Le gustaba tanto el arpa que podía tocar horas y horas sin parar, y
sin darse cuenta de que el tiempo pasaba. Las melodías que creaba la llevaban a
mundos distantes, a historias imposibles de caballeros y doncellas.
Desde que se había casado con Lomârion, Isaniel fantaseaba con Kaylon
mientras tocaba. Las canciones evocaban al glorioso príncipe salvándola de su
captor, o iban más allá y se imaginaba el día ya imposible en que él se
prometía con ella.
Aquella tarde era distinta, se dijo mientras se interrumpía por
tercera vez.
-
¿Ocurre algo? – Preguntó su esposo.
A su pesar, Isaniel lo miró un momento, y notó el corazón latiéndole
deprisa al verlo sentado en el amplio sillón de terciopelo, con la cabeza
ladeada y el cabello azulado cayéndole sobre el hombro y enmarcando su rostro
moreno. Sus ojos intensos la observaban con fijeza, y la hacían estremecer,
pero ya no sabía si era de temor o de placer.
Sacudió la cabeza, como las otras veces.
-
No es nada. – Respondió en voz baja, volviendo la
vista a las finas cuerdas. – Me perdí un momento.
Acarició los delicados hilos, respiró hondo y volvió a intentarlo.
Como siempre, tocaba algo distinto a lo anterior, buscando la melodía adecuada.
Pero aquella tarde la música la arrastraba hacia Lomârion de forma inexorable, hacia
aquella flor, aquel santuario natural de piedra y yedra, hacia su esposo en su
lecho, o sentado en el sillón. Se veía a sí misma acercándose para besarlo.
La melodía se rompió al tocar la cuerda equivocada. El sonido se
prolongó unos instantes y desapareció en el aire. Luego, silencio. Isaniel
esperaba la pregunta que no llegaba.
Su esposo se levantó entonces sin apenas hacer ruido, se acercó y se
sentó a su lado en el banco.
-
Enséñame. – Dijo con suavidad.
Ella se ruborizó y asintió. Temía decir que no. ¿O sencillamente
quería hacerlo? Se sentía confundida ese día.
-
Pon los dedos así. – Pidió, poniendo las manos en
posición.
Miró las de él, tan grandes. Parecían torpes intentando apoyarse en
los lugares correctos. Titubeaba y se movía y parecía no saber. Contra su
voluntad, Isaniel medio sonrió, sintiendo que quería reír.
-
No, así no. – Dijo.
Alargó sus manos hacia las de su esposo, pero se detuvo a medio camino
y lo miró. Aquellos ojos dorados seguían clavados en ella. Se ruborizó.
-
¿Puedo? – Preguntó.
Lomârion alzó una ceja y sonrió.
-
¿De verdad me lo preguntas? – Respondió. – Eres
mi esposa. Si quieres tocarme, estás en tu derecho.
Isaniel asintió levemente con la cabeza, y sus dedos, que parecían
frágiles y delgados en comparación, movieron los del hombre hasta ponerlos en
su lugar. Tenía una piel cálida y suave.
<Pero son las manos de un guerrero.> Pensó. <¿Cómo pueden ser
tan suaves?>
-
Así, ¿ves? Aquí está la nota primera y aquí la
not…
Se detuvo al alzar la cabeza. Lomârion se había inclinado un poco, y
la miraba de aquel modo que acostumbraba: fijo, directo. Sus ojos dorados
estaban entrecerrados, sus labios entreabiertos. Isaniel hubiera querido
besarlo.
<Es un asesino.> Pensó.
Pero cada vez aquellos pensamientos eran más débiles. El corazón le
latía deprisa, sentía que le ardían las mejillas y el pecho.
Lomârion ladeó un poco la cabeza. Isaniel pudo aspirar su aliento
cálido, y se estremeció.
-
Eres tan bonita…- Murmuró él.
La muchacha no creía ser capaz de ruborizarse más, pero lo hizo.
-
T-tú también…
Agachó la cabeza bruscamente, dándose cuenta de lo que acababa de
hacer. ¡Le había dicho…! ¡Le había…!
<¿Qué me pasa?> Pensó, aterrada. <¡No puedo caer en sus
mentiras! Es mentiroso y falso y malo, tengo que ser fuerte, tengo
que…tengo…que…>
Perdió el hilo cuando los labios de Lomârion se posaron en su frente y
rozaron la sien, la mejilla. Un dedo se puso bajo su mentón y la obligó a alzar
el rostro. Le temblaba la mandíbula. Su esposo la besó en la comisura de los
labios, muy lentamente. De la garganta de Isaniel brotó un suspiro quejumbroso,
casi, casi como un gemido, y la muchacha alargó una mano para aferrarse a algo,
lo que fuera. Sus dedos se cerraron en la manga de Lomârion.
Una parte de ella deseaba que parara de tocarla y la dejara en paz. La
otra, una parte que quería ahogar porque era sucia e incivilizada, pedía a
gritos un poco más.
Los labios de su esposo recorrieron la línea de su mandíbula, y una
mano se posó en la parte baja de su espalda, sosteniéndola.
-
Estás temblando. – Dijo de pronto aquella voz
profunda de extraño acento, susurrando en su oído.
Isaniel trató de responder, pero de sus labios sólo escapó un suspiro.
Cerró los ojos cuando Lomârion la besó en el cuello con delicadeza. Se le puso
la piel de gallina, y de pronto sus brazos se cerraron entorno al cuello de su
esposo, intentando sujetarlo contra ella de forma totalmente involuntaria.
<Basta.> Murmuró aquella parte de sí misma que sentía asco hacia
él, el Pagano, el Salvaje, el Bárbaro. <Tengo que…luchar contra esto…¿Qué me
está pasando…?>
Pero su otra mitad ganaba terreno, acallando esa molesta voz que no la
dejaba disfrutar de las caricias de Lomârion, de su dulce atención, de la
calidez aterciopelada de sus besos.
Él la empujó un poco hacia atrás, e Isaniel se dejó llevar. El brazo
de su esposo la esperaba para sostenerla. Sus labios recorrieron su garganta,
arrancándole suspiros de placer. Enseguida regresaron, y la besó en la boca con
ternura, con suavidad, pero también con ardor.
Y ella se encontró respondiendo.
Entonces Lomârion paró: le puso una mano en la nuca y la atrajo hacia
su hombro, abrazándola así, fuerte, con los dedos entrelazados en su cabellera
rubia.
El corazón de Isaniel latía muy deprisa, muy fuerte, pero su mano en
el pecho del hombre notaba que el de él corría igual.
Durante mucho rato, no se separaron. Cuando lo hicieron, Lomârion la
miró fijamente a los ojos, con los suyos brillando de una forma tan extraña,
tan tierna, que a Isaniel se le encogió el alma de simple dulzura. Alargó las
manos hasta sus mejillas y fue ella misma quien lo besó esta vez.
El hombre le lamió los labios suavemente y luego la tomó en brazos. Se
dejó llevar, acurrucada contra aquel pecho cálido, hasta su habitación.
Lomârion la tendió entonces en el lecho.
Los brazos de Isaniel buscaron de nuevo su cuello, para atraerlo hacia
sí y besarlo otra vez. No pensaba en lo que hacía, sólo sentía y obraba en
consecuencia. Y le gustaba. La sencillez y la libertad de actuar de aquel modo
eran embriagadoras.
Lomârion la correspondió, larga y suavemente. Siempre la había besado
con tanta ternura…¿Cómo no lo había notado antes? ¿Cómo había podido pensar que
todo era mentira?
Mentira.
La voz de su mitad racional regresó.
<No, no, no…Tengo que luchar, me está engañando, no puedo dejarme
vencer por él, no puedo…>
De pronto ahogó una exclamación. Las manos de Lomârion la tocaban
ahora en la cintura desnuda. Entre besos y caricias no se había dado cuenta de
que le había quitado el vestido.
Él se enderezó y la miró. No dijo nada, sólo se quedó así, observándola,
hasta que los latidos alocados del corazón de Isaniel se ralentizaron un poco.
Entonces se apartó un poco más y comenzó a desabotonarse la camisa. Ella se
ruborizó mientras lentamente se iba descubriendo el torso moreno de su esposo.
El hombre dejó caer la prenda a un lado; la muchacha siguió el movimiento de su
brazo, y su mirada quedó clavada en la camisa abandonada.
Se estremeció al sentir los labios de Lomârion en su cuello, y luego
sus manos en su pecho. Gimió cuando apretó su seno, sintiendo que su piel
ardía.
-
¿Te hago daño? – Preguntó él en voz muy baja.
-
N…no…- Esa fue su musitada respuesta.
-
¿Tienes miedo?
-
N…no.
Volvió a besarla en el cuello, e Isaniel dejó escapar un tembloroso
suspiro. Notó entonces que también su esposo temblaba sobre ella, su
respiración era irregular, rápida, ardiente.
Lomârion trató de apartarse entonces. Ella, deseosa, enredó los brazos
entorno a su cuello y lo besó de nuevo en los labios. Él jadeó y la
correspondió.
-
Espera…T…tengo que…- Musitó.
-
No. – Murmuró Isaniel, y se sintió la voz
jadeosa, pero no era de tristeza ni de miedo. – Sólo bésame. Por favor. Por
favor.
Su esposo la miró a los ojos. Los de ella brillaban. Los de él también.
Lomârion Amíl sonrió.
-
Eres muy dulce. – Susurró, e inmediatamente
después la besó como le pedía.
Y los besos y las caricias siguieron y se alargaron durante mucho
rato, hasta que sus corazones, golpeando al unísono, casi dolían, latiendo
rápido y fuerte.
-
Espera. – Dijo de pronto Lomârion, apoyándose en
un codo.
Isaniel, desconcertada, abrió los ojos y lo miró. Las mejillas de su
esposo estaban ligeramente ruborizadas de una forma deliciosa, sus dorados iris
brillaban y su pupila parecía mucho más pequeña que de costumbre. Las manos de
la muchacha descansaban en sus hombros anchos; aquella piel no le parecía
extraña o ajena.
-
¿Estás segura? – Preguntó el hombre. - ¿Seguro
que quieres hacer…esto?
Ella ladeó la cabeza, sin saber del todo a lo que se refería él con
“esto”. Sonrió. ¿Estaría nervioso, asustado, como ella lo había estado durante
todo aquel tiempo? Asintió.
-
Sí. – Respondió, con la voz segura, mucho más de
lo que hubiera imaginado. – Estoy segura.
Lomârion entrecerró sus ojos dorados. Parecían húmedos, como si se
sintiera emocionado. Sus labios se curvaron en una sonrisa cargada de algo
parecido al agradecimiento, al alivio, y se inclinó para besarla de nuevo con
tanta pasión que Isaniel pensó que podría ahogarse en aquel beso y morir feliz.
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