No lloviznaba como en otras ocasiones. La lluvia era fuerte, le
empapaba las ropas, que se le pegaban al cuerpo y le dificultaban el
movimiento. Los truenos sonaban tan fuertes que le pitaban los oídos, y los
rayos iluminaban de forma engañosa su camino, haciéndole ver cosas que no
estaban allí.
Isaniel tropezó con una raíz y cayó cuan larga era en el suelo
enfangado. Sollozó.
Estaba oscuro, apenas veía dos palmos por delante de sí. Tenía frío y
se había herido las manos de tantas veces que había caído. Estaba sucia,
aterida, agotada, y tenía miedo.
Algo la seguía desde hacía un rato, y la muchacha, aterrada, no era
capaz de librarse de ello.
Se obligó a levantarse, aunque le dolían las manos, ensangrentadas y
manchadas de tierra, y siguió corriendo. Le dolía el pecho por el esfuerzo, el
aire le quemaba en los pulmones.
<No debí haberme ido.> Pensó, volviendo la cabeza atrás mientras
corría, tratando de ver qué era lo que la perseguía. <Dios, ayúdame.>
Chocó contra algo duro y rugoso. El impacto la hizo caer hacia atrás,
aturdida, chapoteando en el barro un momento.
Igual que un animal.
De pronto oyó algo y se quedó inmóvil. Era difícil discernir cualquier
sonido entre el rugir de la lluvia, los truenos que resonaban por todo el
bosque.
Pero volvió a oírlo, y esta vez la sangre se le heló en las venas: era
un gruñido.
-
Oh, dios. – Musitó, y se arrastró hacia un lado,
hasta que dio contra el tronco de un árbol y trató de levantarse.
Otro gruñido la alertó a su izquierda. Estaba bastante segura de que
eran lobos, y los lobos nunca iban solos.
Supo con total certeza que iba a morir por su estupidez. Si quería
huir, debió hacerlo de día, y no en plena noche. Por la mañana podría haberse
ido y nadie hubiera notado su ausencia en horas. Pero tuvo que elegir la noche,
condenándose así a las fauces de los animales salvajes.
Lo que sucedió a continuación fue muy rápido, tanto que Isaniel apenas
pudo comprenderlo. Hubo gruñidos, un aullido, chapoteos…Supo que una bestia se
había tirado sobre ella, de alguna forma el instinto se lo dijo, pero nunca
llegó a recibir el golpe.
Un rayo cruzó el cielo nublado, iluminando el bosque con la luz
blanca, y la muchacha vio que no estaba sola. Vio el cuerpo del hombre
embistiendo al lobo, que dejó escapar un gañido.
Ella contuvo el aliento. Hubo más gruñidos, un ladrido.
Un nuevo rayo la dejó ver, sólo por un instante, la espalda ancha de
su salvador, que se interponía entre ella y los lobos. El trueno fue tan fuerte
que la obligó a taparse los oídos.
El silencio sólo fue interrumpido por el chapoteo de la lluvia durante
varios minutos. Isaniel apenas respiraba.
De pronto oyó pisadas, y cerró los ojos, pero nada llegó a tocarla. Al
atreverse a mirar, otro rayo cruzó las nubes, y la joven pudo ver a quien no
quería observar: Lomârion la miraba fijamente, empapado, y su rostro no
mostraba la expresión calmada de siempre.
En la oscuridad, él la tomó del brazo y la levantó como si fuera
ligera como una pluma. No la cogió en volandas como había hecho antes, sino que
echó a andar y casi la arrastró con él. Isaniel, sin atreverse apenas a
respirar, lo siguió.
Tropezó muchas veces, pero esta vez su esposo estaba allí para
sujetarla, y no la dejó caer al suelo de nuevo. La llevó consigo durante un
rato, sin decir nada, hasta que un rayo iluminó la figura del castillo de
piedra. La puerta estaba abierta, y dentro, por fin, la luz de las lámparas le
devolvió la vista.
En el recibidor había mucha gente. Deriva le dio a otra persona el
candelabro y corrió a ponerle a Isaniel una manta encima. Dofne y Länia la
miraban, muy juntas, cogiéndose las manos como apoyándose mutuamente. Otros
muchos criados y plebeyos estaban allí, e incluso algunos perros de presa.
Se disponían a salir a buscarla.
La muchacha sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Quiso
decir algo, lo que fuera, pero no le salió la voz. Por instinto y con temor, se
volvió hacia Lomârion, que también se puso una manta sobre los hombros en
silencio.
De pronto, aquellos ojos dorados se volvieron hacia ella, y su esposo
la miró como nunca la había mirado. Isaniel sintió pánico y retrocedió, pero él
la tomó de los hombros con fuerza, clavándole los dedos como si quisiera
atravesarla.
-
¿Se puede saber qué pensabas hacer? – Dijo con
furia en la voz. - ¿No se te ocurrió nada peor
que escapar en plena noche con la tormenta encima? ¿Qué creías estar haciendo,
eh? ¿Y si te hubiera pasado algo? Dioses, Isaniel, ¿te das cuenta de la locura
que has hecho? ¿Y si hubiera llegado un minuto más tarde? ¡Un solo minuto!
¡Dioses, ahora mismo estarías muerta!
De pronto él calló, y la muchacha se dio cuenta de que por sus
mejillas corrían ya las lágrimas. Sus ojos se habían desbordado. No se las
secó.
-
Lo siento. – Logró musitar, con la voz rota, y notó
que su cuerpo temblaba. – Lo siento…Lo siento…
No logró decir nada más que disculpas. Poco a poco, Lomârion la soltó,
retrocedió y se apoyó en la pared. Se tapó el rostro con una mano. El otro
brazo colgaba lánguido a un costado.
-
Niñas, ayudad a Isaniel a darse un baño. – Dijo
en voz baja. – Luego llevadla a la cama.
-
Sí, Señor. – Respondió Länia.
Se acercó a la rubia y le acarició muy suavemente la mejilla. La
muchacha calló por fin, y dejó que Dofne le tomara la mano y se la llevara al
baño más cercano.
Cuando Isaniel desapareció en el corredor, Lomârion se permitió
sentarse en el suelo mismo, empapado. Notó que se le desbordaban las lágrimas.
Deriva agradeció a todos su ayuda y los despidió; después le puso una mano en
el hombro.
-
¿Te duele mucho? – Preguntó.
Lomârion movió el brazo y siseó de dolor. Tragó saliva. El lobo lo
había mordido.
-
No voy a morir por esto. – Murmuró.
Deriva lo miró fijamente durante unos segundos.
-
Yo…no estaría tan segura.
Él no dijo nada.
Las niñas la ayudaron a quitarse la ropa mientras la tina se llenaba
de agua humeante. Isaniel no dijo nada y se dejó hacer, apenas consciente.
Estaba asustada, helada, cansada, herida y, además, arrepentida.
-
Vamos. – Dijo Länia. – El baño está listo.
La rubia se metió en la tina sin siquiera pensarlo y se sentó. La
castaña se apresuró a echarle un balde de agua caliente encima. Dofne se
enjabonó las manos y le frotó el cabello.
El proceso continuó en silencio durante muchorato, sin que nadie
dijera nada. La limpiaron a consciencia, dejando que se calentara con el baño;
la vistieron con un camisón de seda, y la devolvieron a su lecho.
Allí, la morena se sentó a su lado y comenzó a acariciarle el pelo con
mucho cariño.
-
No te preocupes. – Le dijo dulcemente, y de
pronto no parecía tan retrasada. – El Señor no está enfadado, sólo estaba muy
preocupado.
A medias dormida ya, Isaniel recordó cómo la había mirado.
<Sí.> Pensó. <Parecía muy preocupado. Quizá esté equivocada.
Quizá, en realidad…>
No llegó a terminar su propio pensamiento, pues finalmente el
cansancio la venció y se sumió en un profundo sueño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario