El Reloj de la Vida
Capítulo VII



Siempre había soñado con vestir aquel complejo y precioso vestido blanco. El vestido de una novia a punto de casarse, el de larga cola, el de capa vaporosa y mangas anchas.
Pero, de pie frente a aquel espejo de delicado acabado, Isaniel hubiera preferido llevar los harapos de una pordiosera, porque de lo contrario significaba que esa tarde, a la luz rojiza del anochecer, iba a contraer matrimonio con el hombre más horrible que pudiera imaginar.
Anadilde le puso sobre la frente la tiara plateada, delgada, adornada con lágrimas de zafiro. Por detrás llevaba atado el velo vaporoso que llegaba hasta el suelo.
La princesa suspiró.
-          Estás muy guapa. – Dijo a media voz.
<Preferiría estar fea.> Pensó Isaniel, abatida. <Aunque dudo que importara. El Pagano no me quiere por esposa por ser bonita o no. Él sólo quiere que le dé al engendro que tanto ansía.>
Había pasado otoño e invierno soñando muy a menudo con aquel hombre, con su brutalidad. Le había hecho todo lo imaginable: la había maltratado, la había torturado, violado, asesinado de mil formas distintas. Le había arrancado al monstruo de las entrañas, y después, cuando ya no le era útil, si no la había asesinado la había encerrado en lo alto de una torre para que viera cómo su hijo crecía para matar a Kaylon y Anadilde y convertirse así en un rey tirano.
Isaniel no podía soportar la idea, pero era lo único que tenía sentido. Quizá alguno de los brujos paganos le había dicho que ella era la única que podría darle el hijo sano y perfecto que dominaría toda Järia. Porque, si no, ¿por qué molestarse en asesinar a docenas de personas, someter todo un territorio y casarse con una muchacha que no destacaba sobre las demás?
¿Por qué yo? Eso se había preguntado miles de veces en aquellos meses, temiendo dormir por no verlo, deseando que el día no llegara.
Pero el día llegó, y allí estaba ella, en la habitación de la novia, en el santuario, preparándose para contraer matrimonio con aquella bestia.
-          Quizá no sea tan malo. – Comentó Anadilde, tratando de animarla.
-          No. – Respondió Isaniel. – Será peor. Pero no importa, ¿verdad? Hay que resignarse. El rey le entregó mi mano y debo aceptarlo.
<El rey me convirtió en un sacrificio.> Pensó con amargura.
Y, con todo, no podía odiarlo, porque lo hizo por su gente. Por su familia. Si le hubiera negado la mano de Isaniel, tal vez el Guerrero de Tierras Lejanas habría montado en cólera y habría matado a Kaylon y Anadilde y a la reina.
La joven miró a su amiga, y se estremeció al pensarla muerta. Ella, creyendo que tenía miedo, avanzó y la abrazó.
-          Estaré siempre a un pájaro de distancia. – Le susurró. – Siempre puedes escribirme.
<Si él me lo permite, quieres decir.>
-          ¿Sabes? No quería decírtelo antes de tiempo, pero creo que lo haré. – Comentó Anadilde cuando se apartaron. – Mi regalo para ti es una hembra de eharin.
-          ¡No lo dices en serio!
-          ¡Claro que sí! Yo misma la crié, y la he adiestrado como ave mensajera, así que podrás enviármela cuando quieras.
Isaniel sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Las eharin eran unas aves preciosas de plumaje blanco como la nieve y porte noble. La familia real las había criado durante generaciones, especialmente las princesas, que cuidaban de aquellos majestuosos pájaros con mimo y cariño. Al ser aves sin predadores naturales, eran las mejores mensajeras, y las más rápidas.
-          Oh, Anadilde…
La rubia la abrazó, y su amiga, con una sonrisa, la correspondió.
-          Ya la verás, es la eharin más bonita que hayas visto nunca. – Dijo la princesa, orgullosa. – Está muy bien educada, y es de las más veloces.
-          No sé cómo agradecértelo.
-          No hay nada que agradecer. Así mantendremos el contacto, ¿verdad?
Isaniel asintió. Luego, Anadilde tuvo que marcharse: era costumbre que la novia se quedara sola una hora antes de la boda, para serenarse.
La joven suspiró y se volvió a mirar al espejo. El cinturón plateado también tenía lágrimas de zafiro. Como las que lloraba su corazón al verse en aquel cruel destino.
Se apartó del espejo, deseando poderse apartar también de aquella noche fatídica, y fue hacia el balcón abierto. Fuera el aire era limpio, pero entraba por su garganta quemándola por dentro.
<Quiero escapar de esto.> Pensó. <No puedo casarme con ese…ser.>
Pero detrás del santuario podía oír, desde aquella altura, los preparativos: los músicos ensayaban, las tres cocineras terminaban de preparar las comidas, las floristas y los jardineros arreglaban los adornos. Todos querían que fuera un evento perfecto, menos la novia, que sólo quería que todo se arruinara.
Miró abajo, inclinándose un poco sobre la balaustrada. Su habitación estaba muy alta, pues era una de las tres torres del santuario. En otra estaba Lomârion Amíl, preparándose para tomarla en matrimonio. La tercera era la habitación marital, donde esa misma noche el Pagano la llevaría para poseerla.
Gimió ante la perspectiva, cubriéndose el rostro con las manos. Todos sus sueños, sus deseos y sus esperanzas habían desaparecido. Siempre había querido casarse con Kaylon, ser su princesa, su esposa y su reina, estar siempre con Anadilde en palacio, tener herederos al trono y criarlos en rectitud y honor. Ahora esto jamás sucedería. Si daba a luz a una criatura, sería el vástago de las Tierras Paganas, y sólo crecería para dominar toda Järia.
O quizá sólo estaba tan asustada por sus pesadillas que eso era lo que pensaba. Al fin y al cabo, le había contado a Arinzel sus sueños, pero ella había dicho que era todo producto del miedo.
No será tan malo. Todos le decían lo mismo, pero ninguno de ellos se encontraba en su situación. Ni sus hermanas, ni Anadilde, ni nadie iba a casarse con el Pagano, sólo ella, la menos llamativa de la familia Jahomír, la soñadora, distraída y poco útil Isaniel.
-          Dios. – Musitó, y se sintió la voz rota. - ¿Por qué yo?
Ya no pudo soportarlo más, la tensión, la desesperación, la angustia, y dejó que finalmente todos los sentimientos contenidos la sacudieran en dolorosas oleadas. Se aferró a la balaustrada, con las mejillas llenas de lágrimas, y sollozó. Le temblaban las rodillas. Sólo quería que parara, quería detener toda aquella locura, quería huir, escapar de la tortura, de la prisión y su carcelero, quería desaparecer.
Abrió los ojos, y vio la solución frente a sí. Ni siquiera lo pensó. Se subió al antepecho del balcón y, sin más, saltó al vacío.
Sólo entonces se le ocurrió pensar que aquello no iba a ayudarla a escapar…así, iba a morir. Y nunca podría volver a ver a su familia ni a sus amigos.
Pero ya era tarde. El viento la azotaba con fuerza, e Isaniel caía de forma irrefrenable hacia el frío suelo que le daría muerte.
<Qué tonta soy.> Fue lo último que pensó…
Antes de chocar contra algo cálido que la rodeó. Se oyó un golpe, un gemido, y luego nada. Ni siquiera dolor.
La rubia parpadeó, confundida. Frente a sus ojos había ropa blanca. ¿Suya? No, no era la tela vaporosa de su vestido. Se enderezó con dificultad…
Lomârion Amíl se llevó una mano a la cabeza y se irguió sobre un codo. Estaba echado en el suelo, e Isaniel había caído sobre él.
La rubia se quedó blanca, y ni siquiera pudo tragar saliva. El hombre la miró, tocándose el cabello azul oscuro, casi negro, y sonrió de aquella forma que le provocaba escalofríos. Al apartar las manos de su cabeza, la muchacha vio que tenía sangre en los dedos.
La apartó de sí, se puso en pie y la tomó del brazo hasta levantarla.
-          Ten cuidado. – Dijo con su extraño acento en la voz profunda. – Si te asomas tanto a las balaustradas, puedes caerte, y no siempre podré estar ahí para recogerte.
Isaniel musitó algo que ni ella misma entendió, mirando a otro lado, temblando. Esperaba algo…más, pero todo lo que hizo su prometido fue dar media vuelta y marcharse de camino a su torre.
Al mirarlo, vio que un rastro de sangre bajaba de su cabeza, manchando de rojo carmesí la espalda blanca del traje ceremonial.
Había absorbido el impacto, y ahora estaba herido. Isaniel se preguntó, confundida, qué significaba aquello.

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