muchacha de la edad de Länia. Ésta, no obstante, tenía el cabello negro y liso cortado por media espalda, los ojos de un claro color marrón-grisáceo, y vestía con un recargado vestido de color verde lima con piedras corrientes de colores que hacían la función de esmeraldas, rubíes y zafiros.
La desconocida sonrió ampliamente de una forma que la hacía parecer mucho más aniñada de lo que era.
-          ¡Läääänia! – Exclamó.
-          ¿No está el Señor? – Preguntó la castaña, sin soltar la mano de Isaniel.
-          Noooo, se ha ido hace nada.
-          Qué lástima. – Se volvió hacia la rubia. – Esta es Dofne, la otra protegida del Señor.
Isaniel dio un respingo y miró a la muchacha de cabellera negra, que se levantó y se retorció las manos de una forma muy poco normal.
-          ¿Dofne? – Musitó, atónita, sintiendo la boca seca de la impresión. - ¿Dofne Prayn?
De pronto, ambas se volvieron hacia ella a la vez. La rubia se sintió intimidada. Länia tenía unos ojos grandes y redondos que la miraban con una fijeza estremecedora, y Dofne…bueno, Dofne parecía asustada pero también curiosa.
-          ¿Conoces a padre? – Preguntó con suma cautela en su voz, muy suave, pero algo lenta de vocalización.
-          No. – Se apresuró a decir Isaniel. – Nunca conocí al Señor Prayn, pero…Oh, Dofne, ¿cómo estás?
Se apresuró a acercarse y tomar sus manos en actitud cariñosa. Aquella pobre chiquilla era retrasada, todos lo sabían. Que viviera era un capricho concedido a su madre, que no quería que su primogénita fuera sacrificada. Y había sido la rehén de Lomârion.
Dofne la miró con curiosidad y entonces rió de una forma entrecortada, como un gorgoteo de bebé.
-          ¡Estoy muy bien! – Exclamó. – Lomârion es muy bueno con nosotras.
<No debe saber lo que dice.> Pensó Isaniel. <O quizá no se atreve a contarme la verdad.>
-          Länia, ven aquí. – Pidió.
La otra enarcó aún más sus ya de por sí alzadas cejas y se aproximó. La rubia tomó una mano a cada uno y las miró alternativamente.
-          Podéis confiar en mí. – Dijo con toda seguridad. – No se lo diré a nadie. Decidme, ¿qué os hace?
-          ¿Quién? – Preguntó Länia en un tono muy poco respetuoso.
-          Lomârion, por supuesto.
-          ¿Qué nos hace?
-          Sí. No os preocupéis, decidme la verdad.
Se miraron entre ellas con similares expresiones confundidas. Luego Dofne sonrió. Se soltó de Isaniel y se alejó dando vueltas como una peonza.
-          ¡A menudo le enseño a bailar! – Exclamó, para luego reír de aquella forma infantil otra vez.
La rubia dio un respingo y la observó girar y girar hasta que la muchacha cayó de lado sobre los cojines.
-          ¿A bailar? – Quiso asegurarse.
-          El Señor es muy torpe para los bailes de la nobleza. – Explicó Länia, comenzando a reorganizar almohadones por todos lados. – Así que Dofne le enseña.
-          Pero…No, no me estoy refiriendo a eso, niñas. ¿Qué os hace a vosotras?
Volvieron a mirarla. Enseguida, no obstante, la castaña volvió a su superflua tarea, pero la morena se levantó y se sacudió la falda como si se quitara el polvo. Luego sonrió, poniéndose las manos en las mejillas.
-          Pueeees a veces nos ayuda a vestirnos. – Dijo.
<Lo que me temía.> Pensó Isaniel.
-          Me consigue piedras preciosas para los vestidos. ¡Mira, mira! ¿No son bonitas? – Dio más vueltas, pero se paró cuando terminó la tercera, inclinándose y mirando a Isaniel.
-          Son preciosas. Dofne…
-          Toma el desayuno con nosotras todas las mañanas, sin falta, y jugamos durante horas. A veces al escondite, ¡pero es muy bueno encontrándonos! Otras a correr, ¡pero es tan rápido…! Cuando me coge yo intento escaparme, pero es muy fuerte y me aprieta contra él y no puedo soltarme, y se ríe en mi oído y me dice “ya te tengo”.
Dofne gorjeó, como si el recuerdo la divirtiera.
<Es una máscara.> Pensó Isaniel, desesperada. <Dios mío, ¿qué debe hacerles a estas pobres niñas?>
Miró a Länia, que seguía con los cojines aquí y allá.
-          ¿Y tú, Länia? – Preguntó. - ¿Juegas también?
-          Sí, siempre. – Respondió, enderezándose y mirándola como si estuviera preguntando una tontería.
-          ¡Y después, después de jugar mucho nos damos un baño todos juntos! – Exclamó Dofne, dando palmas.
De nuevo Isaniel le prestó su entera atención, alarmada.
-          ¿Os bañáis con él?
-          Bueno, en realidad él  se baña después de nosotras.
El alivio que sintió la rubia fue sólo momentáneo:
-          Nos ayuda a quitarnos la ropa y luego nos frota la espalda y nos enjabona bien el pelo, y después jugamos un poco y nos salpica. Después nos ayuda a vestirnos otra vez con ropa bien limpita, y nos trae aquí otra vez y nos cuenta preciosas historias de su tierra.
-          Ayer hablaba de más lejos aún. – Comentó Länia.
-          ¡Sí, sí! Nos habló de las montañas donde hay gente muy rara. ¡Viven en cuevas! ¿Puedes creerlo?
-          Esperad, esperad, retroceded. – Pidió Isaniel. – Él…¿Os ayuda a bañaros?
-          Sí. – Dofne la miró con las cejas alzadas. – Nos ayuda a quitarnos la ropa y luego nos frota la espalda y nos enj…
-          Oh, niñas.
La rubia, sin poderlo evitar, abrazó a la muchacha, que ladeó la cabeza sin entender.

Era obvio lo que sucedía. Aprovechando el retraso mental de Dofne, Lomârion Amíl abusaba de ella. No podía entender por qué Länia también se dejaba; probablemente tenía miedo de pronunciar una sola queja.
Estaba todo claro. Aquel hombre despreciable siempre había sido y siempre sería un salvaje y un bárbaro. Abusar de niñas…¡y una de ellas retrasada! Era inhumano. Ni siquiera incivilizado, sencillamente inhumano. Nunca hubiera pensado que los Paganos, más bestias que hombres, fueran capaces de tamaña atrocidad.
Esas pobres niñas, encerradas en las garras de aquel monstruo…¿Pero qué podía hacer Isaniel? Si decía algo seguro que Lomârion sabría que habían hablado con ella (cosa que no debía querer en absoluto), y las castigaría cruelmente. Pero si callaba…Continuarían en aquella situación precaria, esperando las mañanas en que él vendría a abusar de la cándida inocencia de esas chiquillas.

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