El Reloj de la Vida
Capítulo XV



Cuando despertó era ya muy tarde. Tenía mucha hambre, así que al principio pensó que era ya mediodía… Pero justo entonces entró en la habitación la pequeña Berta, arrastrando tras de sí un carrito con la comida.
Isaniel se sintió aliviada al verla sonreír como siempre. Había temido que Lomârion las pagara con ella, pero al fin y al cabo era una niña, y tan fácil de engañar…
Observando a su hermana Sariel había aprendido algo del lenguaje de los signos, así que le preguntó a Berta cómo estaba. Ella respondió que muy bien, aunque había estado preocupada por su señora porque todos la buscaban y no podían encontrarla. Isaniel se disculpó por haberla metido en aquello, la niña sólo rió.
¿Mi esposo se ha levantado ya?
Sí, hace mucho.
¿No me espera para comer?
Berta puso cara de sorpresa, alzando las cejas.
Él ya ha comido. El sol empieza a ocultarse en el horizonte.
Isaniel dio un respingo y le pidió que lo repitiera, pero no había error. Había dormido mucho, incluso se había saltado al comida. Ahora entendía el carrito tan abundante.
Le dio las gracias y le dijo que podía comer sola. Berta se despidió efusivamente y se fue correteando para volver con su madre. La suya no era una vida fácil, así que dependía mucho de las personas que la querían.
Y, a pesar de todo, siempre tenía una sincera sonrisa que regalar.
[Quizá debería ser como una niña y aceptar las cosas.] Pensó. [Quizá, al fin y al cabo, no estoy en una situación tan mala.]
Una parte de sí misma se revelaba ante esos pensamientos. Le habían enseñado toda la vida que los Paganos eran peor que animales, eran bestias inmundas, sádicas y crueles que iban en contra de la paz, de la verdad y la civilización. Así eran sus vidas: salvajes, llenas de engaños y subterfugios, donde el más fuerte era siempre el vencedor.
Pero ahora, sentada en la cama y mirando sin ver el carrito lleno de comida, recordaba aquellos ojos dorados mirándola intensamente la noche anterior, y no veía salvajismo ni engaño. Aunque en un primer momento había tenido miedo, recordaba aquella miraba llena de preocupación y angustia.
Aunque podría estar equivocada. Nunca había sido la más lista de sus hermanas, y a menudo era fácil tomarle el pelo.
Su seguridad comenzaba a flaquear. Se había repetido tantas veces que él mentía…
[Si miente, realmente no puedo saberlo.] Pensó. [Y si no lo hace...tengo demasiado miedo para contemplar la posibilidad.]
Pero de alguna forma ya lo estaba haciendo.
Sacudió la cabeza para quitarse de encima todos aquellos pensamientos. Sencillamente acababa de pasar por una mala experiencia y se sentía confusa. Pronto recobraría la templanza necesaria. Se acercó el carrito y comenzó a comer.

No salió en lo que quedaba de tarde, y tampoco nadie fue a verla. Por la noche, Berta regresó con más comida y se llevó los platos de la anterior. Isaniel comió en silencio otra vez, sin dejar nada. El silencio se iba volviendo opresivo.
[Necesito salir.] Pensó finalmente.
Se levantó, y dudó. Si veían que no estaba en su cuarto, ¿se preocuparían de nuevo? ¿Saldría Lomârion a buscarla otra vez?
Sacudió la cabeza.
[Iré a dejar el carrito en las cocinas.] Se dijo. [Muchos pueden verme haciendo eso.]
Así que se puso la bata de seda, atándosela a la cintura con un lazo, y empujó el carrito hacia el pasillo.
Los criados ya habían empezado a apagar casi todas las lámparas, dejando los corredores en una media luz anaranjada. No había nadie. Isaniel caminó hacia la puerta que daba a los pasillos del servicio. Allí apenas había una vela medio desgastada cada varios metros.
Ella nunca había ido por los caminos de los criados. Cuando era pequeña Laryel quiso que la acompañara, pero estaba demasiado oscuro y a la niña le había dado mucho miedo.
Ahora las tinieblas ya no la asustaban. Entró en el corredor y recorrió los pasillos y las rampas y las viejas plataformas hasta que llegó, según sus cálculos, a las cocinas.
Al girar por una esquina se topó con una de las cocineras.
-          ¡Señora! – Exclamó con evidente espanto.
-          Buenas noches. – Saludó Isaniel.
-          Niña, ¿cómo os encontráis, querida?
La joven se ruborizó. Todo el mundo había estado tan preocupado por ella…
-          Ya estoy bien. – Respondió. – La…lamento mucho haber dado tantos problemas.
-          Bueno, vuestra situación no es fácil, mi señora…
Isaniel la miró. La mujer, con cierto nerviosismo, se tocó el moño y tosió.
-          En fin, mientras os encontréis mejor todo está bien. ¿Qué os trae tan abajo a estas horas?
-          Quería devolver este carrito.
-          Oh, no os preocupéis, yo lo llevaré. Regresad a la cama, niña, es muy tarde.
-          Gracias.
La mujer le restó importancia y cogió el carrito. Dio la vuelta y comenzó a caminar pasillo abajo.
-          ¡Espera!
Dio un respingo y miró a Isaniel, que se mordió el labio inferior.
-          Tú…N…no…no sabrás dónde está…mi…mi esposo, ¿verdad?
Las facciones de la cocinera, antes rígidas y duras, se suavizaron enormemente, y casi, casi sonrió.
-          Bueno, el Señor tiene su habitación en lo alto de la torre. Quizá lo podáis encontrar allí.
Isaniel asintió con la cabeza y echó a andar deprisa. La mujer sacudió la cabeza, riendo por lo bajo, y siguió su camino.

La torre no parecía tan lejos, se dijo mientras subía el último tramo de escaleras con la respiración agitada. En el rellano sólo había una lámpara de aceite, y la única puerta estaba entreabierta.
De allí salía luz, así que imaginó que Lomârion se encontraría en su habitación.
-          …digo que estoy bien. – Decía la voz del hombre.
-          Tú puedes cantar las cinco canciones de Nanef si quieres. – Se quejó la voz de Deriva, y eso hizo que Isaniel se quedara quieta frente a la puerta, sin atreverse a entrar. – Yo voy a ver cómo está ese mordisco.
-          Eres muy pesada, ¿te lo he dicho alguna vez?
-          Muy a menudo. Trae aquí.
-          Ouch…
-          Bueno, ya casi está cerrado.
-          Te lo dije.
-          No, dijiste que estabas bien, y es obvio que no lo estás. No te curas tan deprisa como quieres dar a entender. Aún recuerdo tu estado cuando llegué aquí. Las batallas habían terminado hacía semanas y aún te costaba tenerte en pie. ¡Suerte de ese maldito Reloj!
Isaniel dio un respingo. Algo se le escapaba en aquella conversación. Tendió la mano para llamar, pero no lo hizo. Dentro había caído el silencio, pero la muchacha intuía que algo más iban a decir, que no había acabado.
-          ¿Vas a ir con Isaniel esta noche? – Preguntó la voz de Deriva por fin.
-          No, debe estar durmiendo. – Respondió Lomârion.
-          ¿Y?
-          No quiero despertarla.
-          Y no la despertarás.
-          Cállate, Deriva.
-          Sólo di la verdad. No quieres ir.
Hubo un instante de pausa.
-          No lo sé. – Dijo al fin el hombre en tono cansado. – Quizá necesita más tiempo y más libertad. Voy a dejarla estar.
-          Mal hecho. Así no conseguirás lo que buscas.
-          Pero si la fuerzo aún será peor. Debo tener paciencia. Eso es todo.
Isaniel, sin entender, retrocedió. Ya no se atrevía a entrar, así que volvió a bajar silenciosamente las escaleras.
¿Tiempo y libertad para qué? ¿Para terminar de engañarla? ¿Para que viera que no era malvado?
[Por favor.] Pensó mientras llegaba a su cuarto y se echaba sobre el lecho. [Dime, ¿qué es lo que buscas? ¿Qué quieres de mí?]
Pero, de todas formas, si él confiara en ella y le contara sus motivos, sus deseos…Seguramente no lo hubiera creído.
Suspiró y hundió el rostro en la almohada, abatida.


A la mañana siguiente había tomado una decisión. Tenía que hablar con Lomârion. Daba igual las mentiras o verdades que el Pagano quisiera contarle. Debía confiar en el buen criterio que le infundiera su dios para discernir engaños de realidad.
Así que se levantó temprano y se vistió. Recordaba que, al principio, aquellas ropas tan sencillas la habían confundido un poco. Ahora le parecían de lo más natural.
[Al menos eso sí es cierto.] Pensó mientras se cepillaba el cabello frente al espejo. [La vida con él es mucho más sencilla y cómoda.]
No estaba segura de que eso fuera bueno.
Creía recordar que Lomârion pasaba las mañanas con las niñas. De ser así, ya sabía dónde encontrarlo. Salió al pasillo con las ideas claras: iría allí y le pediría que le contara qué esperaba de ella, por qué la había elegido de entre todas las demás.
Pero se detuvo frente a la puerta, y, como la noche anterior, no fue capaz de llamar.
Dentro, Dofne gorjeaba como hacía tan a menudo, y la risa de un hombre la acompañaba. Era una risa suave, juguetona, amable.
Isaniel ni siquiera estaba segura de haber visto a su esposo sonreír de verdad. Aunque, ¿qué era “de verdad” en aquellas circunstancias donde mentiras y certezas se entremezclaban, y no se sabía cuál era cuál?
Pero, pese a todo, la muchacha sintió un ilógico latigazo de celos.
-          Señor. – La voz de Länia, en el interior, interrumpió los pensamientos de Isaniel.
-          ¿Mm?
-          ¿Puedo haceros una pregunta?
-          Claro, nena.
-          ¿Cómo van las cosas con la Señora?
De pronto, Dofne también había dejado de reír.
-          Bueno. – Dijo Lomârion tras unos segundos de silencio. – Difíciles.
-          ¿Por qué?
-          Está asustada, eso es todo. Necesita tiempo.
-          Claro.
-          ¡Claro que sí! – Exclamó la voz de la morena. – Tarde o temprano Isaniel se dará cuenta de que eres un gran hombre. Verá que la quieres, igual que a nosotras.
Lomârion volvió a reír.
-          No. – Dijo entonces. – Nunca como a vosotras, niñas.
Dofne gorjeó con orgullo, e Isaniel, sintiéndose herida, retrocedió y se marchó.

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