Cuando despertó era ya muy tarde. Tenía mucha hambre, así que al
principio pensó que era ya mediodía… Pero justo entonces entró en la habitación
la pequeña Berta, arrastrando tras de sí un carrito con la comida.
Isaniel se sintió aliviada al verla sonreír como siempre. Había temido
que Lomârion las pagara con ella, pero al fin y al cabo era una niña, y tan
fácil de engañar…
Observando a su hermana Sariel había aprendido algo del lenguaje de
los signos, así que le preguntó a Berta cómo estaba. Ella respondió que muy
bien, aunque había estado preocupada por su señora porque todos la buscaban y
no podían encontrarla. Isaniel se disculpó por haberla metido en aquello, la
niña sólo rió.
¿Mi esposo se ha
levantado ya?
Sí, hace mucho.
¿No me espera para
comer?
Berta puso cara de sorpresa, alzando las cejas.
Él ya ha comido. El sol
empieza a ocultarse en el horizonte.
Isaniel dio un respingo y le pidió que lo repitiera, pero no había
error. Había dormido mucho, incluso se había saltado al comida. Ahora entendía
el carrito tan abundante.
Le dio las gracias y le dijo que podía comer sola. Berta se despidió
efusivamente y se fue correteando para volver con su madre. La suya no era una
vida fácil, así que dependía mucho de las personas que la querían.
Y, a pesar de todo, siempre tenía una sincera sonrisa que regalar.
[Quizá debería ser como una niña y aceptar las cosas.] Pensó. [Quizá, al fin y al cabo, no estoy en una situación tan mala.]
Una parte de sí misma se revelaba ante esos pensamientos. Le habían
enseñado toda la vida que los Paganos eran peor que animales, eran bestias
inmundas, sádicas y crueles que iban en contra de la paz, de la verdad y la
civilización. Así eran sus vidas: salvajes, llenas de engaños y subterfugios,
donde el más fuerte era siempre el vencedor.
Pero ahora, sentada en la cama y mirando sin ver el carrito lleno de
comida, recordaba aquellos ojos dorados mirándola intensamente la noche
anterior, y no veía salvajismo ni engaño. Aunque en un primer momento había
tenido miedo, recordaba aquella miraba llena de preocupación y angustia.
Aunque podría estar equivocada. Nunca había sido la más lista de sus
hermanas, y a menudo era fácil tomarle el pelo.
Su seguridad comenzaba a flaquear. Se había repetido tantas veces que
él mentía…
[Si miente, realmente no puedo saberlo.] Pensó. [Y si no lo
hace...tengo demasiado miedo para contemplar la posibilidad.]
Pero de alguna forma ya lo estaba haciendo.
Sacudió la cabeza para quitarse de encima todos aquellos pensamientos.
Sencillamente acababa de pasar por una mala experiencia y se sentía confusa.
Pronto recobraría la templanza necesaria. Se acercó el carrito y comenzó a
comer.
No salió en lo que quedaba de tarde, y tampoco nadie fue a verla. Por
la noche, Berta regresó con más comida y se llevó los platos de la anterior.
Isaniel comió en silencio otra vez, sin dejar nada. El silencio se iba
volviendo opresivo.
[Necesito salir.] Pensó finalmente.
Se levantó, y dudó. Si veían que no estaba en su cuarto, ¿se
preocuparían de nuevo? ¿Saldría Lomârion a buscarla otra vez?
Sacudió la cabeza.
[Iré a dejar el carrito en las cocinas.] Se dijo. [Muchos
pueden verme haciendo eso.]
Así que se puso la bata de seda, atándosela a la cintura con un lazo,
y empujó el carrito hacia el pasillo.
Los criados ya habían empezado a apagar casi todas las lámparas,
dejando los corredores en una media luz anaranjada. No había nadie. Isaniel
caminó hacia la puerta que daba a los pasillos del servicio. Allí apenas había
una vela medio desgastada cada varios metros.
Ella nunca había ido por los caminos de los criados. Cuando era
pequeña Laryel quiso que la acompañara, pero estaba demasiado oscuro y a la
niña le había dado mucho miedo.
Ahora las tinieblas ya no la asustaban. Entró en el corredor y
recorrió los pasillos y las rampas y las viejas plataformas hasta que llegó,
según sus cálculos, a las cocinas.
Al girar por una esquina se topó con una de las cocineras.
-
¡Señora! – Exclamó con evidente espanto.
-
Buenas noches. – Saludó Isaniel.
-
Niña, ¿cómo os encontráis, querida?
La joven se ruborizó. Todo el mundo había estado tan preocupado por
ella…
-
Ya estoy bien. – Respondió. – La…lamento mucho
haber dado tantos problemas.
-
Bueno, vuestra situación no es fácil, mi señora…
Isaniel la miró. La mujer, con cierto nerviosismo, se tocó el moño y
tosió.
-
En fin, mientras os encontréis mejor todo está
bien. ¿Qué os trae tan abajo a estas horas?
-
Quería devolver este carrito.
-
Oh, no os preocupéis, yo lo llevaré. Regresad a
la cama, niña, es muy tarde.
-
Gracias.
La mujer le restó importancia y cogió el carrito. Dio la vuelta y
comenzó a caminar pasillo abajo.
-
¡Espera!
Dio un respingo y miró a Isaniel, que se mordió el labio inferior.
-
Tú…N…no…no sabrás dónde está…mi…mi esposo,
¿verdad?
Las facciones de la cocinera, antes rígidas y duras, se suavizaron
enormemente, y casi, casi sonrió.
-
Bueno, el Señor tiene su habitación en lo alto de
la torre. Quizá lo podáis encontrar allí.
Isaniel asintió con la cabeza y echó a andar deprisa. La mujer sacudió
la cabeza, riendo por lo bajo, y siguió su camino.
La torre no parecía tan lejos, se dijo mientras subía el último tramo
de escaleras con la respiración agitada. En el rellano sólo había una lámpara
de aceite, y la única puerta estaba entreabierta.
De allí salía luz, así que imaginó que Lomârion se encontraría en su
habitación.
-
…digo que estoy bien. – Decía la voz del hombre.
-
Tú puedes cantar las cinco canciones de Nanef si
quieres. – Se quejó la voz de Deriva, y eso hizo que Isaniel se quedara quieta
frente a la puerta, sin atreverse a entrar. – Yo voy a ver cómo está ese
mordisco.
-
Eres muy pesada, ¿te lo he dicho alguna vez?
-
Muy a menudo. Trae aquí.
-
Ouch…
-
Bueno, ya casi está cerrado.
-
Te lo dije.
-
No, dijiste que estabas bien, y es obvio que no
lo estás. No te curas tan deprisa como quieres dar a entender. Aún recuerdo tu
estado cuando llegué aquí. Las batallas habían terminado hacía semanas y aún te
costaba tenerte en pie. ¡Suerte de ese maldito Reloj!
Isaniel dio un respingo. Algo se le escapaba en aquella conversación.
Tendió la mano para llamar, pero no lo hizo. Dentro había caído el silencio,
pero la muchacha intuía que algo más iban a decir, que no había acabado.
-
¿Vas a ir con Isaniel esta noche? – Preguntó la
voz de Deriva por fin.
-
No, debe estar durmiendo. – Respondió Lomârion.
-
¿Y?
-
No quiero despertarla.
-
Y no la despertarás.
-
Cállate, Deriva.
-
Sólo di la verdad. No quieres ir.
Hubo un instante de pausa.
-
No lo sé. – Dijo al fin el hombre en tono
cansado. – Quizá necesita más tiempo y más libertad. Voy a dejarla estar.
-
Mal hecho. Así no conseguirás lo que buscas.
-
Pero si la fuerzo aún será peor. Debo tener
paciencia. Eso es todo.
Isaniel, sin entender, retrocedió. Ya no se atrevía a entrar, así que
volvió a bajar silenciosamente las escaleras.
¿Tiempo y libertad para qué? ¿Para terminar de engañarla? ¿Para que
viera que no era malvado?
[Por favor.] Pensó mientras llegaba a su cuarto y se echaba
sobre el lecho. [Dime, ¿qué es lo que buscas? ¿Qué quieres de mí?]
Pero, de todas formas, si él confiara en ella y le contara sus
motivos, sus deseos…Seguramente no lo hubiera creído.
Suspiró y hundió el rostro en la almohada, abatida.
A la mañana siguiente había tomado una decisión. Tenía que hablar con
Lomârion. Daba igual las mentiras o verdades que el Pagano quisiera contarle.
Debía confiar en el buen criterio que le infundiera su dios para discernir
engaños de realidad.
Así que se levantó temprano y se vistió. Recordaba que, al principio,
aquellas ropas tan sencillas la habían confundido un poco. Ahora le parecían de
lo más natural.
[Al menos eso sí es cierto.] Pensó mientras se cepillaba el
cabello frente al espejo. [La vida con él es mucho más sencilla y
cómoda.]
No estaba segura de que eso fuera bueno.
Creía recordar que Lomârion pasaba las mañanas con las niñas. De ser
así, ya sabía dónde encontrarlo. Salió al pasillo con las ideas claras: iría
allí y le pediría que le contara qué esperaba de ella, por qué la había elegido
de entre todas las demás.
Pero se detuvo frente a la puerta, y, como la noche anterior, no fue
capaz de llamar.
Dentro, Dofne gorjeaba como hacía tan a menudo, y la risa de un hombre
la acompañaba. Era una risa suave, juguetona, amable.
Isaniel ni siquiera estaba segura de haber visto a su esposo sonreír
de verdad. Aunque, ¿qué era “de verdad” en aquellas circunstancias donde
mentiras y certezas se entremezclaban, y no se sabía cuál era cuál?
Pero, pese a todo, la muchacha sintió un ilógico latigazo de celos.
-
Señor. – La voz de Länia, en el interior,
interrumpió los pensamientos de Isaniel.
-
¿Mm?
-
¿Puedo haceros una pregunta?
-
Claro, nena.
-
¿Cómo van las cosas con la Señora?
De pronto, Dofne también había dejado de reír.
-
Bueno. – Dijo Lomârion tras unos segundos de
silencio. – Difíciles.
-
¿Por qué?
-
Está asustada, eso es todo. Necesita tiempo.
-
Claro.
-
¡Claro que sí! – Exclamó la voz de la morena. –
Tarde o temprano Isaniel se dará cuenta de que eres un gran hombre. Verá que la
quieres, igual que a nosotras.
Lomârion volvió a reír.
-
No. – Dijo entonces. – Nunca como a vosotras,
niñas.
Dofne gorjeó con orgullo, e Isaniel, sintiéndose herida, retrocedió y
se marchó.
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