Era noche
cerrada cuando las lámparas de aceite comenzaron a apagarse, y los invitados se
retiraron a al palacio, donde se alojarían hasta la mañana siguiente.
Cuando no
quedó nadie de quien despedirse, Lomârion tomó a su esposa en brazos y se
dirigió al santuario.
-
M-mi señor. – Musitó Isaniel, asqueada por el
contacto con aquel hombre. – P-puedo andar.
-
Lo sé. – Fue la sencilla respuesta del Pagano.
-
P…pero…
-
¿No es costumbre que el novio lleve a la novia en
brazos hasta la habitación nupcial?
Ella tragó
saliva y miró al suelo que pasaba deprisa bajo ella. No quería que llegara el
momento, pero ya no había nada que hacer.
Recordó la
sangre cayendo por la espalda de su prometido. Cuando la muchacha llegó al
altar, con la delicada melodía sonando y guiándola, no había rastro alguno, ni
siquiera el atisbo de una herida entre sus cabellos.
Era, como
todos decían, un monstruo.
Y ese
monstruo la llevaba ahora escaleras arriba en la semioscuridad muy apenas
iluminada por unos candelabros de velas casi extinguidas, en dirección al lecho
donde la desvirgaría y la dejaría embarazada.
Isaniel
trató de contener las lágrimas de angustia, sin demasiado éxito. Se ocultó tras
su cabello rubio, pero él de todos modos ni siquiera la miraba, sólo subía las
escaleras cada vez más altas, hasta que se encontraron frente a la puerta de
madera roja y pomo dorado. Como era costumbre, la novia alargó la mano y abrió
con delicadeza.
<El
marido llevará a su esposa por caminos seguros.> Recitó mentalmente mientras
la puerta se deslizaba hacia adentro. <Y ella, en respuesta, abrirá para él
todas las puertas.>
Eso
predicaban las escrituras de Numbál, el dios omnipotente que vigilaba desde la
Luna. Pero, ¿acaso servía también para un Pagano? ¿No estaría su dios en contra
de aquella unión, aquel sacrilegio?
<Si lo
está, no se ha dado cuenta.> Pensó con amargura. <Y eso significa que no
está tan atento como todos creen.>
Se
arrepintió de inmediato. Su fe no podía flaquear, iba a necesitarla toda ahora
que se acercaba el momento.
La
habitación, como era costumbre, estaba iluminada por velas dispuestas en cada
rincón, dándole un aire etéreo y magnífico. Las cortinas estaban echadas sobre
el balcón, pero se filtraba la luz plateada de la luna.
<Dios
nos mira.> Pensó.
Eso le dio
algo de fuerzas.
Lomârion
Amíl la depositó suavemente en el lecho, grande, de colcha aterciopelada y
dosel blanco. Todo era tan blanco allí.
<Menos
él. Su pelo, su piel,…>
El hombre
alargó las manos, de pie aún, y con delicadeza le quitó la tiara con el velo,
dejándola a un lado. Isaniel miró la colcha, acariciándola; blanca también, tan
bonita, tan suave…
Sintió
aquellos dedos rozando su mejilla. La muchacha cerró los ojos, pero no pudo
contener el escalofrío. La mano de la bestia descendió por su cuello, y después
su pecho.
<Va a
empezar.> Pensó a duras penas, sintiendo que las lágrimas la desbordaban.
Bajó hasta
el cinturón, apretó la joya azul del
centro, y éste se abrió. Lo dejó junto a la tiara.
-
Estás temblando. – Dijo con aquella voz grave
como las profundidades de la tierra.
-
Lo siento…- Musitó Isaniel, sin saber qué más
decir.
Él no
respondió. Sus manos abrieron el lazo que anudaba la primera capa del vestido,
y después lo hicieron bajar por los brazos de la muchacha. Era una tela
liviana, vaporosa, semitransparente y brillante, la que daba aspecto etéreo a
la novia.
Aquellos
dedos ágiles se acercaron a su cuello y comenzaron a desabrochar los cierres
delanteros del vestido. Isaniel pensó que aquellos dedos habían sostenido un
hacha y habían segado con ella multitud de vidas. Se estremeció, y apenas pudo
contener un gemido. El miedo la hacía temblar. ¿Cómo lo haría? En sus sueños
empezaba siendo muy dulce, y después se dejaba ver la bestia que era. Así debía
disfrutar más el Pagano Inmortal: haciendo que confiara en él, y luego
traicionándola.
<No voy
a creerle.> Pensó. <No voy a creerle, no voy a creerle, no voy a
creerle,…>
Siguió
recitando mentalmente aquellas palabras, esperando que la letanía le diera
fuerzas mientras las manos de su esposo terminaban de desabrochar el vestido y,
con delicadeza, lo dejaban bajar por sus hombros. Como Isaniel no se movía, él
mismo la tomó de la cintura y la alzó. La muchacha ahogó un grito cuando se vio
arrodillada en el lecho, apoyada en el pecho vestido de blanco de Lomârion
Amíl, y llevando ya sólo la túnica interior, que dejaba al descubierto su
cuello, sus brazos y su espalda, atado apenas a la nuca con finos tirantes.
Con la
respiración agitada, notó que una mano recorría su hombro con suavidad,
poniéndole la piel de gallina, y tironeaba del nudo hasta que éste se deshizo.
La última
prenda se deslizó hacia abajo, dejándola ya desnuda y desprotegida frente a la
bestia vestida de hombre.
El cielo se
nubló entonces. Ni siquiera su dios quería ser testigo de su desgracia. Isaniel
se sintió muy, muy sola, y las lágrimas la desbordaron de nuevo.
Su esposo
la hizo sentarse. La muchacha, asustada, llorosa, desesperada, se cubrió el
pecho con un brazo, mirando a otro lado. Tenía las mejillas bañadas de
lágrimas.
-
No tengas miedo. – Susurró Lomârion Amíl.
<No voy
a creerle, no voy a creerle, no voy a creerle…>
-
Y…yo…lo…lo…
-
No pidas disculpas otra vez.
Se inclinó.
Isaniel sintió su aliento en el rostro. Cerró los ojos mientras su mente seguía
recitando la letanía. Entonces, el hombre le lamió las lágrimas y después besó
sus mejillas.
-
No voy a hacerte daño, mi pequeña…
<No voy
a creerle, no voy a creerle, no voy…>
Lomâron
Amíl la empujó con suavidad pero firmeza hasta tenderla. Isaniel cerró los ojos
con fuerza y siguió cubriéndose. En algún punto recóndito de su mente sintió
vergüenza por tener aún aquel cuerpo aniñado, por no ser como Arinzel, hermosa
y deseada.
Y de pronto
él la besó.
Aquel era
el primer beso. En la boda, el Pagano apenas había rozado sus labios, y
mientras los aplausos y las bendiciones sonaban en el jardín del templo, él le
sonrió y le dijo en voz muy baja:
-
Quiero besarte cuando estemos a solas…Espera
hasta entonces.
El momento
había llegado.
No fue tan
malo como había esperado. Aquellos labios acariciaron los suyos con mucha
delicadeza, presionándose suavemente, y después se separaron. Isaniel dejó
escapar un suspiro tembloroso, pero no abrió los ojos.
Lomârion se
retiró, y no volvió durante los segundos siguientes. Confundida, la muchacha se
atrevió a mirar.
Se estaba
desnudando.
Isaniel,
avergonzada y espantada, se cubrió los ojos con un brazo. Dándose cuenta de su
error, dejó escapar un lamento y usó el otro para cubrirse el pecho. Pero se
seguía sintiendo tan…
Dio un
respingo y entreabrió los ojos, mirando por entre los dedos. Lomârion Amíl, el
Guerrero de Tierras Lejanas, el Pagano, la bestia de sus pesadillas, se estaba
riendo.
No era, ni
mucho menos, la risa que había esperado de aquel monstruo. Era casi, casi
atractiva.
<No voy
a creerle…> Se obligó a pensar, rompiendo así el encanto de aquel sonido
grave.
-
Estamos casados. – Comentó el hombre. – No debes
sentir vergüenza de la desnudez, ni la tuya ni la mía. Ven. Deja que te vea.
Isaniel
sacudió la cabeza rápidamente, pero dio igual: Lomârion la tomó de las muñecas
y le apartó los brazos del cuerpo. Ella lo vio observarla, muy detenidamente,
recorriéndola con sus ojos dorados de clara pupila.
-
De verdad esperaba algo más difícil. – Murmuró
tras unos segundos.
La muchacha
estuvo a punto de preguntar a qué se refería, pero se le cortó la voz en un
jadeo cuando los labios de su esposo descendieron y recorrieron su cuello.
Isaniel suspiró, temblando ante sus atenciones, repulsivas pero placenteras al
mismo tiempo.
La joven
esperó el momento del cambio, pero éste no llegó.
Cuando
despertó a la mañana siguiente, Lomârion Amíl dormía a su lado, hermoso y
terrible a la vez. La luz del sol entraba por las delgadas cortinas, las velas
se habían extinguido hacía mucho y las sábanas estaban revueltas.
Pero
Isaniel, por más que pensó, no logró recordar el momento en que él la había
penetrado. Al moverse un poco, no pudo ver la sangre que demostraba su
virginidad perdida. Recordaba los besos, las caricias, la oscuridad que cayó
cuando las llamas se extinguieron. No habían consumado su matrimonio. ¿Qué
significaba aquello?
La muchacha
miró a su esposo, y no lo vio tan terrible ni tan malvado como le había llegado
a parecer. Quizá en realidad no era malo. Quizá…
Alargó una
mano y le rozó la mejilla suave de piel morena. El hombre suspiró y se movió un
poco, besándole la palma de la mano entre sueños. Isaniel recorrió sus rasgos
con los dedos, acariciando el puente de la nariz, los pómulos, los párpados.
Y recordó
entonces cuando las velas se apagaron, y aquellos ojos dorados brillaron en la
oscuridad como dos luciérnagas.
Apartó la
mano de inmediato, asqueada.
Al fin y al
cabo, no dejaba de ser un monstruo.
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