El Reloj de la Vida
Capítulo XIV



No lloviznaba como en otras ocasiones. La lluvia era fuerte, le empapaba las ropas, que se le pegaban al cuerpo y le dificultaban el movimiento. Los truenos sonaban tan fuertes que le pitaban los oídos, y los rayos iluminaban de forma engañosa su camino, haciéndole ver cosas que no estaban allí.
Isaniel tropezó con una raíz y cayó cuan larga era en el suelo enfangado. Sollozó.
Estaba oscuro, apenas veía dos palmos por delante de sí. Tenía frío y se había herido las manos de tantas veces que había caído. Estaba sucia, aterida, agotada, y tenía miedo.
Algo la seguía desde hacía un rato, y la muchacha, aterrada, no era capaz de librarse de ello.
Se obligó a levantarse, aunque le dolían las manos, ensangrentadas y manchadas de tierra, y siguió corriendo. Le dolía el pecho por el esfuerzo, el aire le quemaba en los pulmones.
<No debí haberme ido.> Pensó, volviendo la cabeza atrás mientras corría, tratando de ver qué era lo que la perseguía. <Dios, ayúdame.>
Chocó contra algo duro y rugoso. El impacto la hizo caer hacia atrás, aturdida, chapoteando en el barro un momento.
Igual que un animal.
De pronto oyó algo y se quedó inmóvil. Era difícil discernir cualquier sonido entre el rugir de la lluvia, los truenos que resonaban por todo el bosque.
Pero volvió a oírlo, y esta vez la sangre se le heló en las venas: era un gruñido.
-          Oh, dios. – Musitó, y se arrastró hacia un lado, hasta que dio contra el tronco de un árbol y trató de levantarse.
Otro gruñido la alertó a su izquierda. Estaba bastante segura de que eran lobos, y los lobos nunca iban solos.
Supo con total certeza que iba a morir por su estupidez. Si quería huir, debió hacerlo de día, y no en plena noche. Por la mañana podría haberse ido y nadie hubiera notado su ausencia en horas. Pero tuvo que elegir la noche, condenándose así a las fauces de los animales salvajes.
Lo que sucedió a continuación fue muy rápido, tanto que Isaniel apenas pudo comprenderlo. Hubo gruñidos, un aullido, chapoteos…Supo que una bestia se había tirado sobre ella, de alguna forma el instinto se lo dijo, pero nunca llegó a recibir el golpe.
Un rayo cruzó el cielo nublado, iluminando el bosque con la luz blanca, y la muchacha vio que no estaba sola. Vio el cuerpo del hombre embistiendo al lobo, que dejó escapar un gañido.
Ella contuvo el aliento. Hubo más gruñidos, un ladrido.
Un nuevo rayo la dejó ver, sólo por un instante, la espalda ancha de su salvador, que se interponía entre ella y los lobos. El trueno fue tan fuerte que la obligó a taparse los oídos.
El silencio sólo fue interrumpido por el chapoteo de la lluvia durante varios minutos. Isaniel apenas respiraba.
De pronto oyó pisadas, y cerró los ojos, pero nada llegó a tocarla. Al atreverse a mirar, otro rayo cruzó las nubes, y la joven pudo ver a quien no quería observar: Lomârion la miraba fijamente, empapado, y su rostro no mostraba la expresión calmada de siempre.
En la oscuridad, él la tomó del brazo y la levantó como si fuera ligera como una pluma. No la cogió en volandas como había hecho antes, sino que echó a andar y casi la arrastró con él. Isaniel, sin atreverse apenas a respirar, lo siguió.
Tropezó muchas veces, pero esta vez su esposo estaba allí para sujetarla, y no la dejó caer al suelo de nuevo. La llevó consigo durante un rato, sin decir nada, hasta que un rayo iluminó la figura del castillo de piedra. La puerta estaba abierta, y dentro, por fin, la luz de las lámparas le devolvió la vista.
En el recibidor había mucha gente. Deriva le dio a otra persona el candelabro y corrió a ponerle a Isaniel una manta encima. Dofne y Länia la miraban, muy juntas, cogiéndose las manos como apoyándose mutuamente. Otros muchos criados y plebeyos estaban allí, e incluso algunos perros de presa.
Se disponían a salir a buscarla.
La muchacha sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Quiso decir algo, lo que fuera, pero no le salió la voz. Por instinto y con temor, se volvió hacia Lomârion, que también se puso una manta sobre los hombros en silencio.
De pronto, aquellos ojos dorados se volvieron hacia ella, y su esposo la miró como nunca la había mirado. Isaniel sintió pánico y retrocedió, pero él la tomó de los hombros con fuerza, clavándole los dedos como si quisiera atravesarla.
-          ¿Se puede saber qué pensabas hacer? – Dijo con furia en la voz. - ¿No se te ocurrió nada peor que escapar en plena noche con la tormenta encima? ¿Qué creías estar haciendo, eh? ¿Y si te hubiera pasado algo? Dioses, Isaniel, ¿te das cuenta de la locura que has hecho? ¿Y si hubiera llegado un minuto más tarde? ¡Un solo minuto! ¡Dioses, ahora mismo estarías muerta!
De pronto él calló, y la muchacha se dio cuenta de que por sus mejillas corrían ya las lágrimas. Sus ojos se habían desbordado. No se las secó.
-          Lo siento. – Logró musitar, con la voz rota, y notó que su cuerpo temblaba. – Lo siento…Lo siento…
No logró decir nada más que disculpas. Poco a poco, Lomârion la soltó, retrocedió y se apoyó en la pared. Se tapó el rostro con una mano. El otro brazo colgaba lánguido a un costado.
-          Niñas, ayudad a Isaniel a darse un baño. – Dijo en voz baja. – Luego llevadla a la cama.
-          Sí, Señor. – Respondió Länia.
Se acercó a la rubia y le acarició muy suavemente la mejilla. La muchacha calló por fin, y dejó que Dofne le tomara la mano y se la llevara al baño más cercano.

Cuando Isaniel desapareció en el corredor, Lomârion se permitió sentarse en el suelo mismo, empapado. Notó que se le desbordaban las lágrimas. Deriva agradeció a todos su ayuda y los despidió; después le puso una mano en el hombro.
-          ¿Te duele mucho? – Preguntó.
Lomârion movió el brazo y siseó de dolor. Tragó saliva. El lobo lo había mordido.
-          No voy a morir por esto. – Murmuró.
Deriva lo miró fijamente durante unos segundos.
-          Yo…no estaría tan segura.
Él no dijo nada.

Las niñas la ayudaron a quitarse la ropa mientras la tina se llenaba de agua humeante. Isaniel no dijo nada y se dejó hacer, apenas consciente. Estaba asustada, helada, cansada, herida y, además, arrepentida.
-          Vamos. – Dijo Länia. – El baño está listo.
La rubia se metió en la tina sin siquiera pensarlo y se sentó. La castaña se apresuró a echarle un balde de agua caliente encima. Dofne se enjabonó las manos y le frotó el cabello.
El proceso continuó en silencio durante muchorato, sin que nadie dijera nada. La limpiaron a consciencia, dejando que se calentara con el baño; la vistieron con un camisón de seda, y la devolvieron a su lecho.
Allí, la morena se sentó a su lado y comenzó a acariciarle el pelo con mucho cariño.
-          No te preocupes. – Le dijo dulcemente, y de pronto no parecía tan retrasada. – El Señor no está enfadado, sólo estaba muy preocupado.
A medias dormida ya, Isaniel recordó cómo la había mirado.
<Sí.> Pensó. <Parecía muy preocupado. Quizá esté equivocada. Quizá, en realidad…>
No llegó a terminar su propio pensamiento, pues finalmente el cansancio la venció y se sumió en un profundo sueño.

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