Pasaron los
días y cayó una pesada rutina. A ratos escribía cartas a Anadilde, pero eran
cartas huecas, pues no había nada que contar.
Al
principio, por la mañana Deriva iba a buscarla, la ayudaba a vestirse y la
llevaba a ver el castillo y sus alrededores. Finalmente Isaniel aprendió a
orientarse en aquella mole de piedra y madera, y la mujer dejó que paseara sola
si era su deseo.
A mediodía,
sin falta, alguien la encontraba y la llevaba al pequeño comedor, donde
Lomârion la esperaba. Poco a poco, Isaniel logró deshacer el nudo de su
garganta y comenzó a comer como siempre había hecho.
Después, su
esposo tomaba su mano y la llevaba a la sala de música. Se sentaba en el
sillón, cerrando los ojos, y la escuchaba tocar durante horas, sin pausa. Y
ella tocaba, descubriendo que así se sentía mejor; por un rato, las melodías
que formaban sus dedos con las cuerdas la llevaban lejos de allí, a su
verdadero hogar, con su familia. Con las canciones soñaba que Kaylon cabalgaba
hacia ella para llevársela de allí, que luchaba contra Lomârion Amíl y, por
fin, le daba muerte.
Cuando ya
las lámparas de aceite debían encenderse para ver en los pasillos, su esposo la
sacaba de sus fantasías poniéndole una mano grande y fuerte en el hombro. Ella,
temblando, paraba de tocar, y él le susurraba al oído que era hora de cenar. La
guiaba hasta otro salón, donde cenaban a la luz de las velas.
Después la
llevaba a la biblioteca, y leían un poco. De nuevo ella podía alejarse de allí:
podía visitar mundos increíbles, podía ver los milagros de su dios, podía creer
en el amor.
A
medianoche él volvía a llamar su atención. Esta vez, con suavidad le quitaba el
libro de las manos, se inclinaba y la besaba en los labios, muy lento, y ella
se estremecía siempre. Lomârion la tomaba en brazos, como si acabaran de
contraer matrimonio, y la llevaba al lecho que compartían. Y allí la colmaba de
nuevo de sus atenciones maritales: la besaba, la acariciaba y la tocaba.
Pero nunca
llegó a penetrarla.
Aquella
mañana se despertó tarde. Se permitió holgazanear en su lecho durante un rato,
acurrucada bajo las blancas mantas arrugadas. Al cabo de un rato se sentó y
pasó los dedos por su cabellera fina y lisa. Luego miró atrás, a la puerta,
pero estaba bien cerrada. La luz del día entraba por entre las cortinas,
mortecina; fuera lloviznaba de forma molesta.
Se levantó,
y al hacerlo vio su reflejo en el espejo grande junto al tocador. Estaba
desnuda, dado que las manos de su esposo le habían quitado la ropa por la noche
con su engañosa suavidad.
Vio la
marca rojiza en su hombro, y desvió la mirada.
<Me ha
marcado, como si fuera de su…propiedad.> Pensó con rabia.
Recordaba
los labios de Lomârion presionando su piel. Recordaba haberlo sentido temblar
sobre ella antes de besarla en los labios una última vez, sonreír de aquella
forma, igual a un felino, y tenderse a su lado abrazándola fuerte.
También
recordaba haber sentido la dureza contra sus muslos, y haberse sentido
secretamente orgullosa de haber provocado aquella reacción.
<Para
tener un hijo conmigo tengo que excitarle un poco, eso desde luego.> Pensó,
tratando de restarle importancia a un logro tan poco decoroso.
Suspiró y
se vistió con una sencilla túnica azul. Se había empezado a acostumbrar a
aquellas cosas, la forma tan sencilla de vestir, la libertad de hacer lo que
quisiera todas las mañanas, el tocar todas las tardes y leer por la noche, antes
de…
Pasó el
delicado cepillo por su rubia cabellera, sólo por costumbre. Era un objeto muy
bonito: de madera con filigranas de oro y plata entrelazadas en el mango.
<Debió
pertenecer a la señora Prayn.> Pensó.
¿Qué habría
sido de ella? Se marchó con dos de sus hijas al palacio, pero, al parecer,
había desaparecido de aquella historia en cuanto transmitió su mensaje. En el
peor de los casos, Lomârion la habría matado.
<No será
tan bárbaro de matar a una mujer indefensa y a sus hijas pequeñas.>
Pero claro
que lo era. Qué tonterías pensaba. Era un Pagano. Todos los Venidos de las
Tierras Lejanas eran unos bárbaros, era bien sabido: violaban a las mujeres, se
vestían con las pieles sanguinolentas de los animales que cazaban, llevaban a
cabo rituales para levantar a los muertos, encender la lujuria en las noches de
luna nueva y matar a sus enemigos sin atreverse a dar la cara. Todos eran
salvajes sin escrúpulos en contra de la civilización y la paz.
Aunque…
Isaniel
movió un poco la cabeza y se miró de nuevo en el espejo, pero, en realidad, no
se veía.
…Pese a
todo, Lomârion no parecía ni salvaje ni bárbaro. Nunca le había hecho daño, es
más, la había tratado con cortesía y mucho cuidado. Como si poco a poco
pretendiera hacerse un lugar en el corazón de su esposa.
<¡Claro
que lo pretende!> Se rebeló la voz de la desconfianza y el odio. <¡Quiere
causarme todo el dolor posible! ¿Qué mejor forma que hacer que lo ame y luego
traicionarme?>
La muchacha
sacudió la cabeza.
<No voy
a creerle.> Pensó, repitiendo la letanía que la mantenía cuerda y segura.
<No voy a creerle, no creeré en sus mentiras, en sus falsedades, en sus
engaños, es un pagano. No voy a creerle, no voy a creerle, no voy a
creerle…>
Pasó un
minuto así, con los ojos cerrados, recitando para sí esas palabras en un
intento por apartar la remota posibilidad de que quizá, sólo quizá, Lomârion
Amíl no fuera en realidad malvado.
<Es un
Pagano.> Se obligó a pensar. <Amenazó al príncipe con matar a toda su
familia, después de aplastar la resistencia del Señor Prayn. Me tomó por esposa
sin importar mis sentimientos, y ahora…ahora…>
Ahora nada,
en realidad. Pero sólo esperaba el momento adecuado.
<¡Quién
sabe qué condiciones cree que deben cumplirse para que en mi vientre conciba la
aberración que él espera!>
Dio la vuelta
y salió de la habitación.
Chocó con
alguien, y ambos cayeron al suelo. Ambas, en realidad: al mirar, dolorida,
Isaniel vio a una chica de unos trece años sentada que la miraba con expresión
perpleja. Vestía una túnica rosada de seda.
-
¿Os habéis hecho daño? – Preguntó la rubia,
levantándose.
-
Vos debéis ser la Señora. – Comentó la muchacha,
poniéndose también en pie pero sin dejar de mirarla fijamente con los ojos muy
abiertos.
Isaniel se
tocó el pelo con nerviosismo, como siempre que se aludía a su nuevo y no
deseado título.
-
Así es. – Dijo en voz baja. - ¿Y vos sois…?
-
Mi nombre es Länia. Soy una de las protegidas del
Señor.
-
¿Pro…tegida?
-
Claro, Señora. Ya me parecía a mí extraño que aún
no hubierais venido a vernos. El Señor debió olvidar hablaros de nosotras.
La rubia,
sin comprender, dejó que la muchacha le tomara la mano con total confianza y
echara a andar. Sus pasos eran enérgicos, algo varoniles; sin duda, no había
sido educada como a una noble, lo cual significaba que era una plebeya. Pero su
túnica era de la más fina seda, y estaba aseada, con el cabello castaño limpio
y perfumado. Y hablaba de ser la “protegida” de Lomârion…
<Esto no
tiene sentido.> Pensó la muchacha.
Länia la
llevó a una puerta cercana a la sala de música. La abrió y entró. Isaniel la
siguió.
Se trataba
de un salón muy grande donde parecían haberse condensado varias estancias:
había una mesa del té, un tocador, sofás y sillones, cojines por el suelo, un
inmenso ventanal, una pequeña cama sencilla y una mesa grande para las comidas.
Sobre los
almohadones había una muchacha de la edad de Länia. Ésta, no obstante, tenía el
cabello negro y liso cortado por media espalda, los ojos de un claro color
marrón-grisáceo, y vestía con un recargado vestido de color verde lima con
piedras corrientes de colores que hacían la función de esmeraldas, rubíes y
zafiros.
La
desconocida sonrió ampliamente de una forma que la hacía parecer mucho más
aniñada de lo que era.
-
¡Läääänia! – Exclamó.
-
¿No está el Señor? – Preguntó la castaña, sin
soltar la mano de Isaniel.
-
Noooo, se ha ido hace nada.
-
Qué lástima. – Se volvió hacia la rubia. – Esta
es Dofne, la otra protegida del Señor.
Isaniel dio
un respingo y miró a la muchacha de cabellera negra, que se levantó y se
retorció las manos de una forma muy poco normal.
-
¿Dofne? – Musitó, atónita, sintiendo la boca seca
de la impresión. - ¿Dofne Prayn?
De pronto,
ambas se volvieron hacia ella a la vez. La rubia se sintió intimidada. Länia
tenía unos ojos grandes y redondos que la miraban con una fijeza estremecedora,
y Dofne…bueno, Dofne parecía asustada pero también curiosa.
-
¿Conoces a padre? – Preguntó con suma cautela en
su voz, muy suave, pero algo lenta de vocalización.
-
No. – Se apresuró a decir Isaniel. – Nunca conocí
al Señor Prayn, pero…Oh, Dofne, ¿cómo estás?
Se apresuró
a acercarse y tomar sus manos en actitud cariñosa. Aquella pobre chiquilla era
retrasada, todos lo sabían. Que viviera era un capricho concedido a su madre,
que no quería que su primogénita fuera sacrificada. Y había sido la rehén de
Lomârion.
Dofne la
miró con curiosidad y entonces rió de una forma entrecortada, como un gorgoteo
de bebé.
-
¡Estoy muy bien! – Exclamó. – Lomârion es muy
bueno con nosotras.
<No debe
saber lo que dice.> Pensó Isaniel. <O quizá no se atreve a contarme la
verdad.>
-
Länia, ven aquí. – Pidió.
La otra
enarcó aún más sus ya de por sí alzadas cejas y se aproximó. La rubia tomó una
mano a cada uno y las miró alternativamente.
-
Podéis confiar en mí. – Dijo con toda seguridad.
– No se lo diré a nadie. Decidme, ¿qué os hace?
-
¿Quién? – Preguntó Länia en un tono muy poco
respetuoso.
-
Lomârion, por supuesto.
-
¿Qué nos hace?
-
Sí. No os preocupéis, decidme la verdad.
Se miraron
entre ellas con similares expresiones confundidas. Luego Dofne sonrió. Se soltó
de Isaniel y se alejó dando vueltas como una peonza.
-
¡A menudo le enseño a bailar! – Exclamó, para
luego reír de aquella forma infantil otra vez.
La rubia
dio un respingo y la observó girar y girar hasta que la muchacha cayó de lado
sobre los cojines.
-
¿A bailar? – Quiso asegurarse.
-
El Señor es muy torpe para los bailes de la
nobleza. – Explicó Länia, comenzando a reorganizar almohadones por todos lados.
– Así que Dofne le enseña.
-
Pero…No, no me estoy refiriendo a eso, niñas.
¿Qué os hace a vosotras?
Volvieron a
mirarla. Enseguida, no obstante, la castaña volvió a su superflua tarea, pero
la morena se levantó y se sacudió la falda como si se quitara el polvo. Luego
sonrió, poniéndose las manos en las mejillas.
-
Pueeees a veces nos ayuda a vestirnos. – Dijo.
<Lo que
me temía.> Pensó Isaniel.
-
Me consigue piedras preciosas para los vestidos.
¡Mira, mira! ¿No son bonitas? – Dio más vueltas, pero se paró cuando terminó la
tercera, inclinándose y mirando a Isaniel.
-
Son preciosas. Dofne…
-
Toma el desayuno con nosotras todas las mañanas,
sin falta, y jugamos durante horas. A veces al escondite, ¡pero es muy bueno
encontrándonos! Otras a correr, ¡pero es tan rápido…! Cuando me coge yo intento
escaparme, pero es muy fuerte y me aprieta contra él y no puedo soltarme, y se
ríe en mi oído y me dice “ya te tengo”.
Dofne
gorjeó, como si el recuerdo la divirtiera.
<Es una
máscara.> Pensó Isaniel, desesperada. <Dios mío, ¿qué debe hacerles a
estas pobres niñas?>
Miró a
Länia, que seguía con los cojines aquí y allá.
-
¿Y tú, Länia? – Preguntó. - ¿Juegas también?
-
Sí, siempre. – Respondió, enderezándose y
mirándola como si estuviera preguntando una tontería.
-
¡Y después, después de jugar mucho nos damos un
baño todos juntos! – Exclamó Dofne, dando palmas.
De nuevo
Isaniel le prestó su entera atención, alarmada.
-
¿Os bañáis con él?
-
Bueno, en realidad él se baña después de nosotras.
El alivio
que sintió la rubia fue sólo momentáneo:
-
Nos ayuda a quitarnos la ropa y luego nos frota
la espalda y nos enjabona bien el pelo, y después jugamos un poco y nos
salpica. Después nos ayuda a vestirnos otra vez con ropa bien limpita, y nos
trae aquí otra vez y nos cuenta preciosas historias de su tierra.
-
Ayer hablaba de más lejos aún. – Comentó Länia.
-
¡Sí, sí! Nos habló de las montañas donde hay
gente muy rara. ¡Viven en cuevas! ¿Puedes creerlo?
-
Esperad, esperad, retroceded. – Pidió Isaniel. –
Él…¿Os ayuda a bañaros?
-
Sí. – Dofne la miró con las cejas alzadas. – Nos
ayuda a quitarnos la ropa y luego nos frota la espalda y nos enj…
-
Oh, niñas.
La rubia,
sin poderlo evitar, abrazó a la muchacha, que ladeó la cabeza sin entender.
Era obvio
lo que sucedía. Aprovechando el retraso mental de Dofne, Lomârion Amíl abusaba
de ella. No podía entender por qué Länia también se dejaba; probablemente tenía
miedo de pronunciar una sola queja.
Estaba todo
claro. Aquel hombre despreciable siempre había sido y siempre sería un salvaje
y un bárbaro. Abusar de niñas…¡y una de ellas retrasada! Era inhumano. Ni
siquiera incivilizado, sencillamente inhumano. Nunca hubiera pensado que los
Paganos, más bestias que hombres, fueran capaces de tamaña atrocidad.
Esas pobres
niñas, encerradas en las garras de aquel monstruo…¿Pero qué podía hacer
Isaniel? Si decía algo seguro que Lomârion sabría que habían hablado con ella
(cosa que no debía querer en absoluto), y las castigaría cruelmente. Pero si
callaba…Continuarían en aquella situación precaria, esperando las mañanas en
que él vendría a abusar de la cándida inocencia de esas chiquillas.
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