Siempre
había soñado con vestir aquel complejo y precioso vestido blanco. El vestido de
una novia a punto de casarse, el de larga cola, el de capa vaporosa y mangas
anchas.
Pero, de
pie frente a aquel espejo de delicado acabado, Isaniel hubiera preferido llevar
los harapos de una pordiosera, porque de lo contrario significaba que esa
tarde, a la luz rojiza del anochecer, iba a contraer matrimonio con el hombre
más horrible que pudiera imaginar.
Anadilde le
puso sobre la frente la tiara plateada, delgada, adornada con lágrimas de
zafiro. Por detrás llevaba atado el velo vaporoso que llegaba hasta el suelo.
La princesa
suspiró.
-
Estás muy guapa. – Dijo a media voz.
<Preferiría
estar fea.> Pensó Isaniel, abatida. <Aunque dudo que importara. El Pagano
no me quiere por esposa por ser bonita o no. Él sólo quiere que le dé al
engendro que tanto ansía.>
Había
pasado otoño e invierno soñando muy a menudo con aquel hombre, con su
brutalidad. Le había hecho todo lo imaginable: la había maltratado, la había
torturado, violado, asesinado de mil formas distintas. Le había arrancado al
monstruo de las entrañas, y después, cuando ya no le era útil, si no la había
asesinado la había encerrado en lo alto de una torre para que viera cómo su
hijo crecía para matar a Kaylon y Anadilde y convertirse así en un rey tirano.
Isaniel no
podía soportar la idea, pero era lo único que tenía sentido. Quizá alguno de
los brujos paganos le había dicho que ella era la única que podría darle el
hijo sano y perfecto que dominaría toda Järia. Porque, si no, ¿por qué
molestarse en asesinar a docenas de personas, someter todo un territorio y
casarse con una muchacha que no destacaba sobre las demás?
¿Por qué
yo? Eso se había preguntado miles de veces en aquellos meses, temiendo dormir
por no verlo, deseando que el día no llegara.
Pero el día
llegó, y allí estaba ella, en la habitación de la novia, en el santuario,
preparándose para contraer matrimonio con aquella bestia.
-
Quizá no sea tan malo. – Comentó Anadilde,
tratando de animarla.
-
No. – Respondió Isaniel. – Será peor. Pero no
importa, ¿verdad? Hay que resignarse. El rey le entregó mi mano y debo
aceptarlo.
<El rey
me convirtió en un sacrificio.> Pensó con amargura.
Y, con
todo, no podía odiarlo, porque lo hizo por su gente. Por su familia. Si le
hubiera negado la mano de Isaniel, tal vez el Guerrero de Tierras Lejanas
habría montado en cólera y habría matado a Kaylon y Anadilde y a la reina.
La joven
miró a su amiga, y se estremeció al pensarla muerta. Ella, creyendo que tenía
miedo, avanzó y la abrazó.
-
Estaré siempre a un pájaro de distancia. – Le
susurró. – Siempre puedes escribirme.
<Si él
me lo permite, quieres decir.>
-
¿Sabes? No quería decírtelo antes de tiempo, pero
creo que lo haré. – Comentó Anadilde cuando se apartaron. – Mi regalo para ti
es una hembra de eharin.
-
¡No lo dices en serio!
-
¡Claro que sí! Yo misma la crié, y la he
adiestrado como ave mensajera, así que podrás enviármela cuando quieras.
Isaniel
sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Las eharin eran unas aves
preciosas de plumaje blanco como la nieve y porte noble. La familia real las
había criado durante generaciones, especialmente las princesas, que cuidaban de
aquellos majestuosos pájaros con mimo y cariño. Al ser aves sin predadores
naturales, eran las mejores mensajeras, y las más rápidas.
-
Oh, Anadilde…
La rubia la
abrazó, y su amiga, con una sonrisa, la correspondió.
-
Ya la verás, es la eharin más bonita que hayas
visto nunca. – Dijo la princesa, orgullosa. – Está muy bien educada, y es de
las más veloces.
-
No sé cómo agradecértelo.
-
No hay nada que agradecer. Así mantendremos el
contacto, ¿verdad?
Isaniel
asintió. Luego, Anadilde tuvo que marcharse: era costumbre que la novia se
quedara sola una hora antes de la boda, para serenarse.
La joven
suspiró y se volvió a mirar al espejo. El cinturón plateado también tenía lágrimas
de zafiro. Como las que lloraba su corazón al verse en aquel cruel destino.
Se apartó
del espejo, deseando poderse apartar también de aquella noche fatídica, y fue
hacia el balcón abierto. Fuera el aire era limpio, pero entraba por su garganta
quemándola por dentro.
<Quiero
escapar de esto.> Pensó. <No puedo casarme con ese…ser.>
Pero detrás
del santuario podía oír, desde aquella altura, los preparativos: los músicos
ensayaban, las tres cocineras terminaban de preparar las comidas, las floristas
y los jardineros arreglaban los adornos. Todos querían que fuera un evento
perfecto, menos la novia, que sólo quería que todo se arruinara.
Miró abajo,
inclinándose un poco sobre la balaustrada. Su habitación estaba muy alta, pues
era una de las tres torres del santuario. En otra estaba Lomârion Amíl,
preparándose para tomarla en matrimonio. La tercera era la habitación marital,
donde esa misma noche el Pagano la llevaría para poseerla.
Gimió ante
la perspectiva, cubriéndose el rostro con las manos. Todos sus sueños, sus
deseos y sus esperanzas habían desaparecido. Siempre había querido casarse con
Kaylon, ser su princesa, su esposa y su reina, estar siempre con Anadilde en
palacio, tener herederos al trono y criarlos en rectitud y honor. Ahora esto
jamás sucedería. Si daba a luz a una criatura, sería el vástago de las Tierras
Paganas, y sólo crecería para dominar toda Järia.
O quizá
sólo estaba tan asustada por sus pesadillas que eso era lo que pensaba. Al fin
y al cabo, le había contado a Arinzel sus sueños, pero ella había dicho que era
todo producto del miedo.
No será tan
malo. Todos le decían lo mismo, pero ninguno de ellos se encontraba en su
situación. Ni sus hermanas, ni Anadilde, ni nadie iba a casarse con el Pagano,
sólo ella, la menos llamativa de la familia Jahomír, la soñadora, distraída y
poco útil Isaniel.
-
Dios. – Musitó, y se sintió la voz rota. - ¿Por
qué yo?
Ya no pudo
soportarlo más, la tensión, la desesperación, la angustia, y dejó que
finalmente todos los sentimientos contenidos la sacudieran en dolorosas
oleadas. Se aferró a la balaustrada, con las mejillas llenas de lágrimas, y
sollozó. Le temblaban las rodillas. Sólo quería que parara, quería detener toda
aquella locura, quería huir, escapar de la tortura, de la prisión y su
carcelero, quería desaparecer.
Abrió los
ojos, y vio la solución frente a sí. Ni siquiera lo pensó. Se subió al
antepecho del balcón y, sin más, saltó al vacío.
Sólo
entonces se le ocurrió pensar que aquello no iba a ayudarla a escapar…así, iba
a morir. Y nunca podría volver a ver a su familia ni a sus amigos.
Pero ya era
tarde. El viento la azotaba con fuerza, e Isaniel caía de forma irrefrenable
hacia el frío suelo que le daría muerte.
<Qué
tonta soy.> Fue lo último que pensó…
Antes de
chocar contra algo cálido que la rodeó. Se oyó un golpe, un gemido, y luego
nada. Ni siquiera dolor.
La rubia
parpadeó, confundida. Frente a sus ojos había ropa blanca. ¿Suya? No, no era la
tela vaporosa de su vestido. Se enderezó con dificultad…
Lomârion
Amíl se llevó una mano a la cabeza y se irguió sobre un codo. Estaba echado en
el suelo, e Isaniel había caído sobre él.
La rubia se
quedó blanca, y ni siquiera pudo tragar saliva. El hombre la miró, tocándose el
cabello azul oscuro, casi negro, y sonrió de aquella forma que le provocaba escalofríos.
Al apartar las manos de su cabeza, la muchacha vio que tenía sangre en los
dedos.
La apartó
de sí, se puso en pie y la tomó del brazo hasta levantarla.
-
Ten cuidado. – Dijo con su extraño acento en la
voz profunda. – Si te asomas tanto a las balaustradas, puedes caerte, y no
siempre podré estar ahí para recogerte.
Isaniel
musitó algo que ni ella misma entendió, mirando a otro lado, temblando.
Esperaba algo…más, pero todo lo que hizo su prometido fue dar media vuelta y
marcharse de camino a su torre.
Al mirarlo,
vio que un rastro de sangre bajaba de su cabeza, manchando de rojo carmesí la
espalda blanca del traje ceremonial.
Había
absorbido el impacto, y ahora estaba herido. Isaniel se preguntó, confundida,
qué significaba aquello.
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