Recordaba aquella noche antes de la fiesta. Estaba tan nervioso que
pasó la noche en vela frente a la ventana, mirando al cielo, a la luna que los
jarianos creían los ojos de su dios. Sólo podía pensar en el deseo de
encontrarse con Isaniel.
Por aquel entonces aún no la había visto realmente, pero conocía sus
rasgos. Fueron los que le expuso a Kaylon poco después de conseguir su título
de Señor.
-
La muchacha que busco debe tener dieciséis años.
– Le dijo. – El cabello muy claro y liso, y los ojos azules. Es pequeña y
parece frágil, distraída.
-
No es mucho lo que me dices. – Respondió el
príncipe, reticente.
-
Me estás mintiendo.
-
¿Cómo puedes saberlo?
-
Porque cuando lo haces algo se retuerce dentro de
ti. – Lomârion sonrió. – Eres demasiado noble para mentir, ni siquiera a
alguien como yo.
Así Kaylon se había visto obligado a explicarle que conocía a la
muchacha que parecía describir: Isaniel Jahomír, la cuarta hija del Señor de
Jahomír.
-
Pero ni siquiera te acerques a ella, ¿me oyes? –
La amenaza no estaba en sus palabras, si no en su dura y ardiente mirada.
Lomârion se relamió los labios.
-
He venido a este lado del río única y
exclusivamente para estar con esa chica. ¿Y me dices que no me acerque? ¿Qué
harás para impedirlo, príncipe Kaylon?
Por supuesto no podía hacer nada, así que calló.
Y el día de la fiesta, finalmente, pudo ver por primera vez a Isaniel
con sus propios ojos, en la realidad, fuera de sus sueños.
En esta ocasión, no obstante, no era el nerviosismo el que le había
robado el sueño a Lomârion. Daba vueltas en la cama, sin poder evitar contraer
los brazos contra su pecho. Echaba en falta algo. La echaba en falta a ella.
<¿Qué estoy haciendo mal?> Se preguntó por enésima vez,
frotándose los ojos. <Le dejo todo el espacio que puedo. Voy poco a poco,
para que se acostumbre a la nueva situación y se vaya dando cuenta de que no
soy tan malo. Pero es tan testaruda…>
¿O quizá es que en realidad sí era tan malvado como ella pensaba? Era
cierto que había matado a docenas de guerreros, que había amenazado a la madre
de Dofne y había tenido a la niña como a su rehén. Era cierto que había
conseguido su poder a golpe de hacha, pero ¿no era así siempre?
<Todo me sale del revés.> Pensó con amargura.
La cosa había ido viento en popa hasta que llegó a las montañas.
Entonces se enfrentó a los soldados de Prayn, y se dio cuenta de que no podría
pasar por allí sin un horrible derramamiento de sangre.
Muchas veces estuvo a punto de regresar con las manos vacías, pero el
recuerdo de aquel rostro en las aguas mágicas le devolvía el valor.
No había matado a gente inocente, se obligó a recordar. Nunca a
inocentes. Ni siquiera se había vuelto hacia aquellos ojillos aterrorizados que
lo observaban desde las puertas entornadas cuando caminaba, sangrando, por los
largos corredores del castillo.
Pero Isaniel no entendía. Veía que la gente no tenía miedo y pensaba
cualquier cosa menos que aquella era la simple verdad. Había sido educada tan
rígidamente…
Al verla en las aguas, tan distraída, con una expresión tan dulce,
pensó que sería incluso fácil hacerla cambiar de opinión. Al parecer se
equivocaba. No debió haberla juzgado sin conocerla.
<Quizá el error es callar.> Pensó. <Quizá sencillamente
debería decirle la verdad y repetírsela y repetirlo de nuevo hasta que lo
entienda.>
Pero entonces, ¿no creería ella que trataba de engañarla?
<Pero si ya piensa eso.> Se dijo.
Isaniel ya creía que mentía. A pesar de sus esfuerzos, el cuidado y la
amabilidad y la libertad no habían servido.
<Es normal. Tampoco aceptaríamos de buenas a primeras a un jariano
que quisiera vivir entre nosotros.>
Suspiró, recordando al hombre jariano que había encontrado el amor y
la familia en Galedith, y cómo todos los que veían a la feliz pareja
preguntaban al respecto.
Desde luego, no conseguiría dormir sin su esposa al lado, sin su
pequeña y dulce Isaniel entre sus brazos. Se levantó, abrió la ventana y sin
temor se sentó en el alfeizar. Miró al cielo negro: las nubes no dejaban pasar
ni la luz de la luna.
Hubiera deseado poder escoger un paraje mejor. Desde luego, seguro que
el cielo siempre tormentoso no ayudaba al ánimo de la muchacha. Ni al suyo
tampoco, dicho sea de paso. Desgraciadamente, la mejor táctica de combate era
en las montañas, llenas de cuevas y grutas; en el río, en cambio, hubiera sido
un ataque frontal y mucho más problemático. De esta manera, era muy difícil
derrotar a un Señor y, a la hora de reclamar un puesto, decir: no, esperad,
quiero un lugar soleado.
Hubiera podido hacerlo, pero estaba más allá de la fachada de chico malo
que quería aparentar.
Pasó horas así, sentado, con los ojos cerrados y esperando que el
sueño o la inspiración llegaran. No lo hicieron.
Sin embargo, ya fuera por el malestar que poco a poco se le comía el
corazón, ya fuera por el miedo, por desesperación…Fuera cual fuera el motivo,
de pronto entró de nuevo en su habitación y salió al pasillo.
Iba a decírselo todo, con el corazón en la mano, y si ella no lo
creía…bueno. Ya se vería. Tal vez repetírselo. Tal vez dejarlo estar hasta que
se diera cuenta de que decía la verdad. Tal vez rendirse.
Caminó en silencio por los corredores y pasillos hasta la puerta de
Isaniel. Picó con los nudillos suavemente.
-
¿Isaniel?
No hubo respuesta. Debía estar dormida. Abrió cautamente y entró. La
ventana estaba abierta, con lo que una suave brisa nocturna movía las cortinas.
Lomârion chasqueó la lengua y fue a cerrar; ella podría coger frío. Luego se
volvió hacia el lecho. El bulto pequeño y encogido que era su esposa no se
movía. Él se aproximó.
-
¿Isaniel? Siento despertarte.
Ella se movió un poco. Una mano pequeña y blanca subió un poco más la
manta, que ya la cubría por entero. El hombre suspiró y se arrodilló junto al
lecho.
-
Escucha…Sé que es muy tarde…Pero necesito
hablarte de esto, Isaniel. No puedo seguir callado.
El silencio de la muchacha lo hería, pero se obligó a tragar saliva y
respirar hondo.
-
Tú…te…tenías razón con lo del chamán. – Explicó
por fin. – Al menos en parte. En nuestra tierra es costumbre recurrir a los
poderes de los chamanes y sus aguas mágicas para ver el rostro de la persona
especial para nosotros. Yo fui a él cuando llegó mi hora y…Y te mostró a ti,
Isaniel. No se trata de un intento por…manchar vuestra sangre con la nuestra.
Nunca quise hacerte daño al casarme contigo, ¡fue el destino el que nos unió!
Yo sólo lo seguí.
Seguía callada. Tal vez no se había expresado con claridad.
-
Isaniel. – Alargó las manos hasta apoyarlas en el
bulto que era ella bajo las mantas, sin cogerla, sólo tocándola con gentileza.
– No tenemos que tener hijos si no quieres. Me basta con estar contigo. Con eso
tengo suficiente. Con…dormir abrazándote y oírte tocar el arpa, comer juntos, y
quizá algún día, cuando confíes un poco en mí, podríamos pasear por el bosque,
ir a algún lugar soleado donde las nubes no te deprimieran como aquí. Y si…si
quieres tener hijos, está bien, podrás tener los que quieras, conmigo o con
otro, me da lo mismo, yo sólo te quiero a ti y estoy dispuesto a cualquier
cosa. Por favor, Isaniel, di que no me odias tanto como para negarme una
oportunidad. Por favor.
Por fin, ella se movió un poco, luego algo más, y finalmente se sentó.
Lomârion se quedó helado.
La niña menuda que lo miró no era Isaniel. Era la hija de una de las
cocineras: tenía apenas diez años, y era sorda y muda.
La pequeña parpadeó, soñolienta.
Lomârion sintió que el estómago se le encogía.
-
¿Dónde está Isaniel? – Musitó.
Ella no podía oírlo, así que ladeó la cabeza con adormilada inocencia.
El hombre cogió la punta de la manta y la movió un poco. La niña comenzó a
hacer gestos.
-
No, no, no, Berta, no. – Pronunció él lentamente.
– Sabes que no lo entiendo. Mueve los labios, poco a poco.
Y poco a poco la chiquilla se lo dijo. Isaniel había bajado a las
cocinas a buscarla. No puedo dormir, le había dicho, y saldré a tomar el aire,
pero no quiero que mi esposo se preocupe si viene y no me ve en la cama, así
que duerme en mi lecho y tápate bien para que esté tranquilo pensando que eres
yo.
Lomârion se levantó bruscamente y se volvió hacia la ventana. El
corazón le latía muy deprisa.
Un rayo rasgó el cielo, el trueno resonó en el bosque, y entonces
comenzó a llover.
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