El Reloj de la Vida
Capítulo XVI



La había llamado Deeva, como si fuera una mensajera de dios encarnada en una preciosa eharin para iluminar su oscura vida. Era un ave magnífica, tal y como Anadilde había hecho notar, y estaba muy bien adiestrada. A Isaniel le bastaba silbar junto a la ventana, y Deeva volaba hasta ella y frotaba su alargado pico en su mejilla, como saludándola.
Esta vez, no obstante, Isaniel la llamó desde la puerta del castillo, con la capa de viaje sobre los hombros. El ave llegó desde el bosque y se posó en la mano extendida de la muchacha; era ligera como si estuviera hecha sólo de plumas.
Deriva miraba a la rubia. Ella se volvió, algo azorada.
-          Saldré a dar una vuelta. – Le advirtió.
-          ¿Tan segura estás de que la eharin te traerá de vuelta?
-          Por supuesto. Tiene una orientación excelente.
-          Muy bien…Pero ten cuidado, y cuando empiece a anochecer regresa.
-          No te preocupes.
Deeva se subió a su hombro con delicadeza. Isaniel podía sentir sus garras, pero no se clavaban. La muchacha salió del castillo y echó a andar.
Necesitaba un poco de aire. Necesitaba dar una vuelta y despejarse para aclararse las ideas. Últimamente se estaba sintiendo muy confundida.
[¿Será la situación en la que me encuentro?] Se preguntó. [¿Será mi marido y sus tretas…o sus verdades? ¿Serán las nubes siempre cubriendo el cielo? ¿O seré sólo yo?]
Tal vez pensaba demasiado, o demasiado poco. Quizá debería aferrarse a sus enseñanzas sin pensar en excepciones, o quizá todo lo contrario, abrirse a la posibilidad de que todo sea erróneo.
-          Me estoy volviendo loca. – Suspiró.
La eharin abrió un poco el pico, y de éste salió un sonido claro como el tañido de una campana, precioso, tranquilizador. Frotó la cabeza contra Isaniel y después alzó el vuelo. No se fue muy lejos: se posó en una rama y esperó. Después voló un poco más, y volvió a esperarla.
La muchacha la siguió ciegamente. Tampoco sabía adónde dirigirse. ¿Por qué no seguir a Deeva? Quizá le mostrara el camino a las respuestas.
Por supuesto, no fue allí donde terminó encontrándose.
Era un claro no muy grande lo suficiente para, calculaba Isaniel, una acampada de media docena de personas. Pero allí no había tanta gente.
En el centro, justo en el centro de aquel circular y perfecto claro del bosque, se alzaban unas rocas y ramas que formaban un cobijo natural para una flor extraña que la muchacha no había visto nunca.
Tampoco la veía bien: el cuerpo arrodillado de Lomârion la tapaba.
El hombre se volvió entonces y la miró. Isaniel retrocedió y agachó la mirada instintivamente.
-          Yo…- Musitó la rubia. – No estaba…Yo no…Verás…Estaba…
-          Ven.
Alzó la cabeza. Él ya no la miraba.
[Quizá me lo he imaginado.] Pensó la muchacha. [Tal vez debería irme y…]
-          Vamos, ven, no muerde.
Isaniel se ruborizó y se acercó lentamente hasta ponerse junto a su esposo. Ahora podía ver la flor, y era la más extraña que había visto nunca: el tallo era de un fuerte color rojo y aspecto duro; las espinas, pequeñas y delicadas, eran tan blancas como los pétalos, formando una campana invertida del tamaño de un puño. Las hojas eran de un raro color morado.
Lo más curioso era el interior del cáliz. Contenía un líquido rosáceo que olía a miel.
-          Mis dioses no reclaman un templo en cada pueblo o ciudad. – Dijo de pronto Lomârion, sin mirar a su esposa.
Por algún motivo, Isaniel quiso seguir escuchando.
-          Ellos mismos hacen emerger de la tierra estos refugios que protegen del viento, la lluvia y la nieve sus Regalos.
-          ¿Esa flor?
-          La Flor de los Dioses. Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando teníamos una única diosa llamada Aryalith, cayó sobre nuestro pueblo una enfermedad que amenazaba con llevarnos a todos. Ella nos sanó con su poder, pero la enfermedad seguía apareciendo una y otra vez, así que nuestra diosa decidió traer a la tierra la cura para que la usáramos cada vez que alguien enfermara. Así no tenía que descender siempre, pues eso era peligroso para sus acólitos.
-          ¿Es peligroso que un dios baje a la tierra?
Lomârion la miró, y ella se preguntó si su voz había sonado demasiado escéptica. Claro que no creía en nada de aquello, lo estaba escuchando como un cuento, un mito, una historia.
Pero él sólo medio sonrió. Sus ojos se entrecerraban cuando lo hacía. Quizá por eso le había parecido malvado al principio, o calculador, o cruel.
-          Un dios es un espíritu, Isaniel, un espíritu tan grande, tan fuerte, que con una mínima distracción podría aplastarnos a todos. Los que no murieran de dolor se volverían locos. Por eso no habitan entre nosotros.
-          Eso no es cierto. – No pudo evitar interrumpirle. – Cada mil años, Numbál desciende con un cuerpo humano y vive con el rey desde la luna nueva hasta la luna llena.
-          Sí. Los dioses pueden hacerlo, pero necesitan mucha fuerza de voluntad y mucho control.
-          ¡Es dios! ¡Tiene todo el control y toda la voluntad!
Lomârion ladeó un poco la cabeza y no dijo nada más. Isaniel se ruborizó y desvió la mirada. Quizá había hablado con demasiada pasión. Al fin y al cabo, no creían en los mismos dioses, y aunque él tuviera creencias erróneas las seguía, adoraba a sus dioses inexistentes.
-          Mira, te enseñaré algo.
Ella se obligó a mirar de nuevo, y su marido le señaló la flor.
-          La Flor de los Dioses es muchas cosas en una. Por algo es una flor divina. – Comentó él. – Las raíces, mezcladas con agua, forman un emplasto que acelera la curación de las heridas más graves e impiden que se infecten. Las hojas, ¿las ves?, tienen una propiedad muy curiosa.
-          ¿Y cuál es? – Preguntó Isaniel.
Lomârion sonrió de nuevo. Estaba muy guapo cuando lo hacía.
[¡No pienses así!] Se rebeló una parte de ella. [¡Es un pagano!]
-          Si arrancara una hoja, la mojara con una sola gota de mi sangre y te la diera a comer, en cuestión de una hora te habrías olvidado totalmente de mí. – Explicó.
-          ¿Por qué vuestros dioses os darían algo así?
-          Porque no tiene por qué ser algo malo. Con esto puedes olvidar la muerte de un ser muy querido para seguir viviendo, o a una persona a la que odias tanto que la matarías.
Isaniel miró las hojas. Parecían tan inofensivas…
-          El tallo es venenoso.
-          ¿Cómo dices?
-          Lo es. Y muy potente. Da igual si se mastica, se hierve y se hace un brebaje o si se inhala al quemarlo. Es letal. Incluso las espinas están recubiertas de un polvillo que provoca una horrible quemazón.
-          ¡Dios mío!
-          El antídoto son los pétalos. Cura casi todos los venenos.
-          Aún así…¡Es horrible! Algo venido de un dios, no importa cual, no debería ser tan malo.
-          ¿Malo? ¿Y si la persona a la que se envenena es un asesino? ¿Y si ha matado y sometido a tanta gente con hierro y sangre que sólo se puede parar envenenándolo?
Ella desvió la mirada. Visto así…
-          Los dioses no mandan cosas buenas o malas. – Explicó Lomârion. – Sólo cosas poderosas. Es decisión nuestra usarlas de un modo u otro.
Isaniel titubeó y asintió. De alguna forma parecía tener mucho sentido lo que el hombre decía. No debería tener tanto.
-          Entonces, ¿el líquido es la cura de esa rara enfermedad? – Se atrevió a preguntar.
-          Sí. Hace ya mucho que pasó aquello y ya nadie enferma de eso, pero si volviera a pasar, sí, esta seguiría siendo la cura. También hay constancia de que sana las enfermedades más leves. Y es un poco afrodisíaco.
-          ¿Qué?
-          Bueno, eso dicen. Usado especialmente por las personas más tímidas, que no se atreven a dar el paso con aquellos por los que sienten cosas especiales. Con la ayuda de la ambrosía, el calor que provoca se suma al deseo y ayuda a desinhibirse. Si no deseas a nadie, sencillamente no ocurrirá nada, sólo disfrutarás de su delicioso sabor.
Ella lo miró.
-          Tú…¿lo has bebido?
Lomârion sonrió.
-          Sí. Cuando era joven unos amigos me retaron. Yo decía que no había ninguna chica con la que deseara yacer, y ellos no se lo creían, así que me dijeron que lo probara bebiendo la ambrosía. Lo hice, y no me pasó nada. Excepto que se me quedó el sabor dulzón en la boca durante horas.
-          ¿Es dulce?
-          Como la miel. – Él ladeó la cabeza. - ¿Quieres probarlo?
Isaniel sacudió la cabeza. Quizá era tóxico o algo peor. Quizá todo era una mentira para bebiera y de pronto se encontrara deseándolo y rindiéndose en sus brazos.
-          ¿Hay alguien que te guste? – Preguntó de pronto Lomârion.
-          ¿Qué? ¡Claro que no! – La muchacha se ruborizó, mirando para otro lado.
-          Entonces, ¿qué más te da?
[Me está retando.] Pensó. [Como sus amigos hicieron con él. ¡Qué descaro!]
 Aún así, se encontró tendiendo las manos. Él la tomó de las muñecas.
-          Espera, no la toques. No tienes por qué arrancarla. Ven, pon las manos, así.
Isaniel ahuecó las manos, y Lomârion, empujando suavemente la flor, volcó el contenido rosáceo en ellas. Estaba frío.
-          Vamos, bebe. – La instó él.
La muchacha titubeó, pero finalmente se acercó las manos a la boca y bebió. Era fresco, dulce y agradable. La sensación era magnífica, refrescante.
-          Está delicioso. – Dijo, sorprendida, abriendo los ojos.
-          ¿Verdad que sí?
Lomârion sonreía. Estaba tan, tan atractivo así.
Enseguida él se levantó y la ayudó a ponerse en pie. Deeva cantó mientras regresaban al castillo, él tomando de la mano a su esposa.
Y cuando cruzaba la puerta Isaniel se dio cuenta de algo.
[Me ha preguntado si me gusta alguien, y he dicho que no.] Pensó. [Sin titubear. Sin ruborizarme. Sin siquiera pensarlo. ¿Qué ha pasado con Kaylon?]

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