El Reloj de la Vida
Capítulo VIII



Era noche cerrada cuando las lámparas de aceite comenzaron a apagarse, y los invitados se retiraron a al palacio, donde se alojarían hasta la mañana siguiente.
Cuando no quedó nadie de quien despedirse, Lomârion tomó a su esposa en brazos y se dirigió al santuario.
-          M-mi señor. – Musitó Isaniel, asqueada por el contacto con aquel hombre. – P-puedo andar.
-          Lo sé. – Fue la sencilla respuesta del Pagano.
-          P…pero…
-          ¿No es costumbre que el novio lleve a la novia en brazos hasta la habitación nupcial?
Ella tragó saliva y miró al suelo que pasaba deprisa bajo ella. No quería que llegara el momento, pero ya no había nada que hacer.
Recordó la sangre cayendo por la espalda de su prometido. Cuando la muchacha llegó al altar, con la delicada melodía sonando y guiándola, no había rastro alguno, ni siquiera el atisbo de una herida entre sus cabellos.
Era, como todos decían, un monstruo.
Y ese monstruo la llevaba ahora escaleras arriba en la semioscuridad muy apenas iluminada por unos candelabros de velas casi extinguidas, en dirección al lecho donde la desvirgaría y la dejaría embarazada.
Isaniel trató de contener las lágrimas de angustia, sin demasiado éxito. Se ocultó tras su cabello rubio, pero él de todos modos ni siquiera la miraba, sólo subía las escaleras cada vez más altas, hasta que se encontraron frente a la puerta de madera roja y pomo dorado. Como era costumbre, la novia alargó la mano y abrió con delicadeza.
<El marido llevará a su esposa por caminos seguros.> Recitó mentalmente mientras la puerta se deslizaba hacia adentro. <Y ella, en respuesta, abrirá para él todas las puertas.>
Eso predicaban las escrituras de Numbál, el dios omnipotente que vigilaba desde la Luna. Pero, ¿acaso servía también para un Pagano? ¿No estaría su dios en contra de aquella unión, aquel sacrilegio?
<Si lo está, no se ha dado cuenta.> Pensó con amargura. <Y eso significa que no está tan atento como todos creen.>
Se arrepintió de inmediato. Su fe no podía flaquear, iba a necesitarla toda ahora que se acercaba el momento.
La habitación, como era costumbre, estaba iluminada por velas dispuestas en cada rincón, dándole un aire etéreo y magnífico. Las cortinas estaban echadas sobre el balcón, pero se filtraba la luz plateada de la luna.
<Dios nos mira.> Pensó.
Eso le dio algo de fuerzas.
Lomârion Amíl la depositó suavemente en el lecho, grande, de colcha aterciopelada y dosel blanco. Todo era tan blanco allí.
<Menos él. Su pelo, su piel,…>
El hombre alargó las manos, de pie aún, y con delicadeza le quitó la tiara con el velo, dejándola a un lado. Isaniel miró la colcha, acariciándola; blanca también, tan bonita, tan suave…
Sintió aquellos dedos rozando su mejilla. La muchacha cerró los ojos, pero no pudo contener el escalofrío. La mano de la bestia descendió por su cuello, y después su pecho.
<Va a empezar.> Pensó a duras penas, sintiendo que las lágrimas la desbordaban.
Bajó hasta el cinturón,  apretó la joya azul del centro, y éste se abrió. Lo dejó junto a la tiara.
-          Estás temblando. – Dijo con aquella voz grave como las profundidades de la tierra.
-          Lo siento…- Musitó Isaniel, sin saber qué más decir.
Él no respondió. Sus manos abrieron el lazo que anudaba la primera capa del vestido, y después lo hicieron bajar por los brazos de la muchacha. Era una tela liviana, vaporosa, semitransparente y brillante, la que daba aspecto etéreo a la novia.
Aquellos dedos ágiles se acercaron a su cuello y comenzaron a desabrochar los cierres delanteros del vestido. Isaniel pensó que aquellos dedos habían sostenido un hacha y habían segado con ella multitud de vidas. Se estremeció, y apenas pudo contener un gemido. El miedo la hacía temblar. ¿Cómo lo haría? En sus sueños empezaba siendo muy dulce, y después se dejaba ver la bestia que era. Así debía disfrutar más el Pagano Inmortal: haciendo que confiara en él, y luego traicionándola.
<No voy a creerle.> Pensó. <No voy a creerle, no voy a creerle, no voy a creerle,…>
Siguió recitando mentalmente aquellas palabras, esperando que la letanía le diera fuerzas mientras las manos de su esposo terminaban de desabrochar el vestido y, con delicadeza, lo dejaban bajar por sus hombros. Como Isaniel no se movía, él mismo la tomó de la cintura y la alzó. La muchacha ahogó un grito cuando se vio arrodillada en el lecho, apoyada en el pecho vestido de blanco de Lomârion Amíl, y llevando ya sólo la túnica interior, que dejaba al descubierto su cuello, sus brazos y su espalda, atado apenas a la nuca con finos tirantes.
Con la respiración agitada, notó que una mano recorría su hombro con suavidad, poniéndole la piel de gallina, y tironeaba del nudo hasta que éste se deshizo.
La última prenda se deslizó hacia abajo, dejándola ya desnuda y desprotegida frente a la bestia vestida de hombre.
El cielo se nubló entonces. Ni siquiera su dios quería ser testigo de su desgracia. Isaniel se sintió muy, muy sola, y las lágrimas la desbordaron de nuevo.
Su esposo la hizo sentarse. La muchacha, asustada, llorosa, desesperada, se cubrió el pecho con un brazo, mirando a otro lado. Tenía las mejillas bañadas de lágrimas.
-          No tengas miedo. – Susurró Lomârion Amíl.
<No voy a creerle, no voy a creerle, no voy a creerle…>
-          Y…yo…lo…lo…
-          No pidas disculpas otra vez.
Se inclinó. Isaniel sintió su aliento en el rostro. Cerró los ojos mientras su mente seguía recitando la letanía. Entonces, el hombre le lamió las lágrimas y después besó sus mejillas.
-          No voy a hacerte daño, mi pequeña…
<No voy a creerle, no voy a creerle, no voy…>
Lomâron Amíl la empujó con suavidad pero firmeza hasta tenderla. Isaniel cerró los ojos con fuerza y siguió cubriéndose. En algún punto recóndito de su mente sintió vergüenza por tener aún aquel cuerpo aniñado, por no ser como Arinzel, hermosa y deseada.
Y de pronto él la besó.
Aquel era el primer beso. En la boda, el Pagano apenas había rozado sus labios, y mientras los aplausos y las bendiciones sonaban en el jardín del templo, él le sonrió y le dijo en voz muy baja:
-          Quiero besarte cuando estemos a solas…Espera hasta entonces.
El momento había llegado.
No fue tan malo como había esperado. Aquellos labios acariciaron los suyos con mucha delicadeza, presionándose suavemente, y después se separaron. Isaniel dejó escapar un suspiro tembloroso, pero no abrió los ojos.
Lomârion se retiró, y no volvió durante los segundos siguientes. Confundida, la muchacha se atrevió a mirar.
Se estaba desnudando.
Isaniel, avergonzada y espantada, se cubrió los ojos con un brazo. Dándose cuenta de su error, dejó escapar un lamento y usó el otro para cubrirse el pecho. Pero se seguía sintiendo tan…
Dio un respingo y entreabrió los ojos, mirando por entre los dedos. Lomârion Amíl, el Guerrero de Tierras Lejanas, el Pagano, la bestia de sus pesadillas, se estaba riendo.
No era, ni mucho menos, la risa que había esperado de aquel monstruo. Era casi, casi atractiva.
<No voy a creerle…> Se obligó a pensar, rompiendo así el encanto de aquel sonido grave.
-          Estamos casados. – Comentó el hombre. – No debes sentir vergüenza de la desnudez, ni la tuya ni la mía. Ven. Deja que te vea.
Isaniel sacudió la cabeza rápidamente, pero dio igual: Lomârion la tomó de las muñecas y le apartó los brazos del cuerpo. Ella lo vio observarla, muy detenidamente, recorriéndola con sus ojos dorados de clara pupila.
-          De verdad esperaba algo más difícil. – Murmuró tras unos segundos.
La muchacha estuvo a punto de preguntar a qué se refería, pero se le cortó la voz en un jadeo cuando los labios de su esposo descendieron y recorrieron su cuello. Isaniel suspiró, temblando ante sus atenciones, repulsivas pero placenteras al mismo tiempo.
La joven esperó el momento del cambio, pero éste no llegó.

Cuando despertó a la mañana siguiente, Lomârion Amíl dormía a su lado, hermoso y terrible a la vez. La luz del sol entraba por las delgadas cortinas, las velas se habían extinguido hacía mucho y las sábanas estaban revueltas.
Pero Isaniel, por más que pensó, no logró recordar el momento en que él la había penetrado. Al moverse un poco, no pudo ver la sangre que demostraba su virginidad perdida. Recordaba los besos, las caricias, la oscuridad que cayó cuando las llamas se extinguieron. No habían consumado su matrimonio. ¿Qué significaba aquello?
La muchacha miró a su esposo, y no lo vio tan terrible ni tan malvado como le había llegado a parecer. Quizá en realidad no era malo. Quizá…
Alargó una mano y le rozó la mejilla suave de piel morena. El hombre suspiró y se movió un poco, besándole la palma de la mano entre sueños. Isaniel recorrió sus rasgos con los dedos, acariciando el puente de la nariz, los pómulos, los párpados.
Y recordó entonces cuando las velas se apagaron, y aquellos ojos dorados brillaron en la oscuridad como dos luciérnagas.
Apartó la mano de inmediato, asqueada.
Al fin y al cabo, no dejaba de ser un monstruo.

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